Arctic Monkeys y cómo posponer la búsqueda del alma

AM, la reverencia a The Velvet Underground y las mil y una formas de confirmar que no se está enamorado.

Arctic Monkeys ofrece una complejidad que, a priori, podríamos pasar por alto. La imagen no se agota en incomodidad juvenil, pistas de baile y corazones rotos. Trazamos otro círculo alrededor de cada uno de sus discos y, por lo general más tarde que temprano, nos desayunamos con que nos perdimos un costado de la foto. A veces por mirar de cerca, a veces por mirar de lejos. Según cómo se articule su discografía, un disco podría venir antes que otro. Por historia, por participación del baterista, o por honestidad, podríamos ordenarlos a gusto. Un poco como hacemos con Star Wars.

El orden es un lujo de la interpretación y Arctic Monkeys, que ha hecho gala de la sinceridad metafórica desde el lanzamiento de su disco debut allá en 2006, nos regala, otra vez, la chance de resignificar su música.

AM, editado en 2013, significó la consagración definitiva de la banda en las listas internacionales, y la confirmación de que el conjunto de Sheffield no era otra cosa que la forma musical del acontecer emocional de su compositor, Alex Turner.

Un par de cuestiones sobre la madrugada

AM es un disco lento. Oscurecido, pero no oscuro. Cargado de rock y de algunos de los riffs más pesados de la banda. Abandonamos el imaginario dulzón, arriesgado y metafóricamente maduro de Suck It and See (2011), conforme a que Turner ha roto sus lazos con Alexa Chung, y nos hundimos en un AM nocturno, urbano y rebalsado de sexualidad. Turner ya no graba más serenatas de amor; se ha vuelto una imagen agotada y amanecida de sí mismo. Versión, si se quiere, harto más sincera.

El disco propone una aceptación de la noche como motor retórico y espacial de lo musical y es el álbum con el que asumen el estado de la banda: estrellas de rock en pleno derecho. Ya no se saltan la fila y discuten con el de seguridad; les han preparado una discreta entrada exclusivamente a ellos. Una iluminada únicamente por carteles de neón. Este nuevo enfoque se refleja en ritmos más oscilantes y ralentizados, así como en el ambiente en el que se sitúa la mayoría de las letras del disco; los Arctic Monkeys de “Arabella” están en las antípodas de los de “She´s Thunderstorms” y Alex Turner encuentra constantemente nuevas y creativas formas de confirmarnos de que está lo que sea, menos enamorado.

AM se grabó bajo el histórico sello de la banda, Dominó Records, entre marzo y junio de 2013, en el Sage & Sound Recording de Los Angeles y el Rancho de la Luna, en Joshua Tree, California. Este último estudio es donde se grabaron las doce ediciones de las Desert Sessions; una serie musical fundada en 1997 por Josh Homme, con quien Arctic Monkeys había colaborado durante la grabación de Humbug (2009). La intervención de Homme en el álbum (voces secundarias en “One for the Road” y “Knee Socks”) nutrió la producción del aire cansino y profundo del stoner rock y sirvió para profundizar los matices climáticos y psicodélicos del disco. La visita de Homme venía en carácter de devolución de gentilezas; Turner había colaborado en “If i had a tail”, cuarta pieza de “…Like Clockwork”, el álbum que Queens of the Stone Age había grabado a lo largo de 2012. Más tarde sería el mismo Homme quien mejor definiría el espiritu de AM: “Es un disco muy fresco, sexy para después de medianoche”.

La narrativa del disco

            El álbum bien podría dividirse en dos partes representativas; el antes y el después de la fiesta. La lista de tracks que se extiende desde el génesis hasta la pieza número cinco ilustra las escenas previas, cargadas de sensualidad y cálculo. El lado A del disco explota con el gesto por excelencia de la tensión previa a la tormenta y el grito obvio de “I Want it All” (“lo quiero todo”).

            “No. 1 Party Anthem” y “Mad Sounds”, como en un pase medio, se remiten enteramente al clímax de la nocturnidad y al aspecto cúlmine que propone el disco; lentes de noche, un cigarrillo puertas adentro, los códigos implícitos de la madrugada, cubículos oscuros y monólogos en ebriedad: suspendemos las aspiraciones al desarrollo de personaje y nos sometemos a los himnos de fiesta (“Call off the search for your soul, or put it on hold again”). “Mad Sounds”, canción que abiertamente retoma la esencia despojada de Lou Redd (el disco lleva el nombre “AM” en referencia al disco recopilatorio de ”The Velvet Underground” VU), plantea el punto y aparte de la noche. Nos preguntamos sin pudor si la letra refiere a los ritmos estridentes del bacanal o si se trata de una descarada referencia al acto sexual. Cuando el estribillo, fiel al estilo scat de los sesenta, acaba de difuminarse en un eterno fade-out, ingresamos a la parte final de la noche, el largo declive; la etapa más honesta del álbum.

Las restantes piezas se hunden en la posterioridad de las luces y yacen en los resabios del olor a humo y a adrenalina pasada, en la madrugada tardía. El espíritu está entero en “Why´d you only call me when you´re high?”, una balada rápida y climática que resume los aspectos más insistentes y conformativos de la noche; acompañamos a un Turner ebrio en un ardid casi adolescente, mientras golpea repetidas veces la puerta equivocada. Las últimas dos piezas del álbum (“Knee Socks”, “I Wanna be Yours”) se funden en forma y contenido en escenarios profundamente insinuantes y reúnen el espiritu del segundo gran clímax de la nocturnidad, eso que Alex Turner llama “devoción”. La noche está completa.

La retórica de la noche

La idea del álbum queda expuesta desde la primera pieza, “Do I Wanna Know?”: la madrugada es un espacio distinto al resto, un área más permisiva con el error. El concepto persiste desde su disco debut “Whatever People Say I Am That´s What I´m Not” (2006), pero regresa desde otra perspectiva. No más filas en boliches, no más frío en la vereda. No más corridas en jean. Estas son noches de cuero. El disco propone la preponderancia del presente nocturno que arrastra desde “From the Ritz to the Rubble” (“Last night, what we talked about it made so much sense but now the haze has ascended it don’t make no sense anymore”), pero está escrito desde el conocimiento pleno de la noche. No es un dato menor que tres de los doce tracks se titulen en la forma de una pregunta; la fuerza del disco se sostiene en los ritmos ambiguos de la madrugada.

Nos dejamos moldear por la oscuridad, las sombras contrastadas y los designios caprichosos de la cruzada por el placer; AM hace un uso prodigioso de la lentitud rítmica, de las ligaduras ascendentes, de los coros de Matt Helders y nutre el imaginario juvenil del conjunto, con la experiencia de un quinto disco de estudio. La discografía de la banda se nos reinventa frente a los ojos y acabamos por entender que el orden correcto de escucha no es otro que el que nos pida el oído; asistiendo a las fotos de la nocturnidad, nos queda claro que AM es el colchón musical y retórico que hace de nexo semántico entre el Alex roto de “Humbug” y el enamorado de “Suck It and See”; AM es la consistencia de la inconsistencia y, sabemos, se escucha mejor desde el abrigo de la madrugada.

Comparte esta nota en tus redes

Más Mundo Películas