Por Jorge Yacoman

Juegos florales (Emecé Cruz del sur, Planeta, 2017) de Vladimir Rivera Órdenes (Parral, Chile, 1973) cuenta la historia de un niño, Vladimir, que vive en Parral, en la provincia de Linares, y quiere ser poeta.

La narrativa se destaca por una voz autoral que busca reflejar la inocencia del protagonista y cómo la va perdiendo poco a poco, pero también busca una objetividad dentro de un formato de capítulos breves. Vladimir es un niño autista, con muy bajo rendimiento académico, hijo único—supuestamente—que vive con su abuela y madre en Parral en los ochentas. Su padre ausente, Vicente, un gran poeta de la región, a veces aparece como un fantasma y mentor de Vladimir. Su padre es el poeta más grande de la región. El niño compite en concursos literarios en la Escuela N° 14 República de Cracovia donde su principal rival es Recaredo, la estrella literaria de Parral, quien siempre logra ganarse la admiración de los profesores y jurados. Recaredo a veces también pareciera ser un fantasma y capaz de moverse en distintas realidades. Al menos para Vladimir, quien incluso llega a pensar que Recaredo es capaz de leerle la mente y así robarle sus ideas. En otra realidad, también Recaredo pareciera ser su hermano o algún familiar cercano, pero Vladimir no puede recordarlo y preguntar le da mucho miedo.

El niño, tras darse cuenta que sólo conoce a escritores muertos, se obsesiona con leer a poetas vivos, quizás queriendo convertirse en un poeta reconocido en vida y no después de su muerte. Vladimir se hace muy consciente de la rutina monótona en la que está atrapado y a medida que va creciendo, buscando inspiraciones y nuevas experiencias que lo hagan un mejor poeta, intenta escapar dentro de sí mismo. Así, a través de su imaginario frágil y azaroso, Vladimir le da un cierto valor mágico a cada hito que marca su infancia, hitos que desde la distancia del narrador, se ven abstraídos y se alzan con un leve surrealismo. Él se da cuenta que su mente es un nuevo espacio, donde puede jugar con el tiempo sin necesidad de justificarlo, concluyendo así, que será en su mente donde enfrentará sus próximas batallas.

La voz del narrador está marcada por algunos artificios que buscan quizás darle más importancia a ciertos hechos, buscando tal vez un humor que no se logra del todo siempre debido a lo etéreo de los personajes. Sin embargo, estos artificios funcionan como quiebres que le dan un respiro a cada viñeta y marcan esa fugacidad con la cual los recuerdos se van desvaneciendo y confundiendo entre sí.

Las relaciones del protagonista con otros a veces funcionan como anécdotas que carecen de un gran valor emocional para el lector al no conocerse en detalle el contexto de la historia—en gran parte producto de la distancia de su autismo y el ser sólo uno un niño—, pero a la vez éstas, con su abstracción y divagación, permiten al lector abrirse un espacio para sí mismo donde la infancia de cada uno complementa estos momentos y las épocas se mezclan junto con la identidad de cada uno.

Esta primera novela de Vladimir Rivera Órdenes también se destaca por la ausencia de clichés y lugares comunes o estereotipos en los que podría caer una historia en el campo. Vladimir—el autor—mantiene un tono firme a lo largo de la novela y su voz autoral se sostiene prudentemente, como si él mismo mirara hacia atrás y se acompañase, pero también a veces queriendo pegarse un empujoncito para despabilarse.

Comentarios

Comentarios