Análisis sobre el nuevo cine de terror

Por Daniel Fonseca

La primera emoción que causó el cine en las audiencias fue la de sorpresa y maravilla al ver el tremendo avance tecnológico que significaba poder plasmar de una manera fiel a la realidad imágenes en movimiento. La segunda fue terror. Está muy difundida la historia de que los primeros espectadores de La llegada de un tren a La Ciotat (1895) huyeron de sus asientos al creer que un tren los iba a arrollar realmente. Sea una historia verídica o no, ya demuestra una profunda conexión entre el publico y el miedo audiovisual, una relación que se ha ido volviendo cada vez más íntima.  

Todos los años vemos la noticia de ¿será ésta la película más aterradora del año? Sus espectadores huyeron de la sala a la mitad de la presentación. Los lectores nunca son tímidos a la hora de mostrar su escepticismo ante la posibilidad; existe un aire de decepción generalizado hacia las películas de terror de los últimos años. Las audiencias, cada vez más acostumbradas a la violencia gráfica y a los sustos precoces en forma de jumpscares, desean algo que los perturbe profundamente, algo que pase a morar a sus pesadillas cuando la función termina y las luces se apagan.  

El terror, ya sea en forma literaria o audiovisual, siempre apela -o intenta apelar- a una ansiedad de la sociedad o de su autor. Cuando Mary Shelley escribía Frankenstein exploraba el miedo de su época a los progresos de una ciencia que había rechazado la moral cristiana. En 1910 esa misma ansiedad se vería retratada en la adaptación J. Searle Dawley con su propia versión del Prometeo Moderno.

Los ejemplos no terminan ahí, sino que recorren la historia de la cinematografía del terror en todos sus subgéneros. Alien: El Octavo Pasajero (1979) explora tanto la paranoia de ser violado usando como vehículo del tema a una criatura con forma fálica, así como el miedo de la sociedad ante máquinas que podrían llegar a sustituir a los humanos en sus labores teniendo al androide Ash como el antagonista.

Por otra parte, películas con El Resplandor (1980) trata sobre el miedo ante el abuso infantil y la violencia familiar; Psicosis (1960) recrea las tensiones freudianas entre el sexo y la violencia y Halloween (1978) crea una encarnación del mal en la época del auge de los asesinos seriales en Estados Unidos.

Más adelante vemos ejemplos como La Bruja de Blair (1999), que vendría siendo una de las piedras fundacionales del cine de terror moderno y empezamos a notar diferencias sustanciales en la clase de cine de terror que se hizo luego de los 2000’s.

El mejor ejemplo de este fenómeno es It (2017), una adaptación del libro homónimo de Stephen King, un genio del horror. Su fuente básica de sustos, una criatura que representa la encarnación literal de los miedos más profundos de las personas no puede asustar con nada más que movimientos de cámara repentinos y los ya cansinos jumpscares.

La novela de King explora temas como el racismo, la homofobia, el bullying y los abusos infantiles usando como vehículo a Pennywise, que encarna los miedos tanto de los personajes como de la audiencia, para conectar con su público a un nivel más profundo y así poder infectar su mente con el terror. La adaptación cinematográfica, así como la gran mayoría de superproducciones de terror fallan en todo lo que no sea darle un susto repentino a su audiencia porque no se preocupan primero de conectar con ellos.    

Pareciera ser que el futuro del género está en las cintas independientes o de productoras pequeñas, que les permiten a sus autores una gran libertad de explorar los temas que le causan ansiedad.

Get Out (2017) de Jordan Peele cosecharía el Oscar a Mejor Guion por tratarse de una deconstrucción del genero de terror a través del lente de la raza. La película subvierte los tropos muchas películas de miedo y juega con las impresiones de su audiencia porque se permite hablar de las cosas que a su director le parecen relevantes y usarlas como arma contra su público.

En The VVithc (2015), Roberts Eggers rescata los mitos clásicos de las brujas de Nueva Inglaterra y les da un giro novedoso con una cinta que busca crear una atmosfera tan seductora como agobiante. No hay ni un tan solo jumpscare sino que una sensación constante de misterio y peligro.

Por su parte, Hereditary (2018) sería la catapulta de Ari Aster a la fama por crear uno de los films más agobiantes y asfixiantes de los últimos años. La atmosfera densa y diabólica que envuelve la película le permite recorrer muchos de los lugares comunes del cine de terror.

Estos son sólo ejemplos de lo que se lleva haciendo en el panorama occidental de las historias de miedo. Y faltarían por nombras grandes películas que hacen las cosas bien como A Quiet Place (2018), Suspiria (2018) o The Babadook (2014). Incluso series como The Haunting of Hill House de Netflix. Obras que hacen excelentes trabajos conectado con su público y comprometiéndose con temas y tonos con los que utilizar el terror como vehículo. Así las ideas quedan grabadas y el miedo se mete hasta los huesos.

El problema fundamental del cine de terror moderno no es que se tenga como único lenguaje el susto repentino, que puede funcionar de excelente manera si se usa adecuadamente, pero cuando no produce aburrimiento en quienes no es efectivo; en quienes aún lo es nunca pasa de un grito seguido de una risa de alivio. Es la falta de compromiso de los productores en hacer que las personas se sientan tan aterradas que vayan a sus casas y que por las noches no dejen la luz apagada por miedo a lo que se arrastra entre las sombras.

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