«Una luz negra»: el cine chileno en clave de susurro y ausencia

Una luz Negra, la película de Alberto Hayden protagonizada por Patricia Rivadeneira y Francisco Pérez-Bannen estrena este 05 de junio.

Hay películas que no necesitan levantar la voz para ser estremecedoras. Una luz negra, dirigida por Alberto Hayden, es una de ellas. Con un gesto mínimo y una mirada que parece susurrar más que afirmar, la cinta se instala en el terreno delicado del duelo, los vínculos familiares fracturados y el espacio invisible donde habitan las preguntas que no supimos hacer.

Hayden, regresa para entregarnos una pieza íntima, emocionalmente silenciosa, pero espiritualmente resonante. En sus 77 minutos, Una luz negra se sumerge en los ritmos del duelo no resuelto, en las heridas abiertas que el tiempo no cerró del todo, y en la posibilidad, o la ilusión, de que alguien más venga a ocupar el lugar de lo perdido.

El punto de partida es tan extraño como plausible en el mundo digital: Josefina (una Patricia Rivadeneira monumental, contenida, luminosa incluso en la oscuridad de su personaje), descubre que un hombre con el mismo nombre que su hijo fallecido aparece en internet. No solo eso: se parece demasiado. Francisco Pérez-Bannen, en una de sus interpretaciones más complejas, encarna a este arquitecto que sin querer queda atrapado en un juego de espejos donde la identidad, la memoria y el anhelo se confunden.

Pero Una luz negra no es un thriller de imposturas ni una historia sobre dobles. Es un drama sobre los vacíos. Sobre los espacios que deja la muerte, pero también la vida, cuando no nos atrevemos a mirar hacia dentro. Hayden no busca grandes revelaciones, sino gestos sutiles, miradas desviadas, habitaciones detenidas en el tiempo. El duelo se vive entre sombras, en lo que no se dice. Y eso, en un país como Chile, adquiere un peso singular.

La dirección de arte de Camila Zurita y la fotografía de Matías Baeza construyen un universo visual de tonos opacos y luz tamizada, donde la atmósfera se vuelve casi otro personaje. No hay color chillón ni artificio. Hay una estética de la contención que evoca, en su forma, el mismo dolor que la historia retrata.

Lo más potente de la película es su ética del silencio. Hayden confía en su audiencia. No subraya, no explica, no conduce de la mano. Deja que sean los personajes , y el espectador, quienes armen el rompecabezas emocional. En tiempos donde el cine tiende a sobre explicar, esta confianza se agradece y se siente radical.

También es notable la ausencia deliberada de ciertas figuras: el padre, por ejemplo, no está. Pero más que una omisión, parece una declaración. El cine chileno ha estado reescribiendo sus estructuras familiares en los últimos años, y Una luz negra se inscribe en esa línea, donde las maternidades se llenan de capas y las paternidades ausentes no son reemplazadas, sino interrogadas.

Hay algo profundamente generoso en esta película. No solo por lo que ofrece, sino por lo que permite: detenerse, mirar hacia atrás sin nostalgia, enfrentar las pérdidas sin moralina, no busca dar lecciones ni decirnos cómo superar el dolor. Una luz negra no propone sanar, sino habitar el duelo. Y en ese gesto hay una forma de belleza rara, incómoda y profundamente humana.

En una cinematografía que a veces teme lo introspectivo, la obra de Hayden se atreve a mirar hacia el abismo sin pretensiones ni grandilocuencias. Solo con verdad.

EN CINES DESDE EL 05 DE JUNIO

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