El arte es un producto socio cultural. Está delimitado por su contexto histórico, y por la naturaleza de su autor, quien plasma su visión de la realidad en consonancia con dicho contexto o como una forma de renegar de él. Es decir, en todos los casos el arte es un resultado de los factores que condicionan la realidad objetiva a la que su autor está expuesto y de su relación con dicha realidad. Steven Spielberg, director judío, tiene La lista de Schindler, una de las películas sobre el Holocausto más íntimas. Spike Lee, criado en la comunidad afroamericana de Brooklyn, uno de los mayores exponentes de nacionalismo negro en el cine americano. Cuando es cine denuncia o que plasma un problema histórico es más fácil de ver. Pero no se limita a ello, podemos ver el catolicismo de Scorsesse, el conservadurismo de la moral clásica americana en el cine de Clint Eastwood, la influencia de occidente en la infancia de Akira Kurosawa y como dicha influencia impregna su filmografía. Podríamos poner más y más ejemplos. Pero al final solo se resume a una palabra, un tema amado y odiado a temas iguales. Todos fingimos pasar del tema, pero cuando se menciona sobre la mesa todos saltan a la garganta del interlocutor: Política.

La teoría de la muerte del autor busca eliminar la presencia de los que conciben los obras para que todos los detalles de su vida y su contexto no manchen nuestra visión de sus obras y nos impidan disfrutar algunas de las mejores obras artísticas de la historia. ¿Debemos de repudiar El Resplandor, de Kubrick porque durante su filmación maltrató a Shelley Duval? ¿Debemos repudiar toda la filmografía de uno de los directores más grandes de todos los tiempos porque era una mala persona capaz de dañar profundamente a sus empleados para obtener lo que quiere? Los ejemplos, testimonios de todo tipo de abusos, sobran en la industria. Roman Polansky, quien no puede volver a Estados Unidos; Kevin Spacey, eliminado de todos sus proyectos actuales y con una carrera acabada; Harvey Wenstein, productor de cientos de películas y vetado de la academia de cine. Casey Affleck. Quentin Tarantino. Louis CK. Brett Rener. Gary Oldman. Christian Slatter. James Toback. Dustin Hoffman. James Franco. Jhonny Depp. Micahel Fassbender.

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Nombres que dan pies a debate. Si bien ningún de ellos ha sido declarado culpable en los juzgados (aún), ninguno de los que terminaron en juicio fue declarado inocente. Y muchos resolvieron sus denuncias usando sus muchos abogados y sus muchos millones. Otros solo se han visto expuestos a acusaciones a través de los medios; algunos los han aceptado (“No me arrepiento de nada”, dijo Slatter), otros las han negado. El resto sigue sin pronunciarse.  Pero sin duda el que más ha dado de hablar a lo largo de los años es Woody Allen.

Supongamos que no nos importa la vida personal de Allen. No nos importa que sea un (presunto) violador y pederasta. Que sea un maltratador y un machista. Matamos al autor, olvidamos su percepción de la realidad y su contexto sociocultural y nos quedamos solo con su obra. ¿Cómo son las películas de Woody Allen? Son famosas. Son divertidas. Son buenas. Dignas de Oscar en dirección y guion. Una apología a la pederastia en Annie Hall. Y llenas de mujeres, pocos directores han plasmado tantas mujeres en la gran pantalla. Mujeres que, como apuntó James Wolcott, “es posible dividir a las mujeres en sus películas en locas menopaúsicas y zorras divertidas”.  Annie Hall. Hannah and Her Sisters. Sleeper. Hombres intelectualmente superiores convierten a una zorra de pueblo apenas capaz de leer bien en intelectuales, poco antes de que ellas los cambien por alguien más. Hombres en posición de poder, perdiéndolo todo frente a una mujer que no se reivindica como una figura libre sino como una “zorra divertida”. No las odiamos, Allen no las odias. Pero si las ve con una obsesión malsana. El cine de Allen es propio de un hombre resentido y acomplejado intelectualmente. Como el mismo declaró: “Las mujeres no estaban interesadas en mí, porque tenía muy poca preparación cultural e intelectual. Solía invitarlas a salir y cuando ellas me decía “Me gustaría ir a escuchar a Andrés Segovia” yo decía “¿quién?” o si decían “¿has leído una novela de Faulkner?” yo contestaba “leo comics”.  Y está plasmado en su cine. Todo ese discurso rancio y machista, más allá de que se haya casado con su hijastra o sido acusado de perseguir menores, podemos ver su “obsesión por las adolescentes” (como lo catalogaron los medios) no en su vida personal, sino en su obra. El autor se resiste a morir.

¿Debe el espectador huir de las obras con un mensaje moralmente cuestionable? ¿Estás bien con financiar las obras de personas que deberían estar en la cárcel y no haciendo películas, escribiendo libros o dibujando comics?  ¿Consumirías los productos artísticos de una persona que te daño de la forma más íntima posible diciendo “Su vida personal no me interesa, me importa su obra”? Si. No. Las respuestas no importan tanto como las razones. Y la industria como los espectadores se han puesto a preguntarse lo mismo en un momento muy necesario. Como es natural, jamás llegaremos a un consenso, pero aun así es importante discutirlo. El arte imita la vida. Matamos a los autores. Metimos sus cadáveres y los cadáveres de sus víctimas bajo el escenario. Lo que importa es la obra. El show debe continuar.

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