Film de gran solidez narrativa, dotado de austeridad y profundidad, inicia con una imagen de un mar y las costas sobre las que sus aguas descansan, pobladas de casitas y algunas embarcaciones menores. Un pequeño barco atraviesa las aguas, en su interior dos hermanos y el hijo de uno de ellos felizmente jugueteando sobre la cubierta.

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Ese lugar se corresponde con una pequeña ciudad llamada Manchester, que no es su homónima británica sino que se ubica en el estado de Massachusetts (EE.UU), el cual será el escenario de una pequeña historia (pero no por ello desprovista de cierta complejidad): un tío introvertido y golpeado por el dolor de su pasado (Lee Chandler) regresa de forma abrupta a su ciudad natal, tras la muerte de su hermano mayor Joe, y se entera que por cuestiones testamentarias debe hacerse cargo de su sobrino adolescente(Patrick) y de la administración de sus bienes.

Luego de la presentación inicial referida a la localización de la historia, podemos ver la vida cotidiana de Lee Chandler trabajando de empleado de mantenimiento en unos complejos de departamentos de Boston. Algunas discusiones verbales con una propietaria y las peleas en un bar nos parecen señalar en el  protagonista la presencia de una violencia autocontenida. El viaje de regreso implicara no solo un transporte a través del espacio geográfico sino que también un viaje a través del tiempo. Es de destacar, merced a un excelente uso del montaje,  la superposición de varios sedimentos de pasado, a la manera de”catáfilas de cebolla”, o, si se prefiere, de “capas geológicas”. La desaparición física reciente de su hermano mayor  servirá como un “disparador” que lo llevará de regreso a tiempos pretéritos y adonde se alojan los recuerdos de una situación de pérdida, culpa y dolor.

Uso de espacios con connotaciones simbólicas, como la pequeña habitación donde duerme el protagonista durante su estadía en Boston, la cual nos remitiría a la vida interior donde Lee se refugia para soportar sus tristezas en soledad. Y la no menos importante presencia del mar, constante durante todo el film, y que parece mimetizarse detrás del relato. Según la mitología griega, la laguna Estigia separaba el reino de la vida del reino del inframundo y un barquero llamado Caronte era el encargado de llevar las almas de los muertos hacia el más allá gobernado por Hades.  No parecería ser menor esta asociación propuesta, sobre todo si se tienen en cuenta los dos hechos trágicos del relato, uno de ellos múltiple, y sin mencionar las ideas suicidas que, latentes, alguna vez sobrevolaron  la mente de nuestro protagonista. Un cadáver que espera sepultura, la presencia de un cementerio, y la aparición de las hijas perdidas de Lee en sus sueños  ayudan a consolidar esta asociación sombría.

Construcción lenta y delicada del relato, de los sucesos que lo constituyen, de los personajes que lo habitan. Focalización en lo cotidiano, en los pequeños detalles, y  en los sucesos trágicos y perturbantes que forman parte, también, de lo que es posible encontrar en el camino de la vida.

Destacada interpretación de Casey Affleck (Lee), sobre todo a la hora de expresar, por intermedio de su personaje, dolorosas emociones a través de la gestualidad, detalles posturales, miradas, que muchas veces son más potentes que las palabras.

Sutil y sobresaliente banda de sonido, en especial las composiciones realizadas por Lesley Barber que abren y cierran la película, ayudando a configurar una atmósfera melancólica y de búsqueda de redención. Entre ambas, la música clásica barroca que acompaña los momentos sombríos y angustiantes se impone a otros estilos que también hacen su aparición.

El sufrimiento por la pérdida de seres queridos, la tristeza que se hace muchas veces insoportable porque la muerte golpea, no en alguna parte tolerable del cuerpo sino a nivel mental o psíquico y que desde allí llega hasta lo más profundo del alma, se hace presente en la temática de esta película. Y por sobre todo, el cómo se hace para seguir adelante luego de una tragedia.

A lo mejor, parece querer expresarnos el film,  reconocer el dolor que se padece y ” alejarse” del evento traumático es un primer paso. Y saber aceptar, también, que no hay soluciones mágicas para lo irreparable,  que el dolor por la pérdida de seres queridos “cicatriza”, en el mejor de los casos, conforme pase el tiempo o quizá nunca y que, en esa suerte, debemos aprender a vivir con ello. En el mientras tanto, sólo nos queda seguir hacia adelante y saber aceptar que las tristezas como las alegrías suelen formar parte del proceso de la vida, casi de la misma forma que el mar de Manchester, cuasi “laguna Estigia”, se nos presenta indisolublemente ligado al paisaje costero de esa pequeña ciudad.

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