“Es la película más difícil que he hecho”, declaraba la experimentada y premiada directora inglesa Andrea Arnold sobre Bird, su historia tipo coming of age, ambientada en los barrios marginados del norte de Kent. Allí acompañamos a Bailey durante su transición entre la niñez y una adolescencia con pizcas de adultez.
A pesar de solo tener doce años, Bailey enfrenta con admirable estoicismo y sensatez su entorno social y familiar: vive en un edificio okupa junto a su padre Bug (Barry Keoghan), tan cariñoso como inmaduro – muy entusiasmado por su inminente matrimonio y su nuevo emprendimiento con sapos alucinógenos – y con su medio hermano Hunter (Jason Buda), que también carga con sus propias luchas.
Hasta aquí, el relato suena al realismo social que Arnold ya nos tiene acostumbrados, pero pronto la historia introduce un elemento que trasciende lo cotidiano. En medio de paisajes inhóspitos, ambientes sociales fracturados, y violencia doméstica en casa de su madre, aparece Bird: un ser de facciones enigmáticas – tan bien casteado en Franz Rogowski – que deambula por la ciudad en busca de alguien de su pasado, y que traerá consigo un soplo de magia que, tanto nosotros como Bailey, iremos sintiendo cada vez con mayor intensidad a medida que la película avanza.
Y es que el realismo mágico que rodea a Bird, con la intensidad y precisión adecuadas según lo necesario para Bailey, no solo parece original sino que posee una dulzura poética que refleja el tránsito desde la infancia hacia una adultez que se acerca aceleradamente. Es aferrarse a la magia, es resistirse a vivir en función exclusiva de la cruda realidad de lo concreto. Las aventuras de Bailey con Bird son, por un lado, lo que la mantienen anclada a la ensoñación de la niñez y, por otro, nos recuerdan que hasta en los rincones más oscuros podemos encontrar algunos reflejos de luz.
Hacia el final de la película, percibí incluso cierta proyección del síndrome del superhéroe (o superheroína, en este caso), especialmente en algunas escenas en que Bird hace uso de sus “poderes”. Bailey, a su corta edad, ya siente la carga de sostener una familia disfuncional: busca soluciones, se hace cargo, lucha por lo justo y saludable para todos. Ante esto, la figura mágica de Bird representa también una fantasía de poder, control y resistencia que indudablemente mejora su día a día.
Pero no sólo la fantasía que acompaña al personaje de Rogowski nos entrega emociones esperanzadoras. A lo largo de toda la película, Arnold nos recalca que siempre podremos encontrar belleza en lo cotidiano, incluso en entornos sociales complejos. Sí, esta belleza coexiste con contextos precarios, y sin haber contradicción. Bailey se detiene a contemplar el vuelo de los pájaros, a observar a su alegre padre cantar “Yellow” en un bizarro karaoke casero con sus amigos, se siente el amor detrás de cada pequeño o gran gesto de sus cercanos y el disfrute de los paseos a la playa. Estamos frente a un permanente recordatorio de que toda realidad es susceptible de belleza.
Creo que el momento símbolo de esto, es la escena con Bug (Keoghan) en el scooter, llevando a sus dos hijos mientras suena de fondo “Lucky Man” de The Verve. Perfecta selección de soundtrack. Click emocional redondito. Bug está lejos de ser el padre ideal y de tener las mejores herramientas emocionales, pero su amor y preocupación traspasan la pantalla. No hay blanco ni negro; son matices, igual que todo lo que vemos en esta película: Arnold humaniza todo lo que está socialmente roto. Al final del día, más vale hacerle caso a esos graffitis que nos muestran más de una vez en escena: don’t you worry; «todo estará bien«, agrega eventualmente Bird, en una lección que nos deberíamos guardar como mantra.
Muchas veces no nos damos cuenta de toda la poesía que nos rodea, simplemente por no detenernos a observar, a escuchar, a integrar sensorialmente. Aquí, nos ayuda la dirección de fotografía – a cargo de Robbie Ryan – que mantiene ángulos de cámara cercanos a los personajes para explorar su intimidad. Esto resuena con la visión de la directora, quien ha confesado que construye sus películas a partir de deseos muy personales y preguntas que la inquietan. Arnold logra que nos sintamos compartiendo el mundo de sus personajes, tal como si estuviésemos inmersos en su propio mundo de cuestionamientos internos. Qué trabajo de expresión artística, ¿no?
Bird, en sus 119 minutos de duración, trae consigo un sentido de belleza que no encuentras en el típico drama social. Para qué sufrir si no hace falta, dice la gran Natalia Lafourcade. Aparecen los créditos y permanece el dulce retrogusto de la esperanza; la idea de que, aún en lo hostil del caos, la luminosidad, la magia y la belleza siempre encuentran la forma de resistir.
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Bird ya está disponible en MUBI, y puedes ver el trailer aquí:










