Por Carla Duimovich Nigro

“Proust ha explicado admirablemente por qué no le interesaba un lugar sino cuando volvía a él; por qué no encontraba sabor sino a lo ya visto, a lo experimentado, a lo ya vivido; por qué, en suma, no comenzaba a gustar de las cosas sino a partir del momento en que recomenzaba”. Así emprende Victoria Ocampo la conferencia que pronunció en la Residencia de Señoritas de Madrid, en 1931[i]. Esta insolencia de las casualidades no es tan azarosa, ni tan inocente, puesto que he leído En Harlem (así tituló Victoria Ocampo a su ponencia) previo a mi cita con el relato que bautiza al último libro de Camila Sosa Villada: Soy una tonta por quererte[ii], disponible desde el pasado marzo.

Podrán pensar que soy una torpe al juntar aquí a estas dos mujeres, a estas dos escritoras, en apariencia tan disimiles. Sin embargo, no lo creo así. Victoria, quien transitaba ese primer año de Revista Sur, me contó su llegada a Harlem y al jazz en un año muy complejo a nivel global, cuando el barrio del que queremos hablar tenía poco más de una década de renacimiento; luego, escribiendo más de 90 años después, Camila Sosa Villada me movió a recomenzar a interesarme por Harlem desde otro lugar, como decía Proust, como si efectivamente hubiera sido yo una que volvía a Nueva York.


[i]  En Testimonios primera serie 1920-1934, Ediciones Fundación Sur, Buenos Aires, 1981.

[ii] Soy una tonta por quererte, Tusquets Ediciones, Buenos Aires, 2022.

Lejos de alejarme de la mirada de Victoria (intelectual de alta alcurnia y, a mi parecer, demasiado poco reconocida en nuestro país), Camila la renovó con esa frescura contradictoriamente rancia, con una destreza sin igual, otorgando, dentro de su realidad ficcionada, todo eso que por distancia histórica y otras, Victoria no supo. No supo pero no por no intentarlo, simplemente porque no formaban parte de su geografía.

Cataclismo domesticado y fauna salvaje en peligro de extinción

Victoria Ocampo arriba al Harlem y a Duke Ellington

Estamos en los inicios de la década del 30 y Victoria Ocampo se encuentra en Nueva York con su amigo Waldo Frank (otro escritor notablemente olvidado). Es la primera vez que la más grande de las hermanas Ocampo viaja a los Estados Unidos, en tiempos de (recordemos) grandes depresiones y décadas infames. Esto sucede 24 años antes del momento icónico protagonizado por Rosa Parks en el bus de Montgomery, cuando el conductor le pide “cederle” su asiento a un pasajero blanco y ella se niega; y mucho antes de que Malcolm X y Martin Luther King fueran asesinados de un modo brutal por luchar por la igualdad de derechos entre negros y blancos.

Naturalmente, cuando Ocampo llega a Nueva York ya había leído Uncle Tom’s Cabin de Harriet Beecher Stowe[i], publicada en 1852.  Pero esta es otra historia. Ahora Victoria (la querida votoya de Gabriela Mistral[ii]) se encuentra por primera vez en Manhattan. Después de ir a ver The Green Pastures en el Mansfield Theatre (la primera obra con un elenco negro) y de pasar toda una noche en una iglesia de Harlem, Ocampo descubre la singularidad de aquello que estaba evidenciando: para 1930 el colectivo afroamericano había copado casi todo el barrio, comenzando así un movimiento cultural de emancipación sin precedentes en la historia de los Estados Unidos.

“Mi primera noche de Harlem transcurrió en el Cotton Club, escuchando la orquesta de Duke Ellington, que es el jazz más extraordinario de Nueva York y del mundo entero, que yo sepa”.


[i] Uncle Tom’s Cabin es considerada la primera novela que toca el abolicionismo de la esclavitud y en donde los personajes se escapan de sus “dueños”; pero (según los que saben) se desarrolla con un tono conciliador, aquello que más tarde se llamó “postura conciliadora” entre negros y blancos; una postura que también recayó sobre Victoria a través de las críticas de sus amigos.

[ii] [ii] Así la llamaba afectuosamente Gabriela Mistral a V.O. en su intercambio epistolar.

El Cotton Club vio nacer a Ella Fitzgerald, Nat King Cole, Duke Ellington, Louis Armstrong y Billie Holiday, entre artistas de la época que hacían perder las nociones de la música hasta entonces conocidas, como Lester Young, Miles Davis, Charlie Parker y John Coltrane.

