Girls don’t cry: Seis niñas alrededor del mundo defienden su concepto de libertad

En el marco del 14° Festival Internacional de Cine Ojo de Pescado, el documental alemán “Girls Don’t Cry” (“Las niñas no lloran”), dirigido por Sigrid Klausmann, inauguró la competencia de largometrajes en esta edición, en un evento especialmente pensado para niños, niñas y adolescentes.

En 90 minutos, la producción nos presenta la vida de seis niñas y adolescentes que parecen habitar en distintos universos de la misma galaxia. Diferentes idiomas, culturas, religiones, tradiciones, dinámicas familiares, climas, paletas de colores, situaciones sociopolíticas y obstáculos por superar. Sin embargo, en cada uno de sus relatos emerge sutilmente un deseo compartido, un hilo conductor que se percibe a medida que transcurren los minutos, escuchamos sus historias y vemos sus expresiones: la defensa tenaz de su propio concepto de libertad.

A través de un acercamiento cuidadoso y empático, alejado del melodrama y la intención de conseguir lágrimas fáciles de parte de la audiencia, la directora consigue narrar sin sensacionalismo la historia de nuestras seis protagonistas. Tarea nada fácil, considerando la crudeza de cada relato: Sheelan, originaria de Irak y refugiada en Alemania, marcada por la desaparición de parte de su familia tras el genocidio perpetrado por el Estado Islámico en su pueblo; Nina, de familia romaní, deportada de Alemania y obligada a vivir en Serbia, donde convive con la sensación permanente de no pertenecer; Paige, con un embarazo adolescente en una Inglaterra de situación social desfavorable; Sinai, quien desafía los rígidos estándares de género y belleza en una Corea del Sur que bombardea mensajes estereotipados, mientras sueña con ser campeona de BMX; Nancy, que llega a un refugio en Tanzania, escapando de los deseos de su madre de mutilar sus genitales para luego intercambiarla por 12 vacas y un matrimonio que teóricamente los salvaría del hambre; y finalmente, Selenna, de Chile, quien nació en el cuerpo de un niño pero hoy lucha por los derechos de la comunidad transgénero.

Cada una de las historias contadas remueve capas distintas de nuestra empatía, de nuestro entendimiento de los derechos humanos e incluso de nuestras memorias de infancia. Y si eres mujer, inevitablemente te conecta también con tus propias batallas por defender tu definición de libertad y equidad. El documental, con sus relatos multicéntricos, nos aumenta el rango de visión periférica, que tiende a restringirse en la sociedad ensimismada e individualista que vivimos hoy, y nos permite conocer que en otros rincones del planeta aún suceden esas realidades por las que Margaret Atwood afirma que “El cuento de la criada” no es una distopía.

Las niñas no lloran, sí, puede ser. O quizás sí lloran – y está bien -, pero lo que nunca dejan de hacer es luchar, poner el hombro, levantar la voz, hacer algo al respecto por ese futuro que quieren lograr, tener la valentía y fortaleza de salirse del molde. Y me parece un acierto ver aquello en pantalla grande, con una sala llena de adolescentes que además tuvieron la fortuna de poder hacer preguntas a Selenna, la protagonista chilena, quien demostró claridad y lucidez al promover la participación infantil en las capacitaciones a funcionarios del sistema escolar en temas de diversidad y derechos de niños y niñas trans.

Sigrid Klausmann declaró que su motivación para realizar este documental era empoderar a cada niña que lo viera. Pues, Sigrid, lograste traspasar el rango etario con creces. Como mujer adulta de 35 años, no solo admiré la fortaleza y tesón de cada una de estas niñas; al verlas, renové mis convicciones de seguir honrando el camino trazado por todas aquellas mujeres que, a lo largo de la historia, lucharon para que yo – aquí en este lado del planeta – pueda decidir qué estudiar, dónde y en qué trabajar, qué ropa vestir, con quién emparejarme, si embarazarme o no, si casarme o no e incluso en qué y con quién pasar mi tiempo libre. Pero en esa sala de cine también recordé que es sólo gracias al azar que nací mujer en Chile y no en Tanzania o en Irak. Agradecí al azar, agradecí la posibilidad de tener tanto poder de decisión en mi realidad. Y entonces recordé que falta tanto aún. Ahí apareció la angustia, impotencia e incertidumbre, para después mezclarse con una extraña sensación de gratitud por la existencia del arte que permite visibilizar, inspirar, y despertar la empatía.

En ese sentido, me parece importante destacar la existencia de un Festival de Cine como Ojo de Pescado. Acercar el arte a la comunidad desde edades tempranas (y con participación activa), es sembrar en niñas y niños la capacidad de escuchar, observar, entender y analizar historias diversas, ya sea ficción o documental, distintas a las propias. Ese ejercicio no sólo amplía la imaginación, también construye una visión de mundo más realista, empática y colaborativa.

“Los hombres y las mujeres pueden hacer las mismas cosas, pero a las mujeres siempre se les va a mirar más por hacerlas”, decía la coreana Sinai mientras iba camino a su entrenamiento de BMX. Pues que nos miren entonces, que nos miren a todas. Porque mientras estas seis niñas no lloran, no podemos darnos el lujo de olvidar que la libertad se sueña, se honra, se conquista, y nunca se deja de defender.

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