No voy a pedir sushi a un lugar donde venden completos; eso sería estúpido. Y quejarme porque no tienen sashimi fresco sería aún más estúpido. Ahora bien, si estoy ahí, estoy en todo mi derecho de esperar que el completo esté bien hecho: tomate bien picado, salchicha sureña bien cocida, palta fresca y mayonesa casera. No, no hablaré de completos, sino de Avatar: Fuego y Cenizas.
Me tomé el tiempo de escribir esto porque, luego de las 3 horas y 17 minutos de película, me quedé con haaaartas cosas que digerir. Después de leer bastante sobre la última entrega de James Cameron, llegué a una conclusión muy similar a la del completo. Últimamente nos ponemos excesivamente exquisitos con algunas películas, exigiéndoles cosas que van más allá de aquello para lo que realmente fueron hechas: pedirles la profundidad de un drama de autor a productos diseñados para vender juguetes y reventar la taquilla.
Existe una delgada línea entre exigir respeto por el guion y simplemente amargarse la vida esperando que todo sea creado por Nolan. En ocasiones, estas películas cumplen una función simple: desconectar el cerebro y entretener.
Sin embargo, surge la duda: ¿Avatar: Fuego y Cenizas entra en esa categoría? ¿Puede una de las franquicias más exitosas de la historia del cine limitarse a su pirotecnia visual o aspira a dejarnos marcados con su historia y su universo expansible?
¿De qué trata esta vez?
Avatar: Fuego y Cenizas retoma la acción inmediatamente tras los eventos de El Camino del Agua. La familia Sully enfrenta el duelo por Neteyam, con un Jake (Sam Worthington) cada vez más militarizado y una Neytiri (Zoe Saldaña) consumida por la furia. En este escenario de luto, la narrativa introduce a los Mangkwan, el Clan de la Ceniza, liderado por Varang (Oona Chaplin), quienes aportan una moralidad gris inédita en la saga.
Mientras tanto, el coronel Quaritch (Stephen Lang) continúa su cacería, ahora atravesado por dudas existenciales, y Spider (Jack Champion) se convierte en la pieza clave que la RDA —la corporación humana— busca explotar. Todo se transforma en una carrera contrarreloj por la supervivencia, salpicada de nuevos biomas, naves aéreas orgánicas y mucha, pero mucha ceniza. Y cosas en 3D.
Muchos Doritos después…
Seamos honestos: Cameron sabe exactamente dónde poner la cámara. La película exprime cada peso de su presupuesto. Visualmente, es una bestialidad; el fuego, el agua y las criaturas 3D se ven increíbles. El problema es que esos efectos especiales envuelven una trama un poco simplona, famélica… ¿Insípida? Podría ser.
La historia se siente estirada. Son tres horas y diecisiete minutos (no me cansaré de decirlo) que pesan, principalmente por ser un déjà vu constante. Todo resulta bastante predecible. Y eso es algo que una de las franquicias más importantes como esta no puede darse el lujo de permitir.

Los Mangkwan, o la “gente de ceniza”, prometían ser un aporte brutal al lore, pero terminan sintiéndose desaprovechados, casi como una excusa para cambiar la paleta de colores (y vender más juguetes… si es que venden alguno). Lo mismo ocurre con Quaritch: sus conflictos morales se profundizan, sí, pero le dan tantas vueltas que uno termina mirando el reloj y con ganas de gritar a la pantalla: “¡Ya, po’, niña!”.
El desarrollo de la historia de amor prohibido (que nadie pidió) entre Kiri y Spider también se siente extraño. No sé si será porque Sigourney Weaver (Kiri) tiene 76 años y Jack Champion (Spider) 21, lo que lo vuelve incómodo… o sea, sí, son personajes de una peli, son actores, y hemos visto cosas más raras en la TV. Pero igual… no sé. Weird.
Ahora bien, creo que han sido bastante injustos con Jake Sully. Muchos lo critican por tomar decisiones estúpidas, pero olvidan que es militar: entrenado para recibir órdenes y reaccionar mal. Está, probablemente, recien entrando en su etapa de deconstrucción. Pedirle que sea un roble o que siempre tome las mejores decisiones es estéril. Su falibilidad es, de hecho, lo que lo hace humano (o Na’vi, lo que sea).
Quizás, estamos demasiado acostumbrados a exigir perfección a nuestros héroes: que siempre decidan bien, que no fallen, que nunca se equivoquen. De ser así, es un error. Los héroes lloran, pierden, sufren. No tienen que estar siempre en lo correcto. Antes de vencer al villano, se vencen a sí mismos. Mueren para resucitar en una versión mejor.
Uff. En fin.
Avatar: Fuego y Cenizas termina queriendo ser mucho y entregando poco. En el pasado, películas que se pavoneaban con sus grandes efectos especiales funcionaron porque entendieron lo que eran y encontraron un equilibrio preciso entre espectáculo y guion. Respetaron sus bases y construyeron desde ahí. Quizás ese es el problema de Avatar como saga: aun no logran encontrar ese equilibrio.
Ahora bien, no me mal interpreten: dista bastante de ser mala; simplemente carece de novedad. Se respeta como producto de entretenimiento masivo, pero subestima a la audiencia al reciclar conflictos que ya vimos. De no ser por su majestuosidad visual, las ganas de sacar el celular en plena función serían incontenibles (costumbre nefasta, por cierto: no lo haga).
¿Y ahora qué?
¿Me dejó con ganas de más? La verdad, poco. Sabemos que vienen la cuarta y la quinta parte, pero Avatar carece de ese gancho que te hace desvelarte pensando en teorías conspiranoicas. Es como comer una promoción del McDonald’s: te llenas, estaba rica, pero mañana ya ni te acuerdas.
Eso sí, hay un detalle al final que me llamó la atención. Se sugiere que todo lo ocurrido sucede en un punto ínfimo del planeta, como diciéndonos que Pandora todavía tiene mucho por ofrecer y explorar. Pero la pregunta es inevitable: ¿vamos a tener ganas de seguir explorándola cuando esto termine? Solo el tiempo y la taquilla lo dirán.
Avatar: Fuego y Cenizas exige la pantalla más grande posible. Idealmente, debe verse en IMAX 3D para justificar la entrada. Vayan equipados con comidita para resistir el maratón y, por el amor de Eywa, eviten beber mucho líquido.
Avatar: Fuego y Cenizas: Solo en cines.













