Disney y Pixar han cambiado su filosofía a la hora de contar historias en los últimos años. Si bien ya veíamos avances a principio de siglo cuando tanteaban terrenos, por decirlo de alguna manera, más maduros con historias que escapaban del maniqueísmo y del clásico “poder de la amistad” con obras como Ratatouille su brillante reflexión sobre el talento y la pasión o con Wall-E enfrentándonos ante el peligro del cambio climático. Sin embargo, no fue hasta Inside Out con su viaje introspectivo que resulta en tristeza y no en felicidad, como estábamos acostumbrado, que vimos un punto de inflexión del que parecen no tener intención de volver, tanto para bien como para mal.

Ralph Breaks the Internet o Wi-Fi Ralph da un paso mucho más allá del “Vivieron felices para siempre”. No es como en otras secuelas que vemos a nuestros protagonistas lidiar con nuevos retos que los llevan a descubrir la amplitud de su mundo interno y externo. Esta cinta hace eso pero, si tuviera que compararlo con un ejemplo hipotético, sería como ver una secuela de Blanca Nieves donde está lidia con el narcisismo de ser “La más bella del Reino” y de cómo eso está destruyendo su matrimonio con el Príncipe. No muy Disney que se diga.

La película toma lugar varios años después del final de la primera parte en la que todos cumplen su rol como personajes de mundos extremadamente limitados. Mientras todos aceptan este papel de buena manera, Vanellope está aburrida y se siente asfixiada. Por su parte, Ralph volcó su vida alrededor de la amistad de la pequeña desarrollando una ligera pero latente dependencia emocional que lo lleva a cometer muchos errores cada vez más grandes.

La película explora temas como las relaciones toxicas, la gestión de las inseguridades, dependencia emocional y a ser un mal amigo. A diferencia de otras películas aquí los temas no son positivos como el descubrimiento de uno mismo o a aprender a aceptar las diferencias. Parte desde la imperfección y el daño emocional que Ralph se causa a sí mismo y a las personas de su alrededor para contar una historia que  podría ser mucho para los pequeños.

Y ya no es sólo que las tendencias autodestructivas del protagonista manifestadas en un virus gigante sean el enemigo final. Es que el medio que se utiliza como vehículo de la historia también está muy fuera del alcance de los más pequeños.

Todos sabemos que las nuevas generaciones son nativos digitales que saben qué es y cómo funcionan las nuevas tecnologías de la información. Pero eso está mucho más allá de entender y ser parte de la cultura de Internet. Pocos niños pequeños saben cómo funciona Twitter  -una plataforma conocida por, entre otras cosas, su toxicidad-, entienden qué es que una barra de búsqueda tenga el auto completar en “Agresivo”, qué es la Deep-Web, cómo funcionan las compras en E-bay o qué es un Rickroll. Tal vez los que tengan entre 10 y 15 años, pero difícilmente un niño de 6 años pueda entender y disfrutar las referencias.

Esto queda especialmente evidenciado en dos momentos del film. Durante el tráiler oficial y luego una escena post créditos se veía como Ralph entraba en un juego e interfería en él hasta romperlo y mostrarle una escena traumatizante a una niña de dos o tres años. Si tu público es mayor es un chiste brillante y muy divertido. Si vas con tus hijos pequeños quizá sea un poco demasiado. Otra escena que demuestra este punto es la viralidad de Ralph para cosechar corazones: los hace entre los adultos que veían con nostalgia a un personaje de su infancia en un contexto divertido. Los niños no podrían entender la gracia porque no eran el target de la broma.

No es que sea algo malo, porque no lo es. Wi-Fi Ralph con sus cosas mejores y peores es una película que hace cosas muy interesantes y se atreve a ir a lugares que antes hubieran sido impensables para la compañía family friendly que es Disney. Habrá que esperar y ver si el nuevo paradigma los lleva al triunfo o al fracaso.

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