Kenji Kamiyama, aclamado director de animes como Ghost in the Shell, llega a la pantalla grande con El Señor de los Anillos: La Guerra de los Rohirrim, una película que promete encantar a los fanáticos de la Tierra Media de JRR Tolkien. Esta obra de animación destaca por su epicidad y por ofrecer un reencuentro con el mundo mágico del autor. Sin embargo, ¡ojo!, no todo podía ser perfecto.
Casi 200 años antes de las aventuras de los pequeños hobbits, esta nueva entrega de El Señor de los Anillos narra la historia de la Casa de Helm Hammerhand, rey de Rohan. Todo comienza con una disputa de poder que desemboca en ambición y venganza.
Wulf, señor de los dunlendinos, alista un ejército acorazado con el propósito de vengar la muerte de su padre a manos del rey. Helm, acorralado, se ve obligado a resistir en una poderosa fortaleza que más tarde será conocida como el Abismo de Helm. Su hija, Héra, conocida por su rebeldía, lidera la resistencia junto a su fiel escudera. Ella se enfrenta a Wulf, su amigo de la infancia, en un conflicto donde el amor y la misericordia se ven eclipsados por la ira y el resentimiento.

¡¿Quién no querría ver esta adaptación del mundo de Tolkien en anime?! La película comienza de maravilla: nos adentra históricamente en el relato, acompañado de la música icónica de la saga. Es imposible no sentir esa felicidad que pone los pelos de punta.
Todo marcha bien: nos presentan a los personajes, sus arquetipos y el conflicto. De ahí en adelante, la acción y el desenfreno llenan de dopamina al espectador. La máxima epicidad se logra al presenciar a las criaturas míticas y dantescas de la Tierra Media en estilo anime, evocando películas como La Princesa Mononoke .
A pesar de ello, la trama se ve sutilmente afectada por la distinción entre dos momentos cinematográficos: un antes y un después. Previo a la batalla entre Helm y Wulf, la historia pierde esa chispa que hace palpitar el corazón. Se adentra en aspectos más lógicos y contextuales, alejándose de los momentos bárbaros presenciados anteriormente. Esto genera la sensación de que la trama se desinfla, posiblemente debido al golpe de dopamina que caracteriza la primera mitad de la película.
Esto, sin embargo, no resulta negativo. Es necesario ver esta película por lo que es: una historia que gira en torno a los sentimientos de dos fuerzas opuestas, y que suma nuevos antecedentes a la trilogía original. Sin lugar a dudas, es una obra épica que no te puedes perder. Poder ver a Saruman el Blanco (aunque sea momentáneamente) con la voz original del fallecido Christopher Lee, además de los guiños al mundo de Tolkien y la historia del anillo, enloquecerá a cualquier fanático.













