Anoche, en la Competencia Oficial de Cannes, Óliver Laxe estrenó Sirat, y desde los primeros minutos quedó claro que estábamos ante un cine que desafía cualquier expectativa. La película abre con un rave en las montañas del sur de Marruecos, y la cámara se mueve entre cuerpos sudorosos como si fuera un participante más. La música de Kangding Ray no acompaña, domina la escena: cada subgrave resuena en la sala, cada loop electrónico marca el ritmo del desierto y de los personajes. La sensación es física, casi visceral: no solo se ve, se siente.
La historia sigue a Luis y su hijo Esteban en busca de Mar, la hija desaparecida. Lo que parece un road movie se convierte rápidamente en un viaje fragmentado entre lo tangible y lo alucinatorio. Las fiestas, los paisajes desérticos y los encuentros con personajes que parecen salidos de otro tiempo crean un universo propio. La narrativa es deliberadamente elíptica: hay huecos, silencios incómodos y transiciones que desafían la lógica, pero todo contribuye a un efecto hipnótico. Laxe no nos permite descansar, y esa tensión constante convierte a la película en un trance colectivo.
Cada plano está cuidadosamente construido. Los espacios abiertos del Sahara, iluminados por un sol que quema o por las luces artificiales de los raves nocturnos, generan una sensación de claustrofobia dentro de la inmensidad. La cámara de Laxe observa con respeto y fascinación, pero también con crudeza: no se esconden ni la violencia sutil de las relaciones humanas ni la fragilidad de los personajes. La fotografía de Mauro Herce es un prodigio: cada encuadre parece pintado, y al mismo tiempo completamente vivo.
Sirat es audaz en su forma de manipular el tiempo. Los saltos entre escenas son abruptos, a veces desconcertantes, y el espectador se ve obligado a reconstruir la historia en su mente. Esa fragmentación podría considerarse un defecto, pero aquí funciona como un espejo del desorden emocional de los protagonistas. Luis y Esteban se pierden tanto en el desierto como en las fiestas y mitos que siguen, y esa pérdida se transmite con intensidad: sentimos su desorientación, su ansiedad, su obsesión por encontrar algo que tal vez ya no existe.
La música es otro personaje. Kangding Ray no solo acompaña, estructura y marca el ritmo, sino que se fusiona con los sonidos del desierto: viento, pasos, risas y gritos se mezclan con la electrónica creando una experiencia multisensorial. En algunas escenas, la intensidad de la música y la imagen provoca que la respiración de la sala se sincronice, que los espectadores contengamos la exhalación, como si todos formáramos parte del trance de la película.
Si hay un riesgo en Sirat, es que su ambición sensorial puede saturar a quien busca una historia clara o consuelos narrativos. Algunos momentos parecen perderse en la abstracción, y no todos los espectadores aceptan la entrega completa que exige la película. Sin embargo, esa misma audacia es su mayor fuerza: Sirat demuestra que el cine puede ser un desafío físico y emocional, que puede conmover, inquietar y fascinar al mismo tiempo.
Al salir de la sala, la reacción del público era un murmullo colectivo de desconcierto, admiración y emoción contenida. Algunos aplaudían, otros permanecían en silencio, procesando lo vivido. Sirat no es una película para mirar de manera pasiva: se experimenta, se habita y, sobre todo, se recuerda. En Cannes, anoche, Óliver Laxe no presentó solo una película, sino un ritual cinematográfico que seguirá resonando mucho después de que las luces se apaguen.













