Por Jorge Yacoman

John Maxwell Coetzee (1940, Ciudad del Cabo, Sudáfrica), Premio Nobel de Literatura en el 2003, reúne en esta edición (Penguin Random House, 2018), siete cuentos, traducidos del inglés por Elena Marengo. En ellos se presentan distintas perspectivas de personajes que se enfrentan a decisiones difíciles donde la empatía, la dignidad humana y nuestros instintos más animales se yuxtaponen.

Cada uno de estos cuentos es un ángulo distinto de quizás una misma historia donde los personajes giran entorno a Elizabeth Costello, una escritora en sus sesentas que, tras el éxito de sus libros, decide retirarse de la sociedad y reencontrarse con sus instintos más animales.

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El primer cuento es sobre una mujer que en su rutina diaria se ve obligada a ser ladrada ferozmente por un perro que vive en una casa. Ella intenta entender el odio del animal hacia ella, que pese a verse todos los días, no pareciera formarse una familiaridad entre ellos. Ella, por su parte, sabiendo la rigurosidad del animal en ladrarle, no logra controlar su espanto. Es por esto que decide visitar a los dueños del perro con la esperanza de apaciguar esta ira del can guardián.

El segundo relato, titulado “Una historia”, tiene como protagonista a una mujer que le es infiel a su marido y le llama la atención no sentir culpa al respecto. Se siente una mujer plena e incluso una mejor esposa. Así entran en juego varias contradicciones como los celos que se usan para demostrar cariño y preocupación.

En el tercer cuento, “Vanidad”, entra un personaje que podría ser Elizabeth Costello ya que no se indica su nombre —al igual que en el primer relato donde también podría ser ella en su juventud— , pero sí los de sus hijos, John y Helen. Es el día del cumpleaños número sesenta y cinco de Elizabeth. El encuentro gira en gran parte entorno a la nueva apariencia de ella quien se ha teñido el pelo de rubio y luce un nuevo corte. Los hijos creen que este cambio es reflejo de una crisis interna y no le ven un futuro o consecuencias positivas.

En los relatos siguientes, se sitúan distintos diálogos entre los hijos y Elizabeth. Los hijos intentan hacerla entrar en razón y que se interne en un lugar donde puedan hacerse cargo de ella, pero Elizabeth se niega.

Coetzee maneja una narrativa pulcra, precisa, con la que mantiene una cierta objetividad en cada relato y al mismo tiempo entra en sutilezas particulares muy potentes del mundo interno de sus personajes. Coetzee no cae en moralejas fáciles y tampoco entrega respuestas obvias; al contrario, deja que el lector forme su propia reflexión y cuestione las morales impuestas por la sociedad para así quizás desarrollar una sensibilidad propia.

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