Almería, España. Sol. Playa. Mucho calor. Hot Milk aparenta ser unas fantásticas vacaciones en el Mediterráneo, pero, en realidad, estamos frente a una compleja historia de secretos, codependencia, deseos de libertad y un sentimiento de conflicto creciente entre la veinteañera y abrumada Sofía (Emma Mackey) y su madre, la cascarrabias – por decirlo de alguna forma – Rose (Fiona Shaw), quien padece una misteriosa enfermedad que la mantiene en silla de ruedas y dependiente de su hija. Esa es la razón por la que están fuera del Reino Unido: un centro médico liderado por el aparentemente sagaz Dr. Gómez (Vincent Pérez), que ilusiona con un tratamiento para que Rose abandone su vida de dolores enigmáticos y vuelva a caminar. Mientras su madre busca sus respuestas médicas, Sofía tratará de encontrar las propias. En ello, conocerá a Ingrid (Vicky Krieps) que con su libertad desbordante le traerá más preguntas que certezas.
“Si alguien quiere darle una etiqueta, no creo que funcione, porque realmente es una extraña criatura” – comentaba la directora británica Rebecca Lenkiewicz en una entrevista. Ya era un nombre reconocido para el mundo del cine, aunque principalmente como guionista. Ha trabajado en premiadas y bien recibidas producciones: Ida, la polaca ganadora del Oscar; Disobedience, coescrita con el chileno Sebastián Lelio; y She Said, adaptación del libro/reportaje del New York Times que expuso los abusos sexuales de Harvey Weinstein. Pero esta vez, ante la propuesta de adaptar la novela “Hot Milk” de Deborah Levy, su respuesta fue diferente: “la escribiré sólo si puedo dirigirla”. Y sí, Rebecca se cansó de la tristeza de ver partir sus guiones hacia otras manos.
Lenkiewicz confiesa haber sentido una especial conexión con Sofía, la heroína protagonista de la historia, con su fragilidad y su robustez. Esa ambivalencia, con la que conecta profundamente, logra reflejarla sensorialmente a lo largo la película. Es, en gran parte, el núcleo que sostiene la tensión, los silencios, la incertidumbre, las miradas. Sí, en Hot Milk suceden muchas cosas, pero muy pocas se dicen con palabras, y eso me gusta. Es realista, no condescendiente con el espectador, y deja espacio para la interpretación y la conversación sobre los temas que pone sobre la mesa.
Sin duda, uno de los ejes centrales es la codependencia llena de tensiones y resentimiento en este vínculo madre-hija. Fiona Shaw interpreta de forma brillante a una madre insoportable: no sonríe en ningún momento, se queja constantemente, y no pierde oportunidad en criticar – de forma directa o pasivo-agresiva – a su hija, mientras la vemos en una silla de ruedas por una enfermedad que no se logra explicar. Por otro lado, Sofía – una Emma Mackey de mirada cansada pero intrigante – se refleja perfectamente en ese perro que no deja de ladrar en el techo de su cabaña, atado con cadenas por su propio dueño. El deseo de libertad, de escapar, de independencia, autonomía, es algo que ambas comparten, pero también lo que las separa. Rose lucha con su mente para poder caminar y salir de la vida infeliz y crónicamente dolorosa que su propio modo de ser amplifica; Sofía busca aventuras y oportunidades para retomar su postergada vida individual. Su relación amorosa/sexual con Ingrid llega a enrostrarle eso, a encenderle esa chispa; volver a sus estudios de antropología, sentirse dueña de su tiempo y de su plenitud, sin que “llegue una medusa a picarla en medio de las vacaciones”.
Es que hay algo de morir en vida cuando se está, o se siente, tan estancando, tan en pausa, tan espectador de tu propia vida. Esa parálisis contradice la ambición natural del ser humano de llegar a lo más alto de la pirámide de Maslow: la autorrealización. En otras palabras, se trata de encontrar espacios y momentos de felicidad, de permitir o lograr que los receptores de nuestras neuronas reciban esos neurotransmisores que terminan levantando las esquinas de nuestras comisuras. Esa electroquímica de sentirse vivo está profundamente ligada al movimiento de los proyectos, a la sensación de estar poniendo un pie delante de otro. Y tanto Sofía como Rose – e incluso Ingrid, en su propia vorágine – se perciben detenidas, inmóviles pero inquietas para dejar de estarlo. No lo están soportando más.
Los paisajes, colores cálidos y el clima sofocante que traspasa la pantalla – en perfecta sintonía con el título de la película – nos dan pistas del tono sensorial de esta relación protagonista, que va cocinando un resentimiento a fuego lento. Solo vemos un episodio en la vida de Rose y Sofía, pero ya podemos imaginar la dinámica: probablemente, a lo largo de los años, muchos actos y palabras han generado gotas de densa rabia, frustración, pena que fueron llenando el vaso emocional de Sofía, que hoy comienza a rebalsarse y corroer el vínculo materno. Los vasos se colman, y los vínculos se rompen, incluso en contextos donde el amor se supone incondicional. Y los perros encadenados en techos… bueno, alguien los tiene que soltar.
Ya finalizando, no puedo dejar de mencionar dos cosas: 1) Me encanta el final. No quiero hacer spoilers porque quiero que vean la película, pero sí quiero dejar escrito que estoy totalmente de acuerdo con Rebecca: ya vivimos en un mundo demasiado literal, así que siempre aplaudiré a los artistas que nos permiten elegir en la ambigüedad de su obra. Además, confirma la esencia de silencios e incertidumbres que atraviesa la película. 2) Los chilenos nos llevamos una sorpresa con el soundtrack (no sé si me parece acertado ni entiendo del todo la elección, pero son temazos).
Y bueno, al parecer, la leche que se prepara en esta familia monoparental está tan caliente como el clima de Almería. Quema tanto como la sensación que tiene Sofía al escuchar cada frase humillante de su madre, cada vez que recuerda que no está donde quisiera y que imagina todo lo que le gustaría ser o hacer. La leche caliente aquí no sabe a hogar que cobija, que abriga. La leche caliente aquí quema. Duele. Arde.
[Puedes ver el trailer a continuación, y la película está disponible en MUBI.]













