Hot Milk (2025), ópera prima de Rebecca Lenkiewicz (guionista de Disobedience, Ida, Colette) tiene como protagonista a Sofía (Emma Mackey; Sex education, Emily), estudiante del trabajo antropológico de Margaret Mead. La madre, Rose, interpretada por Fiona Shaw (Harry Potter, Jane Eyre, Echo Valley, Killing Eve) no puede mover las piernas, siente dolores agudos, está mal todo el tiempo. No hubo un motivo aparente que haya causado la inmovilidad repentina de las piernas de Rose. Al menos ella dice no recordar nada. Se trata de un tipo de parálisis del cuerpo producto de un trauma, uno que ella no acepta haber tenido. Es una madre errática. Ama a su hija pero la asfixia. Se vuelve narcisista e utiliza su propio dolor como forma de control y manipulación sobre Sofía, que está harta, la quiere caminando o muerta.
En el film, Sofía mira Trance and Dance in Bali, un corto documental filmado entre 1930 y 1937 por los antropólogos Mead y Gregory Bateson, que muestra a mujeres completamente en trance, mientras se «apuñalan» (simbólicamente) con dagas y se mueven de un lado a otro. En esta danza ritual, las mujeres representan a las brujas, simbolizando el mal en la tierra, mientras que los dragones son el bien. Y aunque Mead no fue la creadora del concepto del doble vínculo, su colaboración con Bateson fue clave para su formulación. El doble vínculo ocurre cuando una persona recibe dos mensajes contradictorios, creando una situación de opresión y asimetría de poder de la que es muy difícil escapar. Esta dinámica se produce en la comunicación entre dos personas, generalmente en relaciones cercanas (como las familiares, amorosas, etc.), y tiene un profundo impacto en la salud mental.
La película describe una relación densa y claustrofóbica, donde la madre actúa como un parásito emocional, creando un conflicto interno en Sofía, una contradicción del tipo doble vínculo. Es un discurso que suena a “te quiero pero no sabés cómo vivir sin mí”, “te quiero pero ‘nunca fuiste valiente’”, como dice Rose en la película. Sofía no puede más, es como si estuviera atrapada en un trance, como las mujeres de Bali, apuñalándose simbólicamente mientras se pierde a sí misma.
En los sueños, el mar es un lugar a donde ella va a morir sentada en la silla de ruedas de su madre paralítica mientras se hunde desesperadamente. De cualquier manera, durante la vigilia, Sofía va al mar: hace mucho calor en esa playita al sur de España. Ahí también, la madre invade el espacio, la llama constantemente por teléfono, inventa malestares, urgencias impostergables. Ella escapa al agua, el único lugar inalcanzable por Rose. Pero hay medusas y la pican. Ni siquiera ahí consigue liberarse del tedio. Sin embargo, son quemaduras emocionales que, aunque dolorosas, le pertenecen solo a ella. Es un momento de reivindicación personal, de poseer algo que es suyo, aunque, al mismo tiempo, el veneno continúa siendo una forma de control sutil que simboliza a la madre: las medusas la obligan a salir del agua, a volver a la casa.
La película inicia con una frase de Louise Bourgeois: “I have been to hell and back, and let me tell you, it was wonderful (he estado en el infierno y volví, y dejame decirte, fue maravilloso)”. Para quienes no hayan leído el libro (la película es una adaptación del libro homónimo escrito por Deborah Levy), la frase de la creadora de la araña más grande del mundo (a la cual llamó Maman), nos abre una puerta al argumento del film.
Hot Milk es una buena película, bastante desapercibida, con críticas mediocres. No se merece tan poco. Es cierto que se inscribe en la serie de películas que tratan los tan de moda mommy issues, pero lo hace con un tiempo narrativo reflexivo, lindo, sensual. Además, la música se utiliza como contrapunto narrativo: suena “Gracias a la vida” de Violeta Parra mientras la vida de Sofía es el infierno mismo en la tierra.
Otro punto que se presta al debate: a pesar de que la protagonista se encuentra con una chica a caballo (libre, libre) que conquista su corazón, la película no es (solo) una historia de “amor” queer. La chica en cuestión es Ingrid, interpretada por Vicky Krieps (Corsages, Old), una joven polígama traumada como su madre. Hay muchas red flags, la historia se repite: otra narcisista. Queremos que le grite de todo, que la mande lejos. Pero si hay cosas que huelgan son los momentos en donde Sofía externaliza el descontento y la angustia. Eso termina por funcionar, porque cuando Sofía se excede, lo hace del mejor de los modos.
Muy buena ópera prima independiente para Lenkiewicz que ya tiene un carrerón en la dramaturgia y como guionista de grandes películas. Las actuaciones son muy contundentes, acertadas. Importante es destacar la recuperación de Margaret Mead, de la antropología social y la importancia de los estudios culturales.









