Por Alejandro Trejo Z

Cristopher Nolan es un nombre en el actual mundo del cine que no deja indiferente a nadie. Cada obra suya se convierte en centro de miradas de espectadores de todo el mundo. Amado por unos, odiado por otros, el director británico consigue ser el epicentro de un continuo debate sobre si realmente es un visionario o un director corriente con visos de grandeza.
Después de revolucionar el mundo del superhéroe alado con la trilogía de The Dark Knight,  luego renovar la arquitectura cinematográfica con Memento e Inception y de descubrirnos nuevos mundos en Interstellar cambia por completo de registro para realizar un ejercicio de claustrofobia cinematográfica en pro de sumergir al espectador en la quintaesencia de la guerra. En el núcleo del conflicto bélico.

Dunkerque nos acerca a la operación Dinamo. Una maniobra de rescate que se llevó a cabo en 1940 para evacuar a 300.000 soldados aliados, ingleses y franceses, que se vieron acorralados en la pequeña población de Dunkerque, situada en la costa norte de Francia separados solo por algunas millas marinas del balneario de Margate en Inglaterra. Desdoblándose por completo de sus anteriores trabajos, Nolan persigue en su última película introducirnos sin previo aviso en el corazón de todo conflicto bélico, en las emociones traumáticas que conllevan las guerras. Dejando de lado el  lenguaje, creyendo que la subjetividad del mismo puede corromper la propia experiencia sensorial que pretende transmitir la cinta, utiliza de la forma más inteligente posible todos los elementos que juegan una partida que realmente nadie gana. En Dunkerque no existen efectos sangrientos ni miembros mutilados volando por el aire,  estamos frente a una tesis sobre el horror…..ese horror que habita en el sonido y en el desgarrador silencio de las bombas,  sobre el miedo, el pánico ancestral que habita en  todo ser humano,  sobre la incertidumbre, la supervivencia, sobre el espacio común entre el heroísmo anónimo y el egoísmo del ser humano.  La historia oficial que nos narran los vencedores se limita a fechas, datos y una visión sesgada de lo que podría haber ocurrido, pero no lo qué vivieron quienes lo presenciaron y formaron parte en carne, sangre, huesos y alma del infierno. Olvidamos el costo emocional que supuso para quién dejó de ser quién realmente era únicamente por poder conservar su vida.

Acompañada por una de las mejores partituras que ha firmado Hans Zimmer en su carrera cinematográfica, Dunkerque   en su visionando nos catapulta hacia la más profunda de las tinieblas. Aquéllas en las que únicamente se puede sentir, pero no encontrar un porqué. Y sería absolutamente inútil hacerlo.” La guerra es irracional”. Y esta película flota y se mueve en las aguas  melancólicas  de dicha afirmación. Estamos ante un continuo espectáculo visual, influido por el impecable trabajo fotográfico de Hoyte Van Hoytema. La cinta, técnica y visualmente, empuja a los abismos de la oscuridad a todos sus protagonistas. Apoyada por una alteración de la línea de tiempo como un concepto aristotélico- lineal, Nolan envuelve su último trabajo en tres ejes-Mar afuera- Aire y Costa estos elementos son los que sostienen la historia con un equilibrio aplastante, demostrando que es la intensidad y la comunión sensorial de esos tres ejes y no los relojes los que realmente determinan la importancia de los actos y de lo ocurrido en esa playa en 1940.  Este filme nos invita y nos desafía a romper la inercia natural del ser humano de imponer palabras y datos duros al relato de lo vivido. Y quizá….quien sabe, ahí es donde erramos. La premisa aquí  consiste en romper los títulos de crédito iníciales con una de las mejores secuencias que el director ha filmado. Y a partir de entonces, es imposible huir. Por mucho que los ojos se cierren, el corazón siente. Y no se puede hacer nada. Dunkerque es una inmersión en el corazón de la propia guerra, en la que no importa a quiénes vimos en el filme, si no ¡!!Qué fue lo que vimos!!!! Un viaje a la profundidad horrorosa de lo desconocido, hacia nuestra bestial capacidad de adaptación en momentos decisivos, un viaje fílmico- mágico e hipnótico en busca  de los límites, una película acerca de la inutilidad del lenguaje como un catalizador de expresión.

Es una experiencia audiovisula sobre un episodio histórico del siglo XX,  en el que se cuestiona todo lo que creíamos saber acerca del horror. Un viaje sin retorno, al corazón de las tinieblas, del que algunos escaparon físicamente, pero su espíritu sin duda quedó en aquélla playa del norte de Francia. Y parte del nuestro también, en la sala de cine.

Comentarios

Comentarios