Katábasis de Ugo Arsac: el descenso a lo invisible

Premiada como la Mejor Obra Inmersiva en el Festival de Cannes, Katábasis de Ugo Arsac, nos lleva a un viaje a conectar con lo olvidado.

En una época marcada por la velocidad, las notificaciones y la necesidad constante de atención, pocas experiencias logran algo tan simple y a la vez tan difícil como obligarnos a detenernos. Katábasis, la obra inmersiva del director francés Ugo Arsac, utiliza el subsuelo de Nueva York para construir precisamente eso, una pausa y un viaje hacia un territorio oculto que existe bajo la superficie de la ciudad, pero que a su vez, también parece existir dentro de nosotros mismos.

Inspirada en el concepto griego de la katábasis: el descenso al inframundo, la experiencia nos invita a recorrer túneles, espacios olvidados y rincones invisibles de la metrópolis neoyorquina. Sin embargo, este experimento no es solo una exploración urbana porque se te transporta una dimensión mucho más humana y reflexiva. Su director, nos muestra ese mundo bajo las calles de Nueva York pero con una forma mucho más interesante y profunda de observarlo.

A lo largo del recorrido aparecen figuras humanas que emergen de la oscuridad para compartir fragmentos de sus vidas. Son personas que habitan estos espacios, trabajan en ellos o simplemente existen lejos de las miradas de la superficie. La forma de activar la conversación en mirarles a esa cara, esa cara que no tiene rostro, y es ahí cuando sus voces comienzan a construir un mosaico de historias que convierten los túneles en algo más que una infraestructura urbana. Es interesante porque te hace mirar a otros en un territorio habitado por memorias, experiencias y realidades que rara vez ocupan un lugar en el relato oficial de la ciudad.

Lo más fascinante de Katábasis es que nunca se siente como una experiencia invasiva o angustiante. A pesar de su vínculo conceptual con el inframundo, el recorrido transmite una inesperada sensación de calma. Hay algo profundamente contemplativo en la manera en que nos desplazamos por estos espacios. Las luces, las sombras y las siluetas humanas generan una atmósfera suspendida entre lo real y lo onírico, como si estuviéramos transitando por un lugar que existe fuera del tiempo, como en un camino hacía la muerte pero en calma, o al menos, así fue como me hizo sentir.

Por momentos, la experiencia se transforma casi en una meditación. Mientras avanzamos, el ruido del mundo exterior parece desaparecer lentamente. Las distracciones habituales quedan atrás y surge una rara sensación de conexión con el entorno y con uno mismo. No es casual que el descenso al subsuelo termine evocando algo más profundo que una exploración física y se convierta en una invitación a observar aquello que normalmente permanece oculto, tanto en la ciudad como en nuestra propia experiencia cotidiana.

Desde el punto de vista técnico, Arsac demuestra un notable dominio de las posibilidades del lenguaje inmersivo. Sin necesidad de recurrir al espectáculo constante, utiliza el espacio, la interacción y el sonido para construir una experiencia envolvente que encuentra su mayor fortaleza en la sensibilidad de su propuesta. La tecnología nunca busca imponerse sobre el contenido, por el contrario, desaparece para dejar espacio a las historias y a las emociones que emergen durante el recorrido.

Lo que permanece después de terminar Katábasis no son necesariamente las imágenes de los túneles ni la magnitud de Nueva York. Lo que se queda contigo es una sensación. La impresión de haber atravesado un espacio donde el tiempo avanzaba de otra manera, donde las voces invisibles encontraban un lugar para ser escuchadas y donde, por un instante, era posible escapar del ruido permanente de la superficie.

Katábasis es una experiencia inmersiva envolvente que realmente me cautivó. Es sobre escucharse, es mirar atrás y ver como el pasado se apaga junto con las luces, mientras avanzas por un túnel, una especie de purgatorio pacifico donde a veces te detienes a mirar a otro. También es sobre la presencia y la humanidad que este mundo veloz nos hace ignorar. Un descenso que no conduce a la oscuridad, sino a una forma distinta de mirar el mundo.

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