El Gigante de Hierro: Una película que ahora es una obra de culto dentro de la animación y un director que se enfrentó a cada barrera para llevarla a cabo y una historia que junto a todo ello es una obra sobre el creer en nosotros y el creer en lo que estamos haciendo.

Con la llegada a las pantallas del país del regreso de la familia Parr, en la secuela de Los Increíbles, también vuelve a aparecer el nombre de Brad Bird, director de la primera película de la familia supe heroica, pero también de otro éxito de Pixar Studios, como lo es Ratatoulli. Pero hay una película que siempre marcará un antes y un después tanto en la carrera de Bird –como director-, como también para lo que fueron y han sido las películas animadas. Esta cinta fue sin duda El Gigante de Hierro de 1999, una película adelantada a su época, que quizás fue incomprendida, pero aun así fue un hito dentro de lo que era el género en dicho momento y en lo que se ha ido convirtiendo en estos últimos años. Pero ¿por qué tanto amor hacia aquella historia? ¿por qué siendo el 2018, aun se sigue recordando esa película con algo más que nostalgia?

La historia nos habla de Boggart, un chico simple de la década del 50, un poco incomprendido por sus pares y a veces por su madre, quien forma un lazo especial con un extraño ser de otro planeta. Un gigante metálico que no recuerda nada antes de su llegada a la tierra, por lo mismo el lazo que formará con nuestro protagonista será crucial para que este gigante se convierta en un héroe en vez de una amenaza para la tierra, como piensa el agente Mansley del FBI y antagonista de toda esta historia.

Pero esta cinta, no siempre fue la gran cinta de animación que muchos amamos y que hasta hoy nos sigue emocionando, menos su gestión y realización, como se puede ver en el documental “The Giant Dream”, el cual muestra todas las caídas que sufrieron Brad Bird y su equipo para llevar la historia de este amistoso y metálico gigante a la gran pantalla.

Este material que se incluye en las versiones Blue Ray de El Gigante de Hierro, no sólo nos hace ver lo difícil que era en ese tiempo lograr que una película de animación sea tomada de manera seria por grandes estudios que no fueran Disney, dado que en los noventas, el género animado aún era visto en menos y al parecer sólo Pixar, Disney o Dreamworks eran los únicos estudios que nos podían presentar material animado capaz de llenar salas de cine o captar la atención de diferentes generaciones de espectadores.

Pero, lo que el documental de verdad logra rescatar no son las dificultades ni mucho menos el difícil momento que había al momento de querer vender una película de animación estudios que no sean los antes mencionados, sino que el verdadero corazón detrás de todo este registro recae en como Brad Bird y su equipo aun viendo que todo estaba cuesta arriba,  aun así seguían dándole a este proyecto más alma y corazón cada vez que veían que este se podía derrumbar, porque para ellos El Gigante de Hierro no era una mera película, una película infantil o corte que les permitiera tener un buen pasar económico. Para ellos la cinta era todo en lo que ellos creían y querían creer, un sueño que los hacia volver a ser niños, y como tal con cada tropiezo, se volvían a levantar, casi como si todo esto fuera aprender a andar en bicicleta, con caídas, rodillas raspadas y lágrimas por la impotencia de no poder lograrlo, pero todos con la creencia de que lo iban a lograr.

Si bien el final de este documental termina con el estreno de la cinta, esta aun así se volvía incomprendida para la época, algo que claramente era un disparo al pecho para Brad Bird y todos aquellos animadores, productores y actores de El Gigante de Hierro. Un amargo final para todos aquellos que en el 1999 creyeron en la cinta, pero en retrospectiva podemos ver en como la cinta casi 20 años después se ha convertido en una película de culto dentro del género, una película incluso rupturista dentro de la animación de la época, no por lo cruda o lo sentimental que tiene como trasfondo, sino que por medio de este documental vemos que lo que hace que El Gigante de Hierro, sea la película que es hoy, es ver el coraje y la entrega que todos los involucrados en el proyecto pusieron en él, sacrificando todo para llevarlo a cabo y así simplemente cumplir sus sueños, tal y como en esa escena final en donde nuestro amigo Gigante cumple su sueño y se termina transformando en Superman y sacrificando todo para salvar a la tierra, a su amigo Boggart y a la Tierra entera, casi una alegoría a lo que fue el trabajo de Bird para poder levantar todo este hermoso proyecto.

Este documental como la película hace tan bien verlo de vez en cuando, no sólo para volvernos a ser niños, sino que para que cuando estemos ahí, abajo, con proyectos que sentimos que fallan pese a todo el corazón que le ponemos aun así no logramos levantarnos, por lo mismo, el recordar cómo estos jóvenes animadores con todo en su contra de igual forma lograron llevar a las pantallas una historia que sigue cautivando tanto a nuevos como a los más veteranos espectadores.

                                                                      Por Ricardo Arriagada

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