La jaula de las locas es una de mis películas favoritas, esa la del 96. Recuerdo que la veía de niño con mi mamá cada vez que MGM la programaba, lo que, por fortuna, ocurría bastante seguido.
—¡Agador, necesito mi Pirina! —nos gritábamos de una pieza a otra.
La jaula de las locas fue una de esas películas que entraron en mi vida antes de que pudiera comprender por completo su contexto. Primero llegó la risa. Mucho después entendí lo que aquella historia decía sobre la familia, la identidad, la vergüenza y la necesidad de encajar.
Ver esta historia sobre un escenario chileno tiene nostalgia. La comedia que alguna vez compartí frente al televisor reaparece convertida en un musical de gran formato, con una orquesta en vivo, 28 artistas, pelucas, tacos, plumas y brillo. Mucho, pero mucho brillo.
«Somos lo que somos»
Aunque muchos conocimos esta historia gracias a Robin Williams y Nathan Lane, La jaula de las locas comenzó bastante antes. Jean Poiret escribió La Cage aux Folles y la estrenó en 1973 en el Théâtre du Palais-Royal de París, su premisa resultaba audaz para la época: dos gays administraban un cabaret en Saint-Tropez y habían criado a un hijo en común.
Existían dudas razonables sobre la recepción que tendría una comedia protagonizada por una pareja homosexual en la Francia de comienzos de los setenta. La respuesta del público las despejó: la obra alcanzó cerca de 1.800 representaciones y transformó a sus protagonistas en referentes de la comedia francesa.
Su éxito dio origen a la película franco-italiana de 1978, a dos secuelas cinematográficas y, en 1983, a la adaptación musical de Broadway, escrita por Harvey Fierstein, con música y letras de Jerry Herman. Aquella producción permaneció durante 1.761 funciones y obtuvo seis premios Tony, incluidos los de mejor musical, mejor libreto y mejor música original.
Décadas más tarde llegaría The Birdcage, la adaptación estadounidense dirigida por Mike Nichols. Para toda una generación, Robin Williams y Nathan Lane se convirtieron en los rostros definitivos de esta familia. El montaje que ahora llega a Chile recupera el lenguaje del musical de Broadway y coloca las canciones, las coreografías y el espectáculo del cabaret en el centro de la experiencia.
Hablemos de la Jaula
La adaptación chilena nace directamente de La Cage aux Folles y cuenta la historia de Georges y Albin, la pareja que administra La Cage aux Folles, un popular cabaret de la Riviera francesa. Georges dirige el local y Albin es su principal estrella bajo la identidad escénica de Zaza. Juntos han criado a Jean-Michel, hijo biológico de Georges y, en términos afectivos, hijo de ambos.
El conflicto comienza cuando Jean-Michel anuncia su compromiso con Anne, hija del señor Dindón, un político ultraconservador obsesionado con proteger la moral y las buenas costumbres, dos categorías que suelen invocarse cuando alguien pretende regular cómo viven los demás.
Para obtener la aprobación de sus futuros suegros, Jean-Michel le pide a Georges que transforme la casa, esconda cualquier señal del cabaret, retire los objetos sospechosamente artísticos y mantenga a Albin lejos de la cena. En otras palabras, espera borrar la vida de quienes lo criaron para presentar una familia aceptable ante personas cuya superioridad moral existe, principalmente, en su propia imaginación.
La trama podría parecer exagerada, pero basta observar el resurgimiento de los discursos que cuestionan los derechos de las diversidades sexuales, atacan las identidades de género o pretenden definir un único modelo legítimo de familia para comprobar su inquietante vigencia. No por nada la obra lleva más de cinco décadas riéndose de ese conservadurismo infame que se presenta como orden moral.
«Con un poco de valor y mucho brillo»
Bajo la dirección artística de Eduardo Yedro y la producción de Rodrigo Leiva y Ca-Dos Producciones, La jaula de las locas está protagonizada por Gonzalo Muñoz-Lerner como Albin; Felipe Castro como Georges; Manuel Castro como Jean-Michel; Tati Fernández como Anne; Katherine Mazoyer como la señora Dindón, y Jean Michel Servant como el señor Dindón.
El montaje, además, inaugura oficialmente el Teatro Estudio 13, un espacio que demuestra poseer mejores condiciones escénicas de las que podrían anticiparse desde el exterior. La sala consigue sostener a los 28 intérpretes durante los grandes números musicales sin que el escenario se perciba congestionado.

