La verdad es que me la pensé bastante para abordar esta película. Y no, no quise hacer una reseña de El Diablo Viste a la Moda 2. Esta segunda entrega me permitió ahondar en algunos temas, y con una review podía quedar corto.
Una reseña implica distancia: el ejercicio crítico de quien observa desde afuera, puntúa, compara y concluye. Pero hay películas con las que no me gusta hacer eso, porque abordan narrativas que demandan más compromiso, o con las cuales prefiero centrarme en un tema antes que en otros. Esta es una de esas. Además, me llamo Andy; y Andy Sachs no habría escrito solo una reseña… Habría escrito algo más.
| Ojo, que tiene un par de pequeños mini-spoilers..
Don’t be ridiculous, Andrea. Everybody wants this.
Hay algunas preguntas que El Diablo Viste a la Moda instala desde su primera entrega y que no resuelve del todo sino hasta ahora. ¿Hasta qué punto es legítimo entregarse por completo a lo que amas? ¿Dónde termina la pasión y empieza la patología? ¿Y qué pasa cuando descubres que esa línea, en tu caso, hace mucho que cruzaste?
La primera película planteaba algo así. Andy (Anne Hathaway) renunció a Runway porque lo que vio no le gustó: una Miranda (Meryl Streep) capaz de traicionar a Nigel (Stanley Tucci) sin pestañear, de sacrificar a las personas por el cargo. Pero también vio el costo humano de esa entrega: los divorcios, el aislamiento, la frialdad como mecanismo de supervivencia. Era una advertencia sobre lo que la obsesión con el trabajo le hace a una persona. Esta segunda entrega revisita esas interrogantes y llega a una conclusión distinta. No sé si opuesta. Distinta. Y eso es infinitamente más interesante.
You sold your soul the day you put on your first pair of Jimmy Choos
A mi juicio, Andy Sachs no escapó de Miranda Priestly. Eso es lo que creímos durante veinte años, pero la secuela hace clic: Andy no huyó de Miranda, huyó de sí misma. De la versión que le esperaba si se quedaba. De una Andy más vieja que ya podía ver con demasiada claridad.
En esta entrega la encontramos en sus cuarenta y algo, despedida luego del cierre de otro medio: ese fenómeno que ya no sorprende a nadie pero que igual duele cada vez que pasa. Una periodista que lo ha logrado todo y al mismo tiempo nada, que sigue necesitando más no por ambición, sino porque su trabajo es el lugar donde existe con más plenitud. La película lo establece desde el arranque, con una economía narrativa que se agradece: Andy no cambió. Maduró. Y madurar, en su caso, significó dejar de disculparse por lo que es.
Everybody wants to be us.
Hablaré de la escena en el auto, donde Andy y Miranda conversan en Italia. La posición de ambas, y la forma en que hablan, es un eco directo del diálogo en el auto en París de la primera película, pero con una tónica radicalmente diferente. En París, Miranda le mostró a Andy el costo del poder como si fuera una amenaza. En Italia, lo plantea en voz alta, como si fuera una confesión (ya sabida, por cierto). Le dice, entre risas, que ama lo que hace y que no imagina haciendo otra cosa.
El momento más honesto de la película es esa conversación entre dos mujeres donde finalmente se dicen la verdad.
Y acá me pregunto ¿qué hace Miranda exactamente? porque sí, vemos una mujer exitosa, adinerada y poderosa. Pero ¿qué es aquello que ama realmente? ¿Es el poder? ¿Es el cargo? A mi parecer lo que Miranda ama no es la influencia abstracta, sino el trabajo concreto de controlar la narrativa de una industria que, como bien apunta Nigel, mueve millones y define cómo el mundo se ve a sí mismo.
Y es en ese momento donde Andy la mira, no con temor como en París. No con decepción. La mira con reconocimiento. Con admiración. Porque se está viendo a sí misma. Porque ella también lo siente. Porque a ella también le gusta, y 20 años después, al fin deja de pretender que no.
