Hace 20 años las identidades sexuales y de género que no fueran normativas eran consideradas aberraciones o enfermedades. Sería una mentira decir que las cosas han cambiado demasiado, pero la sociedad a avanzado lo suficiente como para que importantes sectores de la sociedad defiendan la validez, el respeto, la tolerancia, la aceptación y normalización de lo que es completamente valido, respetable y normal como es el espectro LGBT+. El cine, como uno de los principales retratos de una sociedad al ser un producto cultural, ha tocado la temática LGTB desde sus orígenes. La sexualidad misma es uno de los temas del arte más antiguo y las que son consideradas “diferentes” a la norma tampoco han sido la excepción.

La representación que se le daba a los homosexuales o gente transgénero, en el cine más mainstream, era equiparable a la que se le daba a los negros o asiáticos. Estereotipos que solo buscaban hacer reír al público “normal” a costa de “los desviados”. Naturalmente había una representación positiva, pero siempre era subtexto como el caso de Ben Hur (1959) o El halcón Maltes (1941), ambas películas cuyo protagonista era un icono masculino interpretando a un personaje ambiguamente homosexual. Tenían que hacer en lo oculto lo que todos los demás hacían en público. En el resto de películas que no se reían de los gays estos terminaban muertos, como es el caso de Rebelde sin causa (1956) o La Calumnia (1962). No fue hasta que las ligas de la decencia, los inquisidores de la moral y la policía del pensamiento quedaron en el pasado que se empezó a hablar de homosexualidad, lesbianismo, bisexualidad o identidad transgénero con todas sus letras.

Y llegamos al cine moderno, donde podemos ver personajes LGBT viviendo sus vidas y sus relaciones a plenitud. Desde Filadelfia (1993) a La vida de Adele (2013). De Carol (2015) a Una mujer fantástica (2017). El cine ha representado históricamente a la comunidad LGBT como criminales, enfermos o degenerados: A la caza (1980), El silencio de los corderos (1991), Instinto Básico (1992). El cine actual tiene la responsabilidad de representar este fenómeno con sensatez, sin prejuicios absurdos, retratando no solo las historias de conflicto como Moonlight (2016) sino también las que narran una historia de amor más típica, como Call me by your name (2017). Mostrarle al mundo que la gente LGBT+ es como cualquier otra persona que ama, sufre, crece, se equivoca y acierta. Y mostrarle a la comunidad LGBT+, sobre todo la más joven, que no hay absolutamente nada malo con ellos y con su forma de ser.

Carol (2015) – Todd Haynes
                                                                            Por Daniel Fonseca

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