“Llévame al cielo” de Carla Guelfenbein: las alas de la juventud

Por Jorge Yacoman

Carla Guelfenbein (Santiago, 1959), narra en esta novela la historia de Emilia Agostini, una adolescente de 17 años que es internada tras la muerte de su padre en un accidente en avión.

Emilia se culpa por esta tragedia y lo único que logra iluminar su vida y entregarle un norte es la relación que va formando con Gabriel en este internado llamado Las Rosas. Esta relación va de la mano con la amistad que él tiene con Gogo, un joven gay que proviene de un barrio pobre y un pasado de drogadicción. A los ojos de Emilia y el resto de los personajes, Gabriel es el muchacho perfecto: guapo e inteligente, lo que a su edad pareciera ser todo lo necesario para un amor perfecto.

Emilia, Gabriel y Gogo pronto hacen planes de escapar del recinto con la obsesión de llegar a Lemuria, un trozo de tierra al cual nadie ha llegado, pero que gracias al don de Gabriel con los números, pueden descifrar las coordenadas para lograrlo.

Los personajes son expuestos principalmente a través de sus diálogos los cuales no logran profundizar o generar matices en ellos, como, por ejemplo, Gogo que entrega siempre frases de libros, lo que no permite escuchar la voz propia del personaje. La misma Emilia tampoco es muy abierta con temas de su familia o cosas que no tengan que ver con su papá o Gabriel. Pero esta falta de profundidad en los personajes se justifica por la búsqueda de identidad de cada uno y por el miedo que tienen a abrirse al resto y generar compromisos debido a que nunca se sabe quién se podría ir del lugar o terminar muerto.

Un día, Gabriel desaparece del internado sin dejar rastros y Emilia emprende una búsqueda que la absorbe minuto a minuto.

Guelfenbein logra mostrar una parte de la juventud actual, ese mundo entre dejar la inocencia y ser adulto donde las emociones son volátiles e intensas. Esta juventud viene desde una mirada más universal a pesar de que la historia se ubica en Santiago, ya que los referentes a los que alude la autora, y el mismo lenguaje de los personajes, no tienen rasgos que permitan hacerlos únicos o alejarlos de estereotipos, pero se podría justificar también con la falta de identidad de los jóvenes.

Hay grandes momentos de mucha sinceridad y crudeza, sobre todo en algunos detalles sobre los síntomas de la depresión de Emilia, y estos se mezclan melosamente con la dulzura de un primer romance que muestra lo ingenuo y frágil de los jóvenes que sólo quieren soñar.

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