Si hay algo que duele más que las constantes alzas en la cuenta de la luz, es un mal final de temporada en una serie que has seguido religiosamente durante años. Hoy, el ejemplo más fresco de esta tragedia griega es The Umbrella Academy, con un final infeliz en su cuarta temporada que dejó a más de alguno con la expresión facial: «What the fuck!»
Personajes sin rumbo y arcos inconclusos
Creo que lo más frustrante de un mal final de temporada, es ver como los personajes que amabas comienzan a autodestruirse lentamente, en un horroroso atentado narrativo contra su propio desarrollo. En un abrir y cerrar de ojos, dejan de ser lo que eran y pasan a actuar de manera inconexa con sus sentimientos iniciales. Ya no los reconocemos. En tan solo 60 minutos pueden arruinar todo el camino que construyeron durante años. ¿Lo peor? A los showrunners no les importa.

The Umbrella Tragedy: Mi rant con spoilers
La evolución de los personajes en esta última temporada fue, cuanto menos, desconcertante. Luther (Tom Hopper), otrora un líder fuerte y respetable, se desmoronó hasta convertirse en una sombra sin dignidad de su antiguo yo. Diego (David Castañeda), por su parte, quedó estancado, vagando sin rumbo ni crecimiento por los episodios. El arco de Viktor (Elliot Page), que prometía una lucha épica contra sus demonios internos, sucumbió ante un guion insípido y carente de profundidad.
Si bien Klaus (Robert Sheehan) y Allison (Emmy Raver-Lampman) lograron mantener cierta integridad en sus personajes, el colmo de los despropósitos fue el forzado romance entre Cinco (Aidan Gallagher) y Lila (Ritu Arya). Esta trama amorosa, injertada artificialmente en los últimos 90 minutos de la serie, no aportó nada sustancial y podría haberse omitido sin afectar en lo más mínimo el desenlace.
Mientras miraba la pantalla, una pregunta recurrente asaltaba mi mente: ¿qué habrán pensado los actores al enfrentarse a este guion? Ver cómo como sus personajes fueron privados de un cierre digno resulta un desaire no solo para el elenco, sino para los fans que hemos invertido tiempo y emociones. La ausencia de una conclusión satisfactoria para esta historia es, sin duda, el mayor fracaso de esta temporada final.

De épicos a efímeros
Hace no tanto tiempo, las series de televisión tenían la costumbre de ofrecer entre 20 y 22 capítulos por temporada. Eso nos daba tiempo para conocer en profundidad a los personajes; amarlos, odiarlos, y luego perdonarlos. Hoy en día, nos dan entre 8 o 9 capítulos por temporada. En el caso de The Umbrella Academy, la última temporada nos dio apenas 6. Game of Thrones hizo lo mismo, y todos sabemos cómo resultó eso. Después de seguir la serie durante ocho años, desde su estreno en 2011 hasta su penoso cierre en 2019, el final nos dejó un sabor amargo, como cuando vas al dentista, como si todo el viaje épico que habíamos vivido no hubiese valido la pena.
Entiendo, 22 capítulos pueden parecer excesivos. Es más digerible y ágil una serie con 10 episodios que con 20, pero ¿por qué reducirlos justo al final? Esta decisión macabra solo deja ver lo poco y nada que realmente le importa a esta gente cerrar bien las historias de sus personajes. Es como si los productores dijeran: «Cerremos esto rápido y comencemos otro proyecto, total, ya nos llenamos los bolsillos».

Se volvió costumbre
Lamentablemente, este tipo de desastres como el de Game of Thrones o The Umbrella Academy, no son son los únicos en salir al baile. Casos como los de Sex Education, How I Met Your Mother, 13 Reasons Why, Lost…aparecieron en mi cabeza mientras escribía esto. Ni hablar de lo decepcionante que fue la segunda parte de la tercera temporada de Bridgerton, donde el «reveal» más esperado de la historia «La identidad secreta de Lady Whistledown» fue elaborado con tan poco cariño que terminó siendo un fiasco.
Sí se puede, señores. Sí se puede
Aún recuerdo cuando terminó Buffy the Vampire Slayer en 2003 (mi serie favorita de la vida). A lo largo de 7 temporadas, con 22 episodios cada una, nos contó una historia coherente y satisfactoria. Hubo temporadas buenas, no tan buenas, y unas que puedo ver mil veces. ¡Y ese final! Un cierre digno para Buffy (Sarah Michelle Gellar), quien al final, terminó compartiendo su poder con una nueva generación de cazadoras, liberándose de la carga que había llevado desde los 15 años.
Lo mismo podemos decir de series como Breaking Bad, que nos dio un final perfectamente calculado y emocionalmente devastador. O incluso (a pesar de las opiniones divididas) Friends, que concluyó de manera satisfactoria 10 años de historia.

¿Quién es responsable?
La verdad, no lo sé. Pero sí, me siento culpable por seguir consumiendo contenidos de empresas que parecen incapaces de aprender: arruinan una buena serie o la cancelan sin previo aviso (te estoy mirando a ti, Netflix), dejándonos a todos en ascuas. A veces, estas frustraciones me dan ganas de cerrar todas mis cuentas de streaming y simplemente dejarlo todo. Pero no sería justo. Porque al hacerlo, me perdería de grandes shows como The Bear o el sorprendente live-action de One Piece.
Señoras, señores, y todo aquel que esté entremedio, hago este alegato para dejar algo en claro: exigir un buen final es nuestro derecho. Porque al final del día, no se trata de vendernos un producto de «entretención». Se trata de invitarnos a formar parte de historias. Historias que se entran en lo más profundo de nuestra vida, que nos acompañan por años. Personajes que se sienten tan reales, que sus problemas se vuelven nuestros problemas.
Un final mal ejecutado no solo deja en el limbo a personajes ficticios; nos arrebata a nosotros, los espectadores, el desenlace que merecemos. Hemos invertido tiempo, emociones y fragmentos de nuestra vida en este viaje. No pedimos milagros, solo respeto por nuestra inversión emocional. Que se esfuercen en crear finales dignos de nuestras expectativas. Porque si lo hacen, seguiremos ahí, fieles y ansiosos, esperando la próxima temporada de sus pinches historias.













