Stellan Skarsgård se ve igual a mi papá en esta película. Físicamente — no desesperemos. Eso fue lo primero que pensé cuando lo vi aparecer en la casa familiar de los Borg: esa familia que nos robará el corazón para microfracturarlo, agrietarlo, romperlo y luego sostenerlo, abrigarlo, abrazarlo y hacerlo latir en sincronía con el de ellos.
Aclaro lo de físicamente, porque mi papá era el reverso absoluto de Gustav Borg (Stellan Skarsgård). Marcos Salas, mi padre, sorteaba cualquier circunstancia para hacernos sentir su ternura imponente como fuera, dejándonos para siempre esa sensación de superhéroe personal — aunque hace casi trece años que dejamos de vernos por razones de “obsolescencia programada” del cuerpo humano, por usar un eufemismo que no ponga tan nervioso a nadie.
Las hijas de Gustav, en cambio, no evocan ese mismo refugio al hablar de su padre. Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas) lo describen desde la distancia emocional, desde una herida que nunca terminó de cerrar. “Mi padre es una persona muy difícil. (…) No podemos comunicarnos realmente”, dice Nora en una de las primeras líneas que escuchamos en el tráiler de la película.
Pero bueno, ¿de qué va la peli? Sentimental Value es la historia de una familia trizada que se resiste a derrumbarse. Dos hermanas en sus treintas vuelven a enfrentarse con la relación compleja que mantienen con un padre errático y errante. Gustav Borg, es un cineasta reconocido pero emocionalmente torpe, y sus hijas Nora y Agnes, han crecido adaptándose a sus ausencias afectivas. Cuando Gustav intenta reconectar con ellas — especialmente con Nora, con quien mantiene el vínculo más turbulento — a través de un nuevo proyecto cinematográfico, viejas heridas resurgen y obligan a todos a enfrentarse a los silencios y afectos no dichos que han moldeado sus vidas.
Esta película deja muchos temas para conversar una vez terminada. Me cuesta decidir por dónde empezar, de hecho. Pero, en honor al increíble reparto — insisto, TODO el elenco principal nominado a los Premios Óscar; Stellan, además, ya obtuvo el Golden Globe — comenzaré por los personajes y sus vínculos.
Hemos hablado de Gustav, el padre cineasta: narcisista, egoísta, torpe con las palabras, ausente; un hombre con heridas emocionales que sólo parece saber comunicar a través de su arte, su lenguaje audiovisual. Su figura contrasta y choca con la sensibilidad de Nora, quien más resiente la “huida” de su padre. Entre miradas de tormentosa tristeza e impulsivas oraciones cargadas de ira contenida, Nora deja entrever su necesidad de aprobación paterna, de afecto genuino, y el dolor de sentir que su casa dejó de ser un hogar.
“Es muy difícil querer a alguien que tiene tanta rabia.” – Gustav.
“Si somos lo mejor de tu vida, ¿por qué no estabas?” – Nora.
Como espectadores, el entendimiento emocional — y también pragmático — entre este padre y su hija parece cuesta arriba. Sus lenguajes emocionales no concilian, no dialogan, no logran sincronizar. Gustav, a priori, puede parecer majadero con su guion, su película, su obsesión con el cine. Sin embargo, esa es su forma de hablar: su intento de demostrar afecto, de volver visibles emociones que no logra articular en una conversación directa. Nora, en cambio, necesita — o cree necesitar — otra forma de presencia: alguien que esté, que permanezca. Alguien capaz de transformar el afecto en gestos reconocibles, en palabras dichas a tiempo, vínculos que no dependan de la interpretación.
Y en medio de esta disonancia de lenguajes emocionales —de love languages dispares, como dirían las redes sociales— sostener un vínculo se vuelve una tarea monumental. Quererse dentro de una torre de Babel; parece casi imposible. ¿Reconciliarse? Uf. Difícilmente es un proceso que pueda ocurrir sólo entre dos actores.
Es ahí donde el guion incorpora, brillantemente, personajes que funcionan como catalizadores. Primero, Agnes, la hermana mediadora, quien aporta una mirada sensata, teñida de ternura y conciliación, recordándonos que ningún hermano crece con los mismos padres, aunque lleven el mismo nombre y apellido. Y, por otro lado, Rachel Kemp (Elle Fanning), la actriz que protagonizará la película de Gustav, quien entrega momentos de inesperada lucidez y funciona como un espejo emocional que permite revelar las dinámicas familiares que descubrimos a lo largo de la cinta.
