En su ópera prima de ficción, el director chileno Juan Pablo Sallato construye un thriller histórico que deja ver su precisión casi quirúrgica, en donde va situando al espectador en el epicentro del golpe militar que transformó Chile el día 11 de septiembre de 1973. Por ello, Hangar rojo nos lleva mucho más allá que a un relato de reconstrucción histórica, que nos pone por primera vez en una mirada de la dictadura chilena que no habíamos visto antes en el cine, enfrentándonos ante lo ético del poder, la obediencia y los dilemas que surgen cuando la lealtad del uniformado se enfrenta con la conciencia.
La cinta estrenada en el Festival Internacional de Cine de Berlín, sigue al capitán Jorge Silva, interpretado de manera magistral por Nicolás Zárate, cuya carrera impecable en la Fuerza Aérea es puesta a prueba cuando recibe la orden de convertir su academia de cadetes en un centro de detención y tortura. Zárate encarna la grieta moral del hombre atrapado entre la obediencia, el deber que le impone el uniforme y el imperativo ético, donde cada uno de sus gestos, cada pausa y cada mirada, contienen la tensión de un individuo forzado a medir su humanidad contra la maquinaria del autoritarismo. Su interpretación muestra una gran habilidad de traspasar la pantalla con su contención, sutileza y magnetismo, capaz de sostener la narrativa sin necesidad de artificios.
La elección de Sallato de rodar en blanco y negro, con la fotografía envolvente de Diego Pequeño, refuerza la atmósfera de opresión y la sensación de tiempo suspendido. Los pasillos y hangares de la base aérea se convierten en laberintos de hormigón, y los espacios íntimos, en escenarios donde la ética y la violencia se cruzan sin necesidad de mostrarla explícitamente. La violencia se percibe detrás de puertas cerradas, en documentos firmados con frialdad y en la tensión contenida de las relaciones humanas.
Sallato y el guionista Luis Emilio Guzmán construyen en 81 minutos un relato que avanza con firmeza, sin exageraciones ni énfasis innecesarios. La evolución de Silva, desde la obediencia automática hasta el cuestionamiento personal, se desarrolla de forma gradual, permitiendo que cada decisión y cada silencio tengan peso propio.
Las imágenes recurrentes del paracaidista en descenso aportan una dimensión simbólica sencilla pero efectiva, evocando libertad y riesgo, en contraste con el encierro institucional que marca la historia de forma poetica.
Hangar rojo me deja con algunas preguntas: ¿hasta dónde llega la responsabilidad personal cuando el sistema exige barbarie? ¿Qué precio tiene la resistencia silenciosa frente a la obediencia? Al situar la cámara tan cerca de Zárate, Sallato transforma la experiencia en un estudio íntimo de la ética bajo presión, un espejo para la conciencia del espectador. ¿Es el personaje un simple mortal o un villano? Porque la cinta es de estas que incomodan y que permanece en la memoria, recordando que incluso en los engranajes más oscuros del poder, un gesto mínimo puede marcar la diferencia.













