Dos parejas, una casa remodelada, tablitas para picar y un buen vinito. Podría ser una noche piola, de esas en las que todos sonríen por cortesía, comentan la decoración y fingen que el vino es mejor de lo que realmente es. Pero lo que comienza como una inocente invitación a cenar termina yéndose a la cresta cuando, antes del plato fuerte, irrumpen el sarcasmo, el reproche y el deseo, mientras las cuerdas de Devonté Hynes ambientan las escenas de tensión, pasión y locura que trae La Invitación (The Invite)
Olivia Wilde entiende el origen teatral del material y lo traslada al cine: toma a sus protagonistas y los deja encerrados con sus propias palabras y trancas, hasta que… bueno, hasta que se caen las caretas.
¿De qué trata esta maravilla?
La Invitación (The Invite) llega bajo el sello de A24, con Olivia Wilde en la dirección y Rashida Jones junto a Will McCormack en el guion. La película adapta al inglés The People Upstairs, versión cinematográfica de la obra teatral “Los Vecinos de Arriba”, de Cesc Gay. Desde ahí se entiende mejor su pulso: una comedia de cena caótica, sostenida en el choque entre dos parejas, en la que la tensión doméstica empieza a mezclarse con la farsa sexual y el comentario social.
Joe (Seth Rogen) y Angela (Olivia Wilde) llevan un matrimonio que avanza por inercia, bromas pasivo-agresivas y una intensidad brutalmente realista. Comparten casa, rutina y una fachada social bastante presentable, pero el deseo quedó enterrado hace rato. No está muerto, solo está sepultado bajo capas de frustración, hostilidad y una dinámica tóxica que muchas parejas usan para no abrir una conversación que ya está tapada en moscas.
Angela invita a cenar a sus vecinos de arriba, Piña (Penélope Cruz) y Hawk (Edward Norton), una pareja que vibra en otra frecuencia. Entran relajados, disponibles y peligrosamente cómodos con sus cuerpos.
La velada parte entre conversaciones medio superficiales, hasta que empiezan a llover los palos. Entonces Piña y Hawk instalan una posibilidad que desordena la mesa: ser parte de una orgía con ellos, los cuatro, en su casa recién remodelada, en la alfombra nueva… El deseo sale de su tumba y, como un vampiro sediento de sangre, abre un territorio áspero, turbio y seductor.
Adultos al borde del colapso
El living permanece como escenario central, pero jamás se siente estático. La presión se desplaza por el subtexto: una copa sostenida con demasiada firmeza, una respuesta que tarda medio segundo más de lo habitual, miradas que duran un poco más de lo prudente. Todo suma al caos y vuelve la película muy sexy de ver.
La música de Devonté Hynes hace gran parte del trabajo de mantenernos expectantes. Cuando entra, especialmente en los momentos de escalada emocional, los doscientos tipos de queso, el prosciutto y el vinito pasan a segundo plano. La cena deja de importar: ahora se trata de sobrevivir a todo lo que empieza a salir de la boca de Joe y Angela.
La Invitación (The Invite) mantiene su estructura teatral original, pero Wilde logra darle identidad propia al formato audiovisual: captura una noche que se desarma en tiempo real, con personajes que intentan sostener la compostura mientras el relato les va corriendo la silla.
Edward Norton construye un Hawk más piola que el personaje de la versión española. Esa tranquilidad lo vuelve peligroso dentro de la escena, porque obliga a Joe a quedar expuesto. Hawk no necesita imponer su visión del mundo; le basta deslizarla entre los platos y mirar cómo sus anfitriones tropiezan con ella.

A Penélope Cruz el papel de Piña le queda a la medida. El cambio de profesión —de psicóloga a sexóloga— beneficia al relato porque la sitúa justo en el núcleo del bloqueo de Joe y Angela. Piña entra al centro de la discusión, pregunta lo que nadie quiere responder y convierte la conversación en un espejo de pared. Cruz maneja ese registro con seducción y veneno, no es que quiera ver el mundo arder, pero sí nos deja a todos pensando.
La propia Olivia Wilde interpreta a Angela —Ana en la obra teatral— como una mujer un tanto nerviosa, ansiosa y estresada; hija pródiga del Xanax. Su personaje quiere que la noche funcione, pero también necesita que algo se fracture. Desea que ocurra algo que la saque de esa casa sin tener que abandonarla físicamente. Su interpretación se construye con gestos mínimos: insiste, sonríe y presiona. Es una mujer que busca provocar un accidente emocional porque la normalidad ya la tiene chata.
Quien terminó por sorprenderme harto fue Seth Rogen. Joe corría el riesgo de quedar atrapado en el arquetipo del marido amargado que convierte cada comentario en ataque directo. Rogen logra manejar esa frustración con texturas y matices. Su sarcasmo no es un recurso cómico accesorio; es un chaleco antibalas de mimbre. Creo que es la versión de “Julio” que mejor he visto, y eso que ya he visto varias versiones de este guion.
El viaje de una idea doméstica
En 2015, Cesc Gay estrenó Els veïns de dalt, una obra inspirada en los ruidos íntimos de sus propios vecinos. En 2020, el director la adaptó al cine bajo el título Sentimental —conocida internacionalmente como The People Upstairs—, película que recibió cinco nominaciones a los Premios Goya y generó versiones en distintos mercados internacionales.

La versión de Wilde traslada la acción de Barcelona a San Francisco, modifica profesiones, ajusta el tono y acelera el ritmo, pero conserva el motor central: dos personas discuten sobre sexo porque todavía no saben cómo hablar de fracaso, miedo y necesidad de reconocimiento. Ahí radica su eficacia. La película desata carcajadas, pero la risa llega con ese pequeño retraso de quien entiende que el chiste cayó demasiado cerca.
¿Vale la pena?
¡Obvio que sí!
Mi único reparo está fuera del metraje: la campaña de tráileres. Si no conoces la obra teatral ni la película Sentimental, conviene llegar a la sala con la menor información posible. Gran parte del disfrute consiste en descubrir a los vecinos en tiempo real, en lugar de entrar con la sorpresa arruinada por la publicidad. La propuesta de los visitantes funciona mejor cuando irrumpe como una salida de libreto en una cena que ya venía tensa.
La Invitación (The Invite) es una adaptación muy bien resuelta. Tiene ritmo, un elenco sólido, humor negro preciso y una dirección que entiende que el origen teatral de la trama es una virtud estructural, no un impedimento. Para quienes ya conocen este relato, la versión de Olivia Wilde se siente como una actualización inteligente: conserva la arquitectura de Cesc Gay, intensifica el conflicto conyugal y encuentra en Seth Rogen a un protagonista mucho más complejo de lo previsto. Para quienes lleguen por primera vez, la función ofrece lo que ha sostenido a esta historia desde 2015: humor ácido, presión psicológica y una pregunta sobre la vida en pareja que conviene no responder con prisa.
La película La Invitación (The Invite) se estrena en Chile el jueves 2 de julio de 2026.