Trier, con su cine nórdico que ya empezamos a conocer – y querer -, parece recordarnos que el amor familiar rara vez fracasa por falta de sentimiento, sino por la imposibilidad de traducirlo. Y es que nadie aprende a amar desde cero: heredamos gestos, silencios, formas torpes o luminosas de vincularnos (“everything is our parents, except our parents who are their parents”). En Sentimental Value, ese legado emocional se materializa en la casa de los Borg, una protagonista y espectadora más de la historia, donde la memoria parece adherida a esas paredes testigos de generaciones: silencios, discusiones, gritos, risas, abrazos, vacíos, grietas e incontables huellas que moldean sigilosamente los días de esta familia.
¿Cuánto de nuestro hogar habita en la forma en que aprendemos a amar? ¿Y cuánto de nuestra forma de amar habita en nuestro hogar?
La casa está filmada con una belleza y sensibilidad que trasciende lo meramente escenográfico. La cámara se detiene en sus superficies, en la textura de sus muros y en las marcas que el tiempo ha dejado sobre ellos. No es casual: el director ha señalado que quería mostrar el hogar como un archivo vivo, donde cada rincón sugiere que el pasado no es un recuerdo lejano, sino una presencia que continúa modelando los vínculos del presente.
En ese gesto sutil — junto a otras decisiones narrativas igual de fundamentales (highlight al mónologo del inicio) — Sentimental Value nos permite asomarnos al pasado familiar como una forma de empezar a traducir a sus personajes. Al mostrarnos las capas de historia que preceden a Gustav, la película lo desplaza de su rol de padre para situarlo también como hijo, como heredero de afectos, carencias y lenguajes emocionales que no eligió, pero que inevitablemente reproduce. Esa perspectiva nos invita a mirar a nuestros propios padres — e incluso a nuestros hermanos — entendiendo que, además de ser refugio o herida, también cargan con su propia genealogía emocional, hecha de luces y sombras.
Joachim Trier, esta vez director y co-guionista – muy reconocido, por lo demás (por favor, vean sus otras películas) – declaró que “no quería centrar la película en preguntarnos si es posible la reconciliación, sino mostrar qué nos enseña el tratar de reconciliarnos. (…) Quería explorar cómo podemos estar en paz con nuestras diferencias”. Y, lo lograste, Joachim. No sólo eso, sino que, con una equilibrada cinematografía y guion, pudiste hablarnos de legado familiar, memoria, duelo, infancia, vulnerabilidad humana y expresión emocional a través del arte.
Sentimental Value conmueve desde la reflexión, la empatía, los colores pasteles característicos de Noruega —y de Ikea— y desde la profunda conexión que construye con personajes complejos, introspectivos, queribles y absolutamente inolvidables.
La primera vez me gustó. La segunda, me encantó. Y ahora, mientras escribo sobre ella, sin duda se transforma en una de mis películas favoritas de la temporada — y probablemente, de la vida.
Esta película nos invita a volver a mirar a quienes nos enseñaron — asertiva o torpemente — a querer. A reconocer que, detrás de cada padre, hay un hijo intentando comprender su propia historia. Y mientras veía a Gustav Borg intentar traducirse frente a sus hijas, no pude evitar pensar en esa ternura imponente que marcó mi propia memoria afectiva. Porque hay presencias que siguen enseñándonos a amar incluso cuando ya no están, recordándonos que el amor no siempre consiste en entenderlo todo, sino también en dejar una huella lo suficientemente cálida como para acompañarnos el resto de la vida.
Tratar de entendernos, traducirnos, sincronizar nuestros lenguajes emocionales, nunca dejará de ser uno de los actos más profundos de amor y ternura que podemos ofrecer y recibir. Narrarnos para no perdernos, través del arte, también es parte de esa búsqueda. Y Sentimental Value nos recuerda que, incluso entre ruinas afectivas, ese intento persiste como un gesto profundamente humano. Porque, aun cuando no logramos entendernos del todo, seguimos buscándonos. Como si querernos fuera, en el fondo, nunca dejar de intentarlo.
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Sentimental Value está nominada a nueve Premios Oscar, incluidos: Mejor película, mejor dirección, mejor actriz principal (Renate Reinsve), mejor actriz de reparto x2 (Inga Ibsdotter Lilleaas y Elle Fanning), mejor actor de reparto (Stellan Skarsgård), mejor película internacional, mejor guión original, mejor edición.
Puedes verla en algunos cines y estará disponible en MUBI Latinoamérica desde este Viernes 13 de Febrero.
Aquí está el tráiler.









