¿Sabes por qué es este es mi árbol favorito? Porque está caído, pero sigue creciendo.

En la creciente ola de películas sociales que retratan la vida, las costumbres y toda la idiosincrasia de las personas marginadas en los Estados Unidos pocas destacan tanto como The Florida Project. La película es considerada como una de las mejores de su año, y cuando no recibió una nominación a los Oscar no fueron pocas personas las que se sintieron decepcionadas. Pero más allá de premios y nominaciones, The Florida Project hace méritos para convertirse en un hito en el cine indie moderno.

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Sean Baker, el director, ya había alcanzado fama con su anterior película “Tangerine”, retrato de la vida de prostitutas transgénero, las personas que las rodean y las relaciones que construyen durante una Nochebuena en la ciudad de Los Ángeles. La película tenía la particularidad de estar filmada desde un iPhone y mostraba los intereses e inquietudes de Baker, además de su gran talento y estilo visual absolutamente hermoso.

En The Florida Project decide romper muchos esquemas y normas de, no solo la narrativa cinematográfica clásica, sino del mismo género que tanto le gusta explorar. Mientras películas como Moonlight, American Honey o Lady Bird apuestan por el coming-of-age con adolescentes, estructuras narrativas esquemáticas y arcos de personajes bien definidos; TFP decide usar niños, ponernos a su nivel y que vivamos desde su perspectiva un verano a la sombra del castillo de Disneyworld.

El film cuenta la historia de un grupo de niños y sus madres, quienes viven a un paso de la indigencia, obligados a residir en un motel y a robar, mendigar o esperar caridad para poder comer. Pero la película no se regodea en lo que algunos denominan pornografía sentimental, sino que a partir de todas estás carencias muestra la inocencia de unos niños maleducados, sucios, ingeniosos y absolutamente carismáticos quienes viven este sufrimiento como la cosa más normal del mundo.

Bebe de la influencia de clásicos como Charlie Brown; viendo todo desde abajo y convirtiendo muchas veces a los adultos figuras amorfas hablando con palabras raras como “prostitución, desalojo, drogas” o The Little Rascals, niños que convierten la pobreza y la marginación a la que se ven sometidos en un simple juego. Esta aproximación tan brillante hace que la película sea divertida de ver, que sea fácil de identificarse con ella, que te sientas parte de esa pandilla de amigos que se comparten entre todos unos helados de vainilla. Pero a su vez es lo que sea tan desgarradora porque nosotros, a diferencia de ellos, sí somos capaces de comprender todo lo que está pasando en los momentos más crudos.

The Florida Project termina siendo un ejercicio de conciencia. Mientras algunos niños corretean tras sus padres en los jardines del parque Disney otros rebuscan entre la basura, a veces fingiendo que es un juego, a veces no. Sean Baker logra que podamos comprender mejor a aquellas personas que tienen menos suerte que nosotros. Al terminar de verla no es un reproche a las malas acciones de los adultos se puede sentir, sino una sensación de empatía y algún vago sentido de esperanza. Porque el mundo puede ser un lugar horrible cuando creces en un motel barato rodeado de alcohol, drogas, crimen y prostitución, pero cuando ves a esos niños y su infinita capacidad de ser felices te das cuenta de que vale la pena luchar por él.

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