Good boy: El miedo animal que no viene del monstruo

Mundo Películas

¿Puede una película de terror conmovernos por culpa de un perro? Good Boy, dirigida por Ben Leonberg, se atreve a responderlo desde un ángulo inusual: contar una historia de horror a través de los ojos de un can. La idea es brillante en papel: una cámara que se mueve a ras del suelo, una criatura que siente antes de entender. Pero la pregunta inevitable es si el film logra sostenerse más allá del encanto de su protagonista, Indy, o si todo su impacto reside en la ternura que despierta el perro. Esa tensión entre empatía y terror es, precisamente, su mayor acierto… y su mayor riesgo. En Mundo Películas te contamos todo sobre Good Boy.

Monstruo que ladra, no muerde

Good boy cuenta la historia sigue a Todd (Shane Jensen), quien se muda a la antigua casa rural de su abuelo acompañado por su fiel Indy. Allí, el perro empieza a percibir presencias que su humano, por supuesto, ignora.

Sin destripar el misterio, la película se mueve entre lo íntimo y lo paranormal, y tiene el acierto de dejar que la cámara y el sonido hagan el trabajo emocional. En el fondo, Good Boy no trata sobre fantasmas, sino sobre la soledad de quien ve todo venir y no puede ladrar lo suficiente para evitarlo.

Sensorial, pero irregular

Donde la película realmente destaca es en lo sensorial. El diseño sonoro es tan preciso que uno casi puede oler el miedo. Crujidos, jadeos, respiraciones: todo está al servicio del pánico. La cámara, casi a ras del suelo, convierte el encuadre en una trampa visual constante.

Pero el guion se enamora demasiado de su propio silencio. La tensión se estira como chicle, y esa sensación de “ahora sí viene algo… oh, no, falsa alarma” se repite más de la cuenta. Hay momentos en que el film parece un loop de su propia atmósfera. Y cuando por fin pasa algo, uno casi agradece que el perro siga vivo para recordarnos por qué seguimos mirando.

Todo el experimento se sostiene sobre Indy, el perro real del director, que actúa mejor que muchos humanos que conozco. Su expresividad es tan convincente que uno empieza a creer que entiende la trama mejor que su dueño.

Leonberg lo dirige con una sensibilidad asombrosa: no hay trucos evidentes, solo instinto y paciencia. Indy entrega expresiones, ternura, suspenso y acción. Una criatura que comunica todo sin decir nada.

¿Una trampa?

Sí, un poco. Good Boy nos hace pasar por varias emociones y el final conmueve (vi gente llorar en el cine… #truestory). Pero ¿es realmente por la trama o por nuestra empatía hacia Indy? Ahí siento que hace trampa. Tiene debilidades en el guion que pasamos por alto gracias a nuestra conexión inmediata con el perro. No me mal interpreten, no es por ningún motivo una mala película, pero funciona más desde la emoción que desde la historia en sí.

Es un film pequeño que se atreve a mirar el horror desde abajo. Tropieza con su ritmo, sí, pero lo compensa con alma y una ternura que desarma.

¿La vamos a ver?

Sí, vale la pena. Vaya a verla al cine. Déjese arrastrar por los silencios y sienta ese miedo animal que no viene del monstruo, sino del amor que sentimos por Indy, a quien no queremos que le pase nada. Nuestro final dog favorito del cine.

Good Boy ya está disponible en cines.

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