Si a un barco le reemplazamos cada tabla, cada clavo y cada vela, ¿sigue siendo el mismo barco? La paradoja del barco de Teseo lleva siglos preguntándonos cuánto puede transformarse algo antes de perder su identidad. La misma pregunta podría aplicarse a La Odisea. Después de casi tres mil años de traducciones, reinterpretaciones y adaptaciones, ¿qué elementos deben permanecer para que el relato siga siendo reconocible? ¿Su argumento, sus personajes, sus símbolos o la imagen de Grecia que cada época ha construido?
Esa habría sido una conversación interesante, pero Internet prefirió enojarse por una Helena de Troya negra.
Quizás la respuesta importa menos de lo que creemos. Cada generación ha leído, traducido y reconstruido el mito desde sus propios códigos, prejuicios y sensibilidades. Porque la historia no es lo que ocurrió, sino lo que se escribió.
Un boicot construido sobre rumores
Desde la publicación de los primeros avances, el casting de La Odisea se transformó en un blanco de críticas. Las redes comenzaron a elucubrar sobre quién interpretaba a quién y, como suele ocurrir cuando la información escasea, la imaginación fue reemplazada rápidamente por la indignación.
La nación del fuego atacó cuando se supo que Lupita Nyong’o interpretaría a Helena de Troya. Poco después comenzó a circular que Elliot Page encarnaría a Aquiles, información falsa que bastó para activar otra oleada de comentarios transfóbicos. Page interpreta realmente a Sinón, el soldado griego utilizado en el engaño del caballo de Troya, personaje procedente principalmente de la Eneida y de otras tradiciones mitológicas. Aquiles ni siquiera era su papel (el weón ni siquiera está)
Para entonces, daba lo mismo. Ya se había anunciado cuan 2014 el hashtag #boicotaLa Odisea. Todo comenzó a podrirse. El problema nunca fue realmente el casting. El problema fue la necesidad de convertir una elección artística en una nueva batalla cultural. Como si no tuviéramos ya suficientes.
Si no lo leyó, aquí se lo dejo: de qué trata La Odisea de Nolan
La película sigue a Odiseo, o Ulises para los panas, rey de Ítaca y estratega decisivo en la caída de Troya. Tras diez años de guerra, emprende el regreso hacia su hogar, donde lo esperan Penélope y su hijo Telémaco. El viaje termina extendiéndose durante otra década debido a tormentas, traiciones y encuentros con criaturas como el cíclope Polifemo, las sirenas, Circe y Calipso.
Matt Damon interpreta a Odiseo; Anne Hathaway, a Penélope; Tom Holland, a Telémaco; Robert Pattinson, a Antínoo; Zendaya, a Atenea; Samantha Morton, a Circe; y Charlize Theron, a Calipso. Lupita Nyong’o asume un doble papel como Helena y Clitemnestra. La película dura 172 minutos y fue escrita, dirigida y producida por Christopher Nolan.
Nolan toma episodios fundamentales del poema y los organiza desde una sensibilidad propia. El resultado conserva el viaje, la espera, la guerra, la culpa y la necesidad de volver. Cambian situaciones, personajes y énfasis. Exactamente lo que ocurre cuando alguien adapta una obra y evita limitarse a ilustrarla.
La historia nunca permaneció intacta
Uno de los argumentos más repetidos contra la película afirmaba que “en el libro no era así”. Una sentencia pronunciada con la seguridad de quien pareciera haber acompañado personalmente a Ulises durante su regreso a Ítaca.
Conviene recordar que La Odisea fue compuesta alrededor de los siglos VIII o VII a. C. y proviene de una tradición oral anterior. Antes de convertirse en el objeto solemne que hoy guardamos en bibliotecas, fue un relato transmitido, interpretado y modificado por distintas voces. La repetición, las fórmulas narrativas y los epítetos que aparecen en el poema están vinculados precisamente con esa circulación oral.
Luego llegaron copistas, traducciones, adaptaciones teatrales, reinterpretaciones literarias, películas, series y versiones escolares. Cada época armó su propio barco con las tablas que tenía disponibles.
Por eso, cuando alguien exige fidelidad absoluta al “original”, la pregunta inevitable es cuál original. ¿El relato oral? ¿La versión fijada por escrito? ¿Una traducción moderna? ¿La edición que leyó en el colegio? ¿La imagen de Grecia fabricada por décadas de cine anglosajón?
La historia cultural que heredamos tampoco constituye una reproducción intacta de lo ocurrido. Es el resultado de aquello que se escribió, se copió, se tradujo y se eligió conservar. Incluso los textos religiosos presentados como inmutables llegan hasta nosotros mediante distintas lenguas, selecciones canónicas e interpretaciones históricas. Pretender que una epopeya mitológica atravesó casi tres mil años sin experimentar cambios políticos, culturales o lingüísticos es una fantasía bastante más improbable que la existencia de un cíclope.
¿Realmente es lo que te molesta? Francamente…
Yo entiendo perfecto que muchas personas se hayan molestado por el diseño de las armaduras y otras yerbas que sí podrían haber despertado más de algún TOC. Ahora bien, decir que porque las armaduras contienen elementos anacrónicos y con eso concluir que la película traiciona la esencia de La Odisea supone un salto lógico considerable. Estamos hablando de una epopeya mitológica habitada por dioses, brujas, sirenas, monstruos marinos, gigantes y personas nacidas de huevos.
¿Qué mierda querían ver? ¿Un documental?
