Bastardos sin gloria es considerada por muchos como la última gran obra de Tarantino. No porque sus siguientes películas hayan sido malas –no ha hecho una sola película mala en toda su carrera- sino porque contiene todos los elementos que lo hacen tan grande. En el festival de Sundace la gente solo moría de cáncer, y entonces llegó Tarantino.

Quentin Tarantino es un buen director, pero es un guionista brillante y lo que más resalta en esta película es su capacidad para crear y mantener tensión.

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Pongámonos en contexto. Hugo von Hammersmark y Til Schweiger están en un bar haciéndose pasar por Nazis. De pronto aparece el mayor Dieter Hellstrom de la Gestapo, quien por el acento de estos descubre que son impostores. Mantienen una tensa conversación banal que parece un juego de póker en que todos intentan descubrir la mano del otro al mismo tiempo que ocultan la suya hasta que llega ese fatídico momento en que todo se va al garete. Ordenan whiskey y Hicox (que era británico) pide haciendo el particular gesto con las manos, sin saber que los alemanes utilizan uno completamente diferente. Eso basta para desatar un tiroteo que acaba con la vida de los presentes.

Hellstrom al igual que Hans Landa es el motor narrativo de las escenas en que están presente. Convierten algo tan mundano como pedir un vaso de leche o jugar un juego de adivinanzas, hablar sobre crema batida o zapatos en una amenaza a punto de materializarse absorbiendo toda la atención del público con su carisma.

Nos llama la atención sus referencias, pero lo que hace sus películas tan diferentes del resto es su uso del subtexto. En sus cinco consejos para escribir un guión recomienda escribir como la gente habla. Cuando oímos a sus personajes hacer cumplidos, hablar de hamburguesas, chistes sobre tomates, sexo oral, masajes de pies, o una canción de Madona los oímos amenazar, forjar amistades, romances o exponer que clase de personas son. Así es como Tarantino construye una escena y es justo eso lo que lo hace tan grande.

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