Pero hay algo más en esa escena que vale la pena nombrar: Miranda no está explicando su presente. Está describiendo una decisión que tomó hace décadas y con la que hace mucho dejó de negociar. Ella ya resolvió la pregunta. Ya cruzó la línea, pagó el costo, y llegó al otro lado. Lo que le está mostrando a Andy es nuevamente ese destino posible, pero esta vez Andy decide quedarse.
I love my job, I love my Job, I love my Job…
Lo que El Diablo Viste a la Moda 2 está argumentando, con toda su estética pop, es algo que nuestra época tiende a castigar: que hay personas para quienes el trabajo no es un medio sino un modo de ser, y que eso no es necesariamente una tragedia.
Vivimos en una época que glorifica el equilibrio. Que celebra el límite como virtud. Que desconfía de quien entrega demasiado. Y hay razones válidas para esa desconfianza; la historia está llena de sistemas que explotaron esa entrega y la llamaron «ponerse la camiseta». Pero la película hace algo más sutil que glorificar el sacrificio: muestra a dos mujeres que eligieron con los ojos abiertos, que conocen el costo, que lo han pagado, y que de todas formas eligen seguir pagándolo. No porque no tengan otra opción. Sino porque esa es su opción.
Miranda y Andy se ríen, en esa escena en Italia, de que les importa un rábano si es correcto o sano entregarse así a algo que las traiciona, que las pone al borde, que las obliga a tomar decisiones extremas. Esa risa es la manifestación de una lucidez cómplice.
La pregunta no es si es sano amar de esa manera. La pregunta es si ese amor, aun con sus costos, sigue siendo una elección legítima.
It’s more than just fashion.
Hay una capa adicional que la película instala en su trasfondo y que merece ser nombrado: El Diablo Viste a la Moda 2 también es una historia sobre quién controla el relato. El cierre del medio donde trabaja Andy no es un detalle de contexto. Es la condición de toda la trama. Inversores que no entienden nada tomando decisiones que afectan a quienes lo entienden todo. El capital imponiendo criterios sobre las historias que se cuentan. Siempre hay un pez más grande, lo que no implica que sea el más inteligente de la pecera.
Y esa tensión entre el poder económico y el poder narrativo es exactamente lo que Emily (Emily Blunt) articula en uno de los monólogos. Ella habla sobre lo que representa la ropa de lujo: no es vanidad, no es derroche, es un lenguaje. Un sistema de símbolos que comunica identidad, pertenencia, aspiración. Un statement, en el sentido más literal. Lo que Emily defiende, casi sin proponérselo, es que la moda es cultura. Y que quienes la narran, quienes deciden qué significa cada temporada, qué historia cuenta cada colección, ejercen un poder tan real como cualquier otro. Solo que más difícil de ver, y por eso más difícil de defender ante quienes solo entienden de balances.
En ese sentido, El Diablo Viste a la Moda 2 es también una película sobre las comunicaciones, sobre la moda como industria de poder simbólico, y sobre el valor de quienes realmente saben contar historias en un mundo que cada vez les hace menos espacio.
That’s All
No tengo una respuesta a las preguntas que esta película instala. No sé dónde está la línea entre la pasión legítima y la entrega tóxica a un sistema ingrato y muchas veces traidor. Sospecho que esa línea es distinta para cada persona, y que lo más honesto que se puede hacer es dejar de pretender que existe un mapa universal para encontrarlas.
Lo que sí sé es que El Diablo Viste a la Moda 2 no se disculpa por lo que es. Habita en sus decisiones con el mismo orgullo con que Miranda y Andy habitan las suyas: conociendo el costo, aceptándolo, y eligiendo de todas formas. En una industria que suele tratar las secuelas como productos de riesgo calculado, admito que la decisión de contar esta historia en 2026 es bastante cojonuda.
¿Es buena? Vayan a verla mejor. Pero si les sirve de algo: hay risas, hay emoción y hay Botox. Mucho Botox. Pero también hay mucho amor en su elenco, en sus personajes, y en la continuidad de una historia que si bien nadie pidió, igual agradecemos. Y a veces, eso es suficiente.
El Diablo Viste a la Moda 2, en cines a partir del 30 de abril.