En los comienzos del jazz, en 1918 “(…) Cocteau escribía: nosotros vemos bailar, sobre ese huracán de ritmo y de tambor, una especie de catástrofe domesticada…. Catástrofe o cataclismo domesticado es, ciertamente, la definición que corresponde al jazz de Duke Ellington.  Cada músico es en él -como en todo jazz digno de este nombre- un solista incomparable, y sus dotes de improvisación, de variación, parecen desbordar y hasta amenazar a veces el equilibrio del conjunto. Pero nada de esto sucede. Tal instrumento, que había partido para no sabemos qué vagabundeos, y que parecía retozar, sin cuidarse de sus compañeros, vuelve a caer tranquilamente entre ellos, cuando ya le imaginábamos perdido. La violencia rítmica de Duke Elligton es única. Me haría volver a Nueva York, aunque no fuese más que para sumergirme en ella de nuevo”, afirmaba Victoria Ocampo.

Los fumaderos de Harlem: las porciones de cielo de María

Camila Sosa Villada (escritora cuyo impacto y reconocimiento no creo tener que precisar) llega a Harlem a través de María, su protagonista trava mexicana en Soy una tonta por quererte, su última publicación. El relato está ambientado en 1958, cuando Billie Holiday saca su último disco, Lady in Satin. Con un refinamiento tan actual que desborda, Camila nos lleva a hacer otra lectura de la que ofrece sobre Harlem la Victoria de 1931:

“Los fumaderos han sido siempre una porción de cielo. Allí podías encontrarte con toda una fauna salvaje y siempre en peligro de extinción, no te cruzabas a esa gente ni en la calle ni en los bares de jazz, y mucho menos a la luz del día. Negros, travestis, putas, jotos, hombres sin piernas o sin brazos que volvían de la guerra, enanos, orientales. Te sentías como en casa. Y, de todo lo que pasaba allí, lo mejor era que los blancos eran extranjeros. Por única vez en la vida los blancos se movían con respeto. En los fumaderos no se creían mejores que nadie, como lo hacían el resto del tiempo. (…) Esnobs hubo en todos los tiempos, y aquí también estaban. Los blancos escritores, las actrices de Broadway, algunos políticos iban a Harlem a escuchar jazz. Y se perdían en nuestro infierno sin puntos cardinales, ni cielo, ni suelo.”

Victoria oye la voz redonda de Taylor Gordon entrar por la puerta

“El ascensor paró de repente. No, no estábamos en Ohio. Se abrió una puerta. Tras ella apareció nuestra huésped, sonriente.  Rostro bastante claro, simpático y dulce. Con gran contento mío, una norteamericana rubia que nos acompañaba se adelantó hacia ella y la abrazó. Se conocían desde hace mucho tiempo atrás.

El departamento era muy modesto, pero brillaba de limpieza. Nos sentamos en el salón. Se habló de teatro, de jazz y de literatura negra. Al cabo de un rato sonó el timbre de la puerta y se oyó una voz que saludaba, una de esas voces lisas como una bola de billar y que la garganta parece haber redondeado a su paso. Taylor Gordon[i] entró. Era muy alto, muy negro; su cara se parece a su voz: es redonda. Sus ojos, su boca, su nariz son redondos. (…) Apenas entrado, Gordon cuenta no sé qué historia. Al hacerlo, su risa estalla. Yo no he oído la historia porque miraba a Gordon y escuchaba el sonido de su voz. Pero su risa me hace reír: es contagiosa. Gordon está entero en ella. Se ríe de pie, apoyado en una puerta. Su risa brota de él con tal fuerza que uno se asombra que no derribe los objetos a su alcance. Cuando al fin se calma y se seca los ojos, no puedo menos de decirle: “Prométame usted que volverá a empezar. Es la primera vez en mi vida que oigo reír así”.”

María oye la carcajada de Louis Armstrong y la voz suave de Billie Holiday subir las escaleras

“Una noche fuimos con Ava a un fumadero en la planta alta de una casa en el centro de Harlem. Era la primera vez que lo visitábamos. Estábamos borrachas con bourbon de contrabando (…) Con dificultad carroñábamos una conversación entre dos putas que cotilleaban cerca de nosotras. Una le contaba a la otra cómo le había mordido sin querer el pito a Frank Sinatra y cómo este sin decir aguavá le había dado un bofetón. El chisme se vio interrumpido por un alboroto que subía por la escalera. Pensamos: “es la pinche policía, nos llegó la hora”. Ya saben, no es ninguna novedad lo que sucede cuando la policía arresta a dos chicas como nosotras. Ava brindó conmigo y se tomó un vaso de whisky de un solo tirón.

  • Fue una buena vida contigo, hermana- dijo.

