Hambug, una misa de medianoche para exorcizarse un corazón roto

Repasamos el disco que Arctic Monkeys lanzó en 2009 y analizamos cómo la banda hizo coincidir el perfil de la banda, el indie, la noche londinense y las influencias de Josh Homme, con un mensaje narrativo altamente complejo.

El olvido voluntario es uno de los tópicos más utilizados en la ciencia ficción literaria del siglo XX; la búsqueda desesperada por controlar las memorias, sobre todo aquellas que duelen. Sobra decir que es imposible.

No obstante, y como encontramos un particular placer en lo irrisorio, nunca hemos desistido en intentarlo. A eso suena el tercer álbum de estudio de los Arctic Monkeys. A un intento radical, e infructuoso, por olvidar. Hambug es la matriz del amor propio que, laqueado con ansiedades y movimientos teatrales, toma la forma defendida del olvido.

El disco propone una senda sonora que se abre solo a los valientes que no temen la versión más oscura de la banda. Un conjunto musical que encuentra la posibilidad de expandirse musicalmente a través de ritmos más pesados, una mayor teatralidad y letras acomplejadas. Si Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not cae entero en el terreno irónico de la juventud londinense, Hambug es el ojo curtido con el que, crecidos, vemos el rabillo de la noche.

Es un disco espeso que, por momentos, marida perfecto con algunas de las imágenes con las que construimos el imaginario de la banda; un Londres llovido, coloreado con carteles de neón y luces de patrullero. Impenetrable y a la vez abierto. Corrido por grupillos que escapan del frío y se refugian en algún antro deleznable. Repartido entre el silencio y el escándalo que hacen los tacos y las John Foos sobre los charcos. La imagen que nos hacemos es la de un sonido representativo, que no abarca la totalidad de un panorama, sino que ilustra algunas fotos de un mundo eterno y complejo. Es un signo visual que fácilmente podríamos relacionar con la estética del último filme de Edgar Wright, “Last Night in Soho”. Si hay una cara con la que afrontar el disco, esa es la de la actriz neozelandesa Thomasin McKenzie enfrentando los bordes filosos de la realidad y la fantasía.

El disco, como todos los que ha sacado la banda, inaugura su propia etapa. A su vez, fue el primero en hundirse en un sonido plenamente distinto al de sus predecesores Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not y Favourite Worst Nightmare. Las segundas guitarras toman un rol crucial, a diferencia de los discos anteriores en los que los riffs son los que priman en importancia. Las composiciones de la banda se vuelcan por el clima y la teatralidad, en contraposición con las piezas frenéticas a las que nos tenía acostumbrados el conjunto. Es el primero que es genéricamente distinto; la banda pasó del indie rock y post-punk revival, sin perder rasgos de lo anterior, al rock psicodélico y el stoner rock.

No es para sorprenderse que el cantante y guitarrista Josh Homme fuera el productor de buena parte del disco. La influencia se nota en los detalles que hacen diferente al disco: desde las guitarras y los arreglos ligeramente disonantes, hasta la impronta stoner en la crudeza rítmica. “Pretty Visitors” sonará, en más de un oído, a una canción escrita por Queens of the Stone Age. No es de menor importancia la colaboración de Alison Mosshart (The Kills, The Dead Weather, junto a Jack White) en “The Fire and the Thud”, que sirve para ilustrar perfecto el giro musical. Por último, para enriquecimiento del sonido, Turner se encontraba involucrado con Miles Kane en un proyecto paralelo llamado The Last Shadow Puppets. Y las líricas lo denuncian; Alex ya no es ese adorable joven cargado de acné que nos relata una noche de boliche inglés, acá pasaron cosas.

  Hay algo esquivo y poco iluminado en el desengaño amoroso que recuerda mucho a las calles mojadas y jodidas de la noche londinense en la que se escribió Hambug. A su vez, hay una dureza sonora que se nutre fuerte y profundo del hecho de grabar con Homme en el desierto de Mojave. Del cruce nace el disco.

Si bien continúan los riffs de semitonos que caracterizaron a la banda en sus inicios, la presencia del bajo es crucial para espesar el disco y llenar los espacios dramáticos en lo que sólo la voz y la batería sostienen la canción. A su vez, los coros alcanzan una importancia sin precedentes. Las baterías por su lado, son más variadas en comparación con las de Favourite Worst Nightmare, que podrán ser más frenéticas y reconocibles, pero suelen repetir el patrón; en Hambug, Matt Helders realiza un trabajo narrativo con el instrumento como no había realizado hasta entonces.

Pero el disco, que brilla más como un producto final que como una sumatoria de partes, reúne algunas de las mejores líricas de Turner. Letras cargadas de ironía, sí, pero también de una crítica personal que era nueva para la banda. El punto mismo del disco es que la fuerza está puesta en la ilustración, no en la catarsis: no hay finales felices ni redención de personaje. El estado de las cosas marca el abrazo a una situación desfavorable, aun en las canciones menos oscuras. Las liricas del álbum gritan sobre actualidad personal en todas direcciones. Canciones como “Crying Lightning”, corte de difusión del disco, cuentan con pasajes iluminados que recuerdan a Favourite Worst Nightmare (“The next time that I caught my own reflection, It was on it’s way to meet you. Thinking of excuses to postpone”) e ilustran cierta inevitabilidad narrativa. Es ahí a donde nos remiten las letras del álbum: a escenas que no reconocíamos hasta entonces para la banda. A fotos más cercanas con la frustración.

El ambiente también es el de la noche londinense, pero la situación es distinta; no hacemos la fila en la puerta del boliche y nos reímos del chiste circense del cortejo post-adolescente. No. Nuestro personaje avanza roto por la noche y asistimos a otro tipo de panorama nocturno. El de la soledad y la caza de reemplazos. La búsqueda de la repetición, la imposibilidad y la patética proyección. Son tópicos que quedan ilustrados en la letra de “Cornerstone” (“I thought I saw you in the Rusty Hook, huddled up in wicker chair, i wandered up for a closer look and kissed whoever was sitting there. She was close, and she held me very tightly, ’til I asked awfully politely, “Please, can I call you her name?”). Podrían, a priori, parecer deprimentes, pero esconden una búsqueda de olvido y, por tanto, una necesidad de avance. Es por esto que no hay mejor compañero musical para Hambug que el siguiente disco de la banda, que vio la luz en 2011.

El espíritu es el del intento desesperado por exorcizar un corazón roto; un intento en el que la composición instrumental congenia perfecto con el mensaje de las letras. El álbum entero queda resumido en la frase con la que se abre  “Dance Little Liar”: “He oído que la verdad está construida para torcerse, un mecanismo para suspender la culpa”. Hambug se debate musicalmente en un intento desesperado por sanar y no teme denunciar sus propios métodos baratos. Sí. Pero no teman, al final de cada Hambug hay un Suck It and See.

Por Tomás Pelaia

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