The Apprentice”: poder, manipulación y una actuación que lo cambia todo

El biopic sobre los inicios de Donald Trump dividió Cannes, pero tiene algo magnético. Jeremy Strong, absolutamente imponente.

Con una cuota inevitable de controversia, The Apprentice aterrizó en el Festival de Cannes 2024 como uno de los títulos más comentados. Dirigida por Ali Abbasi (Holy Spider), la película explora los años formativos de Donald Trump en el Nueva York de los 70 y 80, bajo la influencia de Roy Cohn. Y aunque no es una obra perfecta, tiene fuerza, ritmo y momentos que se clavan como agujas. A mí, francamente, me gustó.

Es cierto: The Apprentice no descubre mucho que no supiéramos. Su guion recorre una línea biográfica bastante reconocible y, por momentos, se siente más cómodo ilustrando que profundizando. Pero Abbasi sabe cómo construir tensión, y hay una vibra sucia, incómoda, casi teatral, que se vuelve adictiva. El relato del ascenso al poder tiene algo de tragedia política, algo de sátira, y mucho de podredumbre moral.

Sebastian Stan entrega una versión contenida y calculada de Trump joven. Nunca cae en la caricatura, lo que ya es decir mucho, pero quien realmente incendia la pantalla es Jeremy Strong. Su Roy Cohn es magnético, manipulador, oscuro y tan carismático como repulsivo. Cada escena con él sube el voltaje de la película, y su interpretación es de esas que marcan una carrera.

Maria Bakalova como Ivana Trump tiene poco tiempo en pantalla, pero logra imprimir cierta melancolía a un personaje que podría haberse quedado en el estereotipo. El diseño de producción y la fotografía también aportan mucho al tono de la película: una sensación constante de exceso, decadencia y artificio.

Claro, hay decisiones que podrían debatirse: desde la representación de escenas polémicas hasta el desenlace algo abrupto. Pero The Apprentice tiene algo que no se puede fingir: presencia. Puede no ser perfecta, pero te mantiene ahí, incómodo, atento, enganchado. Y en un Cannes donde sobran películas “correctas”, esta eligió ser otra cosa.

No es un retrato definitivo de Trump. Tampoco lo necesita ser. Es una mirada inquieta y cargada de tensión sobre el origen de un fenómeno político global. Y aunque incomode (o justamente por eso), se agradece.

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