Por Jorge Yacoman

Jeidi (Libros del Laurel, 2017) de Isabel Margarita Bustos (Santiago, 1977) es la historia de una niña de once años, Ángela Múñoz, apodada Jeidi—por la serie animada—, quien vive en un cerro en Villa Prat, en la Región del Maule, junto a su abuelo, y se convierte en la protagonista de un aparente milagro.

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A través de breves capítulos, la autora nos va internando dinámicamente en un pequeño mundo alejado de lo urbano como si éste se hubiese detenido en los años cincuenta mientras que la realidad transcurre en 1986. Los capítulos cortos le dan agilidad y frescura a cada suceso donde van convergiendo las vidas de todos los pueblerinos—la amiga fiel, los vecinos chismosos, las monjas y los curas, el chico enamorado de Jeidi, y los que buscan lucrar con el supuesto hecho divino. La fe de cada uno instaura una atmósfera con un surrealismo que a ratos cae en un melodrama donde los buenos y los malos luchan alrededor de la niña quien no entiende muy bien su rol y tampoco lo disfruta mucho, pero deja que su fe la guíe.

La narración, a ratos anecdótica, busca constantemente caricaturizar a sus personajes y hacerlos cómicos mediante la exposición de sus defectos o particularidades. Esto quizás deja entrever una mirada algo condescendiente de la autora hacia el mundo rural, el cual, a pesar de mostrar la mentalidad y sentimientos de los personajes, no ofrece una gran profundidad o humanidad en ello, y busca lo simple y emotivo. Sin embargo, los personajes no logran caer del todo en estereotipos debido a que la autora es generosa y les permite justificarse e incluso a algunos redimirse. Por otro lado, existen detalles como el lenguaje de la zona y época que demuestran un conocimiento de este mundo, lo que genera una frescura en el relato y permite que éste siga desarrollándose con más matices dentro de su suspenso.

Uno de los aspectos más conmovedores del libro es la relación de Jeidi con su madre quien murió en el parto, y por otro lado su padre ausente quien la abandonó antes de nacer. La presencia de la madre se manifiesta a través de trapos que le hablan y a veces también son la voz de Dios. Jeidi se siente culpable por la muerte de su madre y también le da miedo que ella tenga un futuro similar.

La historia, además de mostrar cómo un pueblo rápidamente sucumbe a un posible milagro, muestra la amistad entre dos amigas, y la relación entre hija y abuelo, las cuales, a medida que los hechos van complicando las cosas e incluso arriesgando la vida de Jeidi, se van fortaleciendo, derribando en cada uno sus prejuicios y obstinaciones, poniendo el amor sobre todas las cosas.

 

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