Resulta todavía más curioso que la fiscalización histórica se concentre en la armadura o en el color de piel de Helena, mientras Tom Holland interpreta a un príncipe de la Grecia antigua hablando en inglés norteamericano y utilizando expresiones como “Dad”. Y de eso, no he visto muchos comentarios. El inglés moderno se acepta como convención cinematográfica. La presencia de una actriz negra, en cambio, se convierte súbitamente en una amenaza contra la civilización occidental. Esa diferencia desnuda que la discusión nunca trató realmente sobre precisión histórica.
Lupita Nyong’o y la belleza como declaración política
Sí, Helena no era negra. Tampoco era blanca, al menos en el sentido racial contemporáneo que algunos intentan imponerle. Helena es una figura mitológica, hija de Zeus y de Leda, producto de un encuentro entre ambos. Zeus –cuan furro– adopta la forma de un cisne y, después del hacer el delicioso, Helena nace de un huevo. Otras tradiciones modifican incluso la identidad de su madre y las circunstancias de su nacimiento. La pureza histórica empieza a tambalear bastante antes de llegar al color de piel.
Lo importante en Helena siempre fue su belleza. Aquella capaz de alterar el deseo de los hombres, provocar disputas y convertirse en símbolo de una guerra. Sin embargo, el poema nunca entrega una ficha de casting ni un código Pantone para definirla.
Nolan toma una decisión creativa reconocible. En un reparto mayoritariamente blanco, Lupita Nyong’o modifica inmediatamente el campo visual. Su presencia permite comprender que Helena representa una belleza excepcional, una aparición capaz de interrumpir la normalidad de quienes la observan.
La decisión funciona porque obliga a preguntar qué entendemos por belleza, quién la valida y desde qué tradición la estamos mirando. En ese sentido, la belleza abandona el terreno de la descripción física y adquiere una dimensión política. Nyong’o encarna aquello que el personaje debe producir: atención, fascinación y una adictiva incomodidad.
Ahora bien, no toda crítica contra una elección de casting es racista. Sin embargo, cuando la exigencia de fidelidad aparece principalmente frente a una actriz negra y un actor trans, mientras el resto de las convenciones son aceptadas sin resistencia, el patrón comienza a explicarse solo.
Adivinen cuál es el trabajo de un actor: actuar
La otra polémica fue todavía más bullada. “No puedes poner a un actor trans interpretando a un hombre”, repetían algunos comentarios, como si Elliot Page hubiera sido contratado para representar una especie distinta.
Page es un hombre trans. Sí, pero ¿Les cuento algo? Es actor. Su trabajo es interpretar a personas que no tienen nada que ver con su realidad.
En otras reseñas he defendido a intérpretes heterosexuales y cisgénero cuando asumen personajes de la comunidad LGBT, siempre que el trabajo tenga responsabilidad, comprensión y profundidad. La actuación consiste precisamente en encarnar vidas distintas de la propia. Pedir que cada intérprete comparta todas las características biográficas de su personaje terminaría con buena parte de la historia del cine.
Por cierto, para los que lean esta critica y sean parte de ese boicot pobre que quieren hacer… Elliot Page interpreta a Sinón, no a Aquiles. El personaje opera como una pieza dentro de la estrategia griega, pero Page consigue que esa pieza tenga rostro, cuerpo y dolor. La actuación responde a lo que la película necesita (Como 5 minutos de cinta si se lo están preguntando). Todo lo demás pertenece al prejuicio del espectador.
Cosita linda, cosita bien hecha
Después de mis 25 párrafos de rant… ¿Que qué opino de la película? La película me pareció buena.
No sé qué más quieren que les diga. Es weá es buena.
En términos de producción, increíble. La imagen posee peso. La madera cruje, el viento golpea las velas, el agua empuja los cuerpos y el barro se acumula sobre las armaduras. Los efectos prácticos son un lujo dentro de una industria acostumbrada a llenar pantallas verdes para resolver cualquier problema. El caballo de Troya, las embarcaciones, los incendios y las criaturas se sienten integrados en el espacio.
Matt Damon aparece endurecido y golpeado… pero mamadísimo. Anne Hathaway entrega una Penélope magnífica. Samantha Morton transforma a Circe en una presencia que da susto el resto de los actores hacen muy bien la pega, destacando entre todos a John Leguizamo en su papel de Eumeo. A mi juicio, denle el Oscar ahora ya.
Un bodrio eso sí, es que para verla bien, en plan “Nolan así lo quiso” tenga que hacerse solo en IMAX.
Don Chris, las entradas están más caras que la chucha.
La obra se seguirá reescribiendo, así que dejen de llorar
La Odisea ha sobrevivido porque nunca permaneció inmóvil. Cada generación volvió a contarla desde sus propios miedos, deseos y contradicciones. Nolan hace exactamente eso. Construye una versión física, oscura y monumental sobre el regreso, la culpa y el precio de convertir la guerra en leyenda.
Puede discutirse su duración (porque sí, es más larga que la chucha), sus cambios narrativos, su volumen y su obsesión por el formato. También corresponde analizar el lugar que ocupa dentro de la filmografía de Nolan. Lo que resulta insostenible es exigirle pureza racial e histórica a un mito nacido de la oralidad, protagonizado por hombres perseguidos por dioses y mujeres nacidas de huevos.
El barco de Teseo sigue siendo el barco de Teseo porque alguien reconoce su historia, aunque sus tablas hayan cambiado.
Así que esta, sigue siendo La Odisea.













