El estreno mundial de Megalopolis en Cannes era uno de los eventos más esperados del año. Una superproducción autofinanciada por Francis Ford Coppola, con un elenco estelar y más de cuatro décadas de gestación a cuestas. Pero cuando las luces se apagaron y los créditos comenzaron a rodar, la sensación fue unánime: el sueño épico se convirtió en un caos monumental.
Megalopolis pretende ser muchas cosas a la vez: una fábula futurista, una reflexión sobre el poder, un tratado filosófico sobre el tiempo, la caída de los imperios, el arte, la política, la memoria. Y ese es precisamente su mayor problema. La película se ahoga en su propio delirio conceptual, saturada de ideas sin desarrollo y escenas que oscilan entre lo fascinante y lo francamente desconcertante.
Adam Driver, siempre entregado, interpreta a un arquitecto visionario que quiere rehacer una ciudad al borde del colapso. Pero el guion, plagado de discursos grandilocuentes y símbolos forzados, nunca le da espacio real a la emoción. Le acompañan Giancarlo Esposito, Nathalie Emmanuel, Aubrey Plaza y Laurence Fishburne, todos atrapados en un torbellino de diálogos pretenciosos y decisiones narrativas que parecen improvisadas.
Visualmente, hay momentos que impactan: Coppola sigue teniendo ojo y sentido del riesgo. Algunas composiciones son hermosas, y hay una secuencia en tiempo congelado que podría haber sido memorable en otra película. Pero estos destellos quedan sepultados bajo una estructura fragmentada, efectos desiguales y una edición caótica que sabotea incluso sus mejores ideas.
No se puede negar la osadía del proyecto ni la libertad con la que fue concebido. Megalopolis es, en cierto sentido, puro Coppola: testaruda, grandiosa, profundamente personal. Pero también es una película que parece más interesada en explicarse a sí misma que en conectar con quien la ve.
Al salir de la sala en Cannes, hubo aplausos respetuosos… y muchas cejas levantadas. No por incomprensión, sino por frustración. Porque detrás del desorden había una gran película posible, una historia poderosa que nunca encontró forma.
Megalopolis quiso ser una nueva Roma, un manifiesto eterno. Pero terminó siendo una ruina fascinante: hermosa en sus restos, pero fallida en su totalidad.













