Por Jorge Yacoman

La directora y guionista italiana, ganadora del premio Grand Prix en el Festival de Cannes 2014 por su segundo largometraje “Le meraviglie”, presentó “Lazzaro felice” en Cannes 2018 donde ganó como mejor guión.

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“Lazzaro felice” es el relato de un pueblo desde los ojos de Lazzaro (Adriano Tardiolo), un joven campesino que pareciera no reconocer la maldad en las personas, estando siempre a plena disposición de ellas sin importar el peligro o su propia integridad física.

            La película comienza en un tono documental con una atmósfera ambigua, tipo post Segunda Guerra Mundial, mostrando las condiciones precarias en que viven los campesinos bajo las órdenes de sus patrones aristócratas. Los campesinos, sin entenderlo y aceptándolo ciegamente, están atrapados en un sistema de esclavitud que pareciera llevar varias generaciones. Entre medio de las rutinas laborales, las pausas para emborracharse y los momentos para emparejarse, el pueblo es testigo de apariciones extrañas que son parte de su mitología, tales como un supuesto lobo que los acecha por la noche. Pero pronto la simple vida de los campesinos de la villa recibe un giro total cuando Lazzaro forma una amistad con Tancredi (Luca Chikovani), el hijo oveja negra de la familia aristócrata quien lleva al límite la bondad de Lazzaro.

            El constante abuso al que es sometido Lazzaro, expone la normalizada violencia hacia el más débil y sumiso, en especial a aquellos incapaces de defenderse, recordando a las personas con síndrome de down, las que sufren de autismo o alguna incapacidad intelectual o física. Lazzaro es como un ángel, pero no es ningún héroe, no tiene ego, es simplemente pura bondad, y nos muestra cómo eso es aprovechado por otros y visto como una debilidad o ignorancia cuando en realidad es la fuerza que une a las personas desde el amor.

            El largometraje, con una duración de un poco más de dos horas, tiene un ritmo de montaje ligero, pero preciso, cuenta con sólidas actuaciones y una hermosa fotografía a cargo de la francesa Hélène Louvart. Además, fue filmada en Super 16 mm., soporte que le otorga una textura que aumenta la sensación de estar ambientada en una época antigua y evoca las películas del neorrealismo italiano, de Vitorrio de Sica, Ettore Scola o Pier Paolo Pasolini, y con toques del nostálgico surrealismo de Federico Fellini, pero siempre con una mirada y atmósfera única.

Alicia Rohrwacher también tiene un discurso sobre los migrantes proyectado a través de estos campesinos que después migran del campo a la ciudad. La imagen clave de este momento es cuando los campesinos se paran frente a un pequeño río que los separa del mundo, y por un miedo que los paraliza al pensar que el río se los va a tragar, no se atreven a cruzar.

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