El director nos transporta a una utopia que parece lejana y con una comedia hilarante, pero Bugonia es una profunda crítica al poder y la destrucción del planeta. La cinta habla sobre nuestra humanidad y del ahora.
Lo nuevo de Yorgos Lanthimos confirma algo más que la vigencia de un estilo y particularidad al filmar, es también su capacidad para articular metáforas incómodas que rozan lo filosófico y lo político. Hay decir que, luego de su última película, ‘Kinds of Kindness’, el director nos vuelve a dar esperanzas de su cine, pero no de la humanidad.
Bugonia es la colmena del poder, sumisión y la falsa cordura. La idea de las abejas no es solo símbolo decorativo, sino la columna vertebral de una crítica feroz enmarcada con estos seres nobles y obedientes, que trabajan sin descanso para sostener una estructura que creen es de ellas, pero nunca les pertenece. La colmena es el sistema, y los humanos son los obreros que le sirven al poder. La metáfora de las abejas atraviesa toda la obra como ese reflejo se sitúa la humanidad: sumisa, silenciosa, atrapada en una colmena dominada por unos pocos.
El director griego expone la paradoja de una democracia que se sostiene como ficción. Lo que se presenta como libertad es, en realidad, sumisión. Y cuando Jesse Plemons encarna al personaje que parece desvariar, Lanthimos nos lanza un espejo inquietante: el “loco” no es aquel que ve la catástrofe, sino el que se atreve a nombrarla y tratar de combatirla. Y aquí entra la genialidad del director al mostrarnos una cinta que también viene cargada con una comedia, donde nos terminamos riendo del absurdo, que somos nosotros mismos. Así funciona nuestra sociedad: se patologiza la lucidez, mientras se normaliza la distracción masiva. Internet, la tecnología y el consumo son las nuevas pantallas que nos entretienen, mientras seguimos financiando, casi con devoción, los sistemas que nos destruyen a nosotros y al planeta.
La fuerza de la película no reside solo en lo que plantea, sino en cómo lo construye. Lanthimos mantiene un estilo reconocible y, al mismo tiempo, renovado en la mano de Robbie Ryan, su colaborador habitual desde The Favourite. La fotografía, con el uso de lentes gran angulares y encuadres que distorsionan los espacios, refuerza la sensación de artificio y opresión. Vuelve al recurso de otra historia en paralelo que nos da indicios del pasado en blanco y negro. La cámara se convierte en un ojo incómodo, que observa a los personajes como si fueran piezas de un mecanismo mayor. La música, inquietante intensifica esa sensación: todo parece parte de un ritual del que no hay escapatoria.

En lo formal, Yorgos no renuncia a su sello, imponiendo un espacio opresivo que reduce a los personajes a piezas de un engranaje. La música en tono disonante, insiste en la condición teatral del mundo que habitan. Lo visual y lo sonoro no funcionan como simple acompañamiento, sino como lenguaje crítico en sí mismo: la cámara y la partitura son también parte de la denuncia.
El elenco funciona como otra prolongación de este universo. Emma Stone, cada vez más musa de Lanthimos, encarna con precisión la paradoja entre fragilidad y crueldad. Quien además a demostrado estar dispuesta a todo al ponerse en las manos del director. Plemons, en cambio, aporta la tensión necesaria: incómodo, magnético, lúcido en su aparente locura. Esa dupla, junto a otros intérpretes recurrentes, refuerza la idea de que Lanthimos ha creado no solo un estilo visual, sino también una compañía actoral que habita su cine como si fuera un mismo mundo en expansión.
Lo fascinante de la película no es solo lo que cuenta, sino cómo desarma nuestra percepción. El director convierte lo absurdo en un método, un humor negro que es al mismo tiempo sátira y tragedia. El espectador ríe, pero con la sensación amarga de estar riéndose de sí mismo. La “utopía” que describe no está tan lejos: somos abejas en una colmena global, obedeciendo, produciendo y creyendo en ficciones que nos arrebatan todo.
Esta es una obra incómoda, incluso reiterativa en sus gestos formales, pero ahí reside su fuerza, en donde la insistencia de un autor que ha hecho de la incomodidad un lenguaje político. Lanthimos no ofrece respuestas ni salidas; ofrece un espejo. Y lo más perturbador es reconocer, en ese reflejo distorsionado, la exactitud de nuestra propia realidad.
La película, brillante en su dirección y sólida en sus actuaciones, confirma que no estamos ante un director complaciente, sino ante uno que busca incomodar. Y lo logra con un estilo que, gracias a Robbie Ryan y a su troupe de actores, ya es inconfundible. Frente a la pantalla, la paradoja es clara: lo que parece absurdo es, quizá, lo más real que veremos en mucho tiempo.













