Un joven que decide volver a reencontrarse con su familia, al saber que padece una enfermedad terminal, luego de más de una década sin verlos. Punto de partida para una película que pese a su enredo concreto y quizás ya visto en diversas obras, el joven director Xavier Dolan logra hacer única en diversos aspectos.

Basada en una obra de teatro de Jean-Luc Lagarce, la cinta de producción francesa aborda cómo el regreso de Louis (brillante actuación de Gaspard Ulliel) afecta en cada uno de los que componen su familia, resquebrajando antiguos rencores y haciéndonos entrar en una dinámica donde las demostraciones de cariño se basan en burlas y gritos. La influencia negativa de su violento y directo hermano Antoine (Vincent Cassel), expande una atmósfera depresiva y lúgubre al día a día de esta familia. El director enfatiza en el comportamiento social de este núcleo, por medio de extensas escenas abundantes en diálogos verbales y no verbales, también.

Así, uno de los mayores atributos de la cinta en su totalidad, recaen en la importancia de las imágenes por sobre lo que pudiera entregar el texto, que fue el gran “pero” que le encontraron los críticos a la trama, sobretodo en Cannes, donde no tuvo una buena recepción. Personalmente, creo que el cine de Dolan busca provocar cierto rechazo en el espectador, intrigarlo y ponerlo en aprietos, generar sentimientos encontrados. Si bien extensos, los diversos momentos que marcan el film se tornan dinámicos al fijarse en los sútiles juegos de miradas entre los personajes, la expresión de sus rasgos corporales o incluso, en los suaves movimientos de cámara y diversos recursos fílmicos que los realizadores utilizaron a cabalidad, generando un relato alterno a la trama principal.

Finalmente, la historia que pareciera dirigirse por un camino, toma otro inesperado cuando Antoine, lleno de rencor y queriendo que no se comprometan emocionalmente con Louis, le exige que se vaya de la casa y no vuelva más. Este giro sorpresivo en la crisis de la historia nos acerca a un final que pareciera desalentador, pero que genera un efecto contrario por medio de la forma. La atmósfera del desenlace hace que la despedida parezca esperanzadora y simbólica, como si no fuera más necesario seguir estirando los lazos familiares ante la inminente muerte. Como si el “fin del mundo” al que hace alusión el nombre y el lugar a donde llega el personaje, marcara también la despedida de una vida y una familia de la que nunca se sintió parte.

La escena de la conversación con su madre que termina en un sentido abrazo, da cuenta del deseo inconsciente del personaje por “estar no estando”, cuando se enfatiza en la mirada hacia la ventana y la libertad, una opción por la que siempre ha optado, antes de mantenerse en el particular yugo de su entorno familiar. Y luego de toda la insatisfacción y ansiedad que se siembra durante gran parte de la trama, termina culminando en una sensación que evoca la nostalgia y la calma, con Louis caminando seguro hacia la luz de la muerte.

Por Lucas Villalobos

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