La abracé sin poder decir lo mismo. Yo pensaba que la vida había sido una mierda y que el mundo era una mierda, pero no se lo dije porque no quería arruinar su solemnidad. De pronto oímos la carcajada de alguien cuya voz nos resultó familiar. “Ahora se escuchan los tiros”, pensé, pero no. Se escuchó una voz muy muy cansada, muy suave, como un tintineo de latas herrumbradas que subía por la escalera. Apareció primero Louis Armstrong, el mismísimo Louis Armstrong, señoras y señores, y por detrás, una dama, hay que decirlo así porque no cabe otra palabra, una dama en un vestido blanco de satén bordado con piedrecitas brillantes que encandilaban más que cualquier bulto de negro que anduviera por ahí.

Era Billie Holiday.”

Victoria Ocampo y Sergei Eisenstein oyen los spirituals de Harlem

Luego de que Victoria Ocampo le comentara a Sergei Eisenstein(director del film Acorazado Potemkin) sobre la insistencia de Taylor Gordon para que asista a una iglesia de Harlem a oír al Reverendo X y los spirituals, Eisenstein pide acompañarla:

“Intelectualmente, puedo sobrenadar en esta atmosfera; pero, emocionalmente, me hundo en ella.”, describía Victoria. “Eisenstein me susurra: esto es inaudito. Por nada del mundo hubiera querido perder este espectáculo. Yo me inclino hacia Gordon y le pregunto otra vez: ¿qué va a pasar? él me responde: aguarde y verá.  (…) El negro anuncia ahora que va a hacer cantar algunos spirituals a sus dear brothers. Y de nuevo canta el inmenso coro. (…) En ese momento, mi corazón se aprieta de modo indecible. Experimento un intenso deseo de llorar y levanto la cabeza hacia el techo para que las lágrimas vuelvan a mis ojos y no se derramen en presencia del Soviet. El Soviet está, desde luego, tan paralizado como yo”. Y concluye sobre la música afro-americana: “su forma religiosa, que es el spiritual, y su forma profana, el jazz, tienen entre sí profundas relaciones.”

María escucha cantar a Billie Holiday por primera vez

“Las baladas eran como si salieras a andar en bicicleta por una ciudad vacía, de noche.  Así de suaves. Era como si esos negros nos sostuvieran sobre su música, y me sentía tan liviana, tan imposiblemente liviana que la carne cruzó mi pensamiento y me asqueé, me asqueé de no ser música, no sé si me entienden. No música para tocar algún instrumento, sino ser música, ser una canción al menos, y no una persona. Me puse triste porque tenía un cuerpo, un cuerpo que no me pertenecía. (…) Estaba ahí, con mi cuerpo de hombre, vestida como tal, junto a Mamma Mercy y Ava, que tenía los ojos celestes ahogados de lágrimas, y me sentí triste. Pero su voz… “Cielo, estoy en el cielo”, era como una nueva posibilidad, la de vivir sobre esa música “Cuando bailamos juntos, mejilla con mejilla…”.

Era lo más refinado, más exquisito, más terriblemente único que podía hacerse sobre la tierra ¿La han oído alguna vez? Es música para poner cuando sale el sol, cuando calienta la mañana, cuando la comida está en el fuego,  cuando muere alguien, cuando te acuestas con alguien, cuando lloras por alguien, cuando te vas a dormir, cuando celebras el día de tu santo, cuando celebras tu muerte, cuando viajas, cuando echas de menos a tu madre, cuando tienes hambre, cuando bebes y hasta para dormir, como una canción de cuna.  Y lo supe con todo mi cuerpo que odiaba, pero que amaba también, porque me lo estaba diciendo ahí: “Óyeme, María, nunca más escucharás una música como esta, una verdadera misa negra, nunca, nunca más este momento se repetirá en la historia”.


[i] Gordon fue uno de los principales referentes de lo que se llamó el Renacimiento de Harlem a partir de 1920. Era cantante e intérprete, uno de los más queridos de su tiempo.

Algo de esto último debió sentir Victoria para afirmar: me haría volver a Nueva York, aunque no fuese más que para sumergirme en ella de nuevo. Estas variaciones sobre Harlem, escritas con 90 años de diferencia, tan diversas entre sí y, sin embargo, tan ineludiblemente colmadas de lo mejor del jazz (el más refinado, más exquisito, más terriblemente único que podía hacerse sobre la tierra), terminó por avivar en mí el recomenzar de aquella forma profana que nos lleva a ser música y no personas.

Y, como si las coincidencias fueran pocas, (sin saberlo) estas variaciones se publicarán el día en que Billie Holiday y Victoria Ocampo cumplirían años. Un beso al cielo. Y gracias Camila.

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VíaMundo Películas
FuenteCarla Duimovich Nigro
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