Imagina que todas las películas del mundo se hacen en París. Una ciudad hermosa, romántica, llena arte, historia y magia. ¿A quién no le gusta París? Digamos que se hacen veinte películas en la ciudad de las luces.  La calidad de las películas es variable, pero en general están bien. Algunas toman como principal locación los campos Elíseos. Otra se da enteramente dentro del Museo Louvre. Otras en barrios obreros. Pero todas son en París. 50 películas. 100 películas. 500 películas. 1000 películas. Si hubieras crecido viendo sólo películas parisinas quizá lo tendrías interiorizado al punto de que ver otra ciudad sea algo extraño, pero resulta que te estás perdiendo millones de historias que podrías encontrar a lo largo del mundo.

La inclusión es el tema político insignia del cine hollywoodense de nuestra época. Que en las películas producidas por las gigantes corporaciones del entretenimiento americano deba haber personas de todos los géneros, razas,  orientaciones sexuales, identidades de género y variedad en sus capacidades físicas y mentales es casi axiomático. Hemos perdido la tolerancia a esas producciones donde las mujeres apenas hablan, en las que  un actor blanco pretende interpretar a un personaje asiático o cuando no les dan papales a actores transgénero.

¿Estamos condenados a sufrir a una generación de snowflakes híper sensibles que se ofenden por todo o acaso vivimos el despertar de conciencia de un público que no está dispuesto a aceptar formas de hacer cine de hace décadas?

El cine es un instrumento político. Y no tiene nada de malo, siempre lo ha sido. Los autores plasman su visión del mundo a través de sus ideas pero siempre desde su propio contexto sesgado por las experiencias personales que han vivido. Nadie puede contar mejor lo que se siente ser una mujer indígena, que una mujer indígena. Nadie puede contar mejor lo que se siente ser un hombre blanco, que uno.

Pero  el cine también es una ventana al mundo, gracias a él somos capaces de conocer otras realidades y así podemos identificar experiencias ajenas a nosotros; justo como París, identificamos la torre Eiffel y el café parisino aunque jamás hayamos estado ahí. Nos apropiamos de una realidad que no es la nuestra.

Históricamente el cine de hollywood nos ha proporcionado únicamente la visión de Occidente. Más concisamente la visión de los hombres. Más concisamente la de hombres blancos heterosexuales de mediana edad. Y no es que haya absolutamente nada de malo con ser uno. Algunas de las mejores historias del cine giran en torno a ellos. Pero en el proceso nos hemos perdido otras historias y otras voces que podríamos escuchar y disfrutar sin perder absolutamente nada. Si una mujer musulmana hiyabi  quiere contar su visión de lo que es ser una súper-heroína no por ello dejaríamos de tener  al Capitán América o a Iron Man.

¿Está Hollywood cumpliendo una agenda políticamente correcta con su inclusión “forzada”? La evidencia apunta a que no.  Primero que nada porque no existe tal cosa como la “inclusión forzada”; las historias plasman diferentes tipos de personas porque el arte imita a la realidad y cuando sales a la calle te vas a encontrar mucha gente que luce y vive de manera diferente a ti. Y segundo porque, pese a lo que pueda parecer, Hollywood sigue siendo una industria donde casi solo suenan las voces de los hombres blancos heterosexuales de mediana edad.

Un estudio realizado por el Annenberg Inclusion Initiative de la  Universidad del Sur de Carolina demostró la gigantesca brecha que había en perjuicio de los grupos minoritarios en 1,100 películas populares entre 2007-2017. Pese a que son la mitad de la población, en el cine de Hollywood sólo hay 1 mujer por cada 2.3 hombres. Centrándose en el ámbito racial y analizando las 100 películas más taquilleras de 2017, el 70,7% de los personajes con diálogos eran blancos, el 12,1% de raza negra, el 4,8% asiáticos, el 6,2% latinos y el 6.3% de otras razas. En aspecto de diversidad sexual es peor aún. El porcentaje de personajes principales LGTB se reduce a solo el 0,7%.

Naturalmente este problema desde la misma concepción de las historias, pues según el informe en 2017 entre1.584 directores, escritores y productores el 81,7% de estos cargos pertenecían a hombres por el 18,3% de mujeres.

El Hollywood debería ser más inclusivo porque es el cine que consume la sociedad más variada del mundo. Desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Desde Irlanda hasta España. Miles de culturas, idiomas, formas de ser, vivir y ver la vida conviven, luchan y armonizan. Todo igual de deseosos de compartir al mundo lo que les hace especiales y válidos. Nuestras historias no serán las mismas, pero todos esperamos igual el final de Game of Thrones; el clímax de Avengers: Endgame o poder ver otra vez la dupla de Robert De Niro y Al Pacino en The Irishman. El cine es quizá la única cosa que nos conecta a todos y nos puede hacer entender a alguien que hable un idioma diferente en el otro extremo del mundo.

¿Por qué sólo ver películas de París cuando puedes ver también las de Bagdad, Santiago, Hong-Kong o Berlín?

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