El cabaret tiene vida y movimiento. Los cambios escenográficos ocurren con fluidez y permiten transitar desde el espectáculo público de La Cage hasta el hogar de Georges y Albin. El vestuario entiende que la exageración constituye una parte esencial del lenguaje de la obra. Hay plumas, lentejuelas y colores. Me recordó mucho a los shows de las transformistas de la extinta Bunker.
La banda en vivo merece una mención especial. Su presencia entrega otra dimensión al montaje y evita la textura plana que suele afectar a ciertos musicales cuando dependen completamente de pistas grabadas. La música suena firme, posee cuerpo y acompaña a los intérpretes sin sepultar sus voces. En una producción que descansa sobre la energía colectiva, escuchar instrumentos ejecutados en el momento fortalece muchísimo la experiencia y la tan necesaria conexión del publico con el escenario.
Una Jaula con pajaritos que cantan bonito
Felipe Castro construye a Georges desde la contención. Su personaje debe funcionar como anfitrión, director del cabaret, padre y pareja, mientras intenta evitar que todas esas dimensiones colisionen durante una misma noche. Castro encuentra el tono adecuado para contarnos su versión de George. Su interpretación permite comprender su amor por Albin. La química entre ambos intérpretes es muy adorable, pero se destaca como se entrelazan sus voces en las canciones más emocionales de la obra.
Mi sorpresa fue Gonzalo Muñoz-Lerner. Debo admitirlo. No lo reconocí. Su transformación física, vocal y gestual es impecable. Quien alguna vez condujo Bakania aparece convertido en Zaza. Muñoz-Lerner comprende que Albin no puede quedar reducido al chiste evidente. Su teatralidad forma parte de su identidad, pero debajo del maquillaje existe una persona que descubre que el hijo al que crió siente vergüenza de él. Esa herida es entregada con pasión, dolor y drama. Su interpretación de «Yo soy lo que soy» concentra todas esas emociones. La canción ha trascendido el musical y se ha convertido en un himno de afirmación personal.
«Algunos oyen ruido; yo escucho belleza»
Las coreografías constituyen otro de los pilares del montaje. La producción propone grandes números de conjunto que combinan jazz teatral, danza de salón, cancán y secuencias cercanas al tap.
La exigencia técnica es alta y los distintos niveles de preparación dentro del elenco se perciben. Algunos intérpretes poseen mayor precisión en los desplazamientos, los remates y el trabajo rítmico. Otros dependen más de su energía escénica que de la limpieza coreográfica. Pero estas diferencias son las que comulgan muy bien con un arte disidente y con reglas propias.

Durante demasiado tiempo, cierta mirada cultural ha tratado el transformismo como un adorno nocturno, una excentricidad o una forma menor de entretenimiento. La jaula de las locas permite observar aquello que esa lectura suele ignorar. Detrás de cada show existe técnica; detrás de cada pestaña, horas de trabajo; detrás de cada pluma, un artista capaz de controlar su cuerpo y la atención de una sala completa.
Les Cagelles llenan el escenario de energía y personalidad. Cada integrante consigue diferenciarse sin romper la unidad del conjunto. Su presencia eleva los números musicales y convierte al cabaret en una comunidad, un espacio habitado por personas que han creado un lugar propio porque el mundo exterior continúa observándolas como una anomalía.
«Una vida, sin cambios ni devoluciones»
La jaula de las locas puede disfrutarse en familia. Su humor es accesible, la historia avanza con claridad y el espectáculo mantiene un ritmo capaz de conectar con públicos de distintas edades. Y si tienen un tío medio conservador, invítenlo con cariño. Compren una buena ubicación. Así aprovechan de educarlo, y ¡quien sabe! quizás cambia su forma de mirar el mundo.
Esa es una de las principales virtudes de la obra. Su mensaje llega envuelto en comedia, espectáculo y glitter. Nunca convierte a sus personajes en una lección ni detiene la acción para explicarle al público qué debe pensar. Permite que la audiencia entre a través de la risa y termine observando sus propios prejuicios.
La historia comenzó en Francia hace más de cinco décadas. Desde entonces, ha pasado por el teatro, el cine, Broadway y distintas generaciones de espectadores. Sigue vigente porque la libertad de ser uno mismo todavía se considera una provocación en demasiados lugares.
La versión chilena y le pone corazón. La producción tiene talento, gracia y convicción. La jaula de las locas llena el escenario de colores cuando el mundo exterior parece empeñado en volverse gris
Las entradas para La jaula de las locas están disponibles en ticketpro.cl.














