Por: Marcelino Cuéllar Castro – Ig, Tw: @marcelinocc16

La más reciente película de Alfonso Cuarón, ‘ROMA’, que termina siendo quizás su obra más personal e íntima tiene la característica me recuerda dos de sus largometrajes más impactantes en toda su carrera; la primera es ‘Y tu mamá también’ (2001) por el tono en el que la cámara es un ojo observador que sigue cada detalle de la vida de unos personajes que en el caso de ‘ROMA’ es la vida de Cleo; la segunda es ‘Children Of Men’ (2006),  principalmente por  las imágenes poderosas que consigue a lo largo del filme -que en definitiva parece buscar una reconciliación con el concepto femenino- pero también por la que me parece es una obsesión de Cuarón por la vida misma.

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En la postapocalítica ‘Children Of Men’, la vida es el milagro que todos necesitan y representa la esperanza en un contexto social desolador; en ‘ROMA’, la vida parece ser no necesaria, ¿Para qué traer a alguien en ese agitado contexto social que no ofrece garantías? ALERTA DE SPOILER: El nacimiento del niño muerto es una imagen poderosa que desagarra hasta el alma al entender que su muerte es producto de una negación, tanto psicológica de la madre, como del contexto mismo.

Para enmarcar este ambiente hay que decir la película narra el drama de una familia clase media entre los años 1970 y 1971 en México, específicamente en el D.F, en una pequeña colonia llamada Roma. El hilo conductor y la atención del argumento apuntará a un personaje, Cleo, una de las empleadas de servicio de la casa que será testigo directo del cambio que vive tanto su país como la familia para quien trabaja.

El argumento, que ha sido el aspecto más criticado, parece más una justificación para pasar directamente al escenario de la emocionalidad del espectador. La composición de las imágenes y el diseño sonoro hacen de la cinta una obra maestra técnicamente hablando, pero para muchos la historia no los conmovió. Esta cinta es como ‘Mother!’ (2017), o la amas o la odias. Bueno, una vez más estoy de lado de los que la aman.

No puedo describir lo que sentí en la sala de cine el 11 de noviembre de 2018 en el estreno exclusivo para Colombia, el síndrome de Stendhal me invadió desde el primer jodido plano, aunque debo confesar que esa vez la vi en un momento emocionalmente muy sensible de mi vida, por eso me conecté.

El blanco y negro, lo triste de las circunstancias y los planos secuencias en muchas ocasiones me recordaron la poderosa cinta del húngaro Béla Tarr ‘El caballo de Turín’ (2011), película que considero la más triste que he visto en mi vida.

En conclusión, pienso que esta es una película por la que no hay que esforzarse a entender el porqué de cada decisión que toma el director para contar esta historia, sino más bien es un filme que está hecho principalmente para agudizar los sentidos; sí, es una cinta -y aquí está su belleza- insoportablemente contemplativa.

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