¿Puede una película, en su propia forma cinética y que altera el tiempo, hablar del intenso remolino de sentimientos y vitalidad que conlleva la pintura? La aparente imposibilidad de ello fue lo que motivó a Julian Schnabel a crear Van Gogh en la puerta de la eternidad. Quería capturar ciertas cosas que a menudo han evitado las películas sobre artistas: la visión de Schnabel de los últimos días de Van Gogh no se asemeja a ninguna otra. Esta historia explora lo que uno siente interiormente en el simple acto de creación, esa magia visceral y abrasadora que desafía todas las palabras y detiene el tiempo, la extenuante fisicalidad de la pintura y la intensidad devocional de la vida del artista, especialmente desde el punto de vista de los pintores.

El resultado es una experiencia cinematográfica caleidoscópica y sorprendente, que se convierte tanto sobre el papel del artista en el mundo, como sobre el hecho de estar vivo y alcanzar lo eterno, como sobre la belleza y la maravilla que Van Gogh dejó, sin saber el gran impacto que causó.

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Schnabel expresa, “El Van Gogh que se ve en la película surge directamente de mi respuesta personal a sus pinturas, no sólo de lo que la gente ha escrito sobre él”.

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