Por Tomás Pelaia

Hay un círculo de cosas maravillosas, de búsquedas auténticas, que acaba por conectar mundos a priori tan dispares, que cabría imaginarlos ajenos: un joven llamado Chris McCandless (Alexander Supertramp) emprende, en 1990, una travesía personal que lo lleva hasta el que sería el lugar de su muerte, Fairbanks, Alaska. En 1995, Jon Krakauer publica “Into the Wild”, un libro que reconstruye el viaje de McCandless a través de sus diarios e investigaciones. Diez años más tarde, Sean Penn comienza a escribir un guión basado en la obra de Krakauer y convoca al vocalista de Pearl Jam para realizar la banda sonora del filme. Sin saberlo, Chris McCandless, allá a principios de los noventa, ha iniciado un movimiento que lo sostiene como bandera y, el 17 de septiembre de 2007, Eddie Vedder lanza el soundtrack original de “Into the Wild”, su primer disco solista.

El mensaje en lo visual

La primera toma vaticina mucho de lo que se verá en la película y, de alguna manera, es la forma misma de un comienzo; al igual que en el libro, Chris McCandless se planta al costado de un camino blanco. Una camioneta lo abandona y lo deja a solas con la inmensidad. Delante de él se abre la tundra alaskeña, la última parada de su travesía y el inicio de la nuestra. Mientras, Eddie Vedder tararea “Garanteed” y no nos cabe duda alguna que no seremos inmunes al viaje.

McCandless, un joven californiano de familia adinerada, acaba de graduarse. Dona sus ahorros, destruye sus credenciales, y se lanza hacia la ruta en una empresa que podría resultar, cuanto menos, inmoderada. Pero no han pasado cinco minutos de película y se nos aclara a qué va toda esta teatralidad: “Dos años él camina la tierra. Sin teléfono. Sin pileta. Sin mascotas. Sin cigarrillos.”, dice el joven mientras observa con la vista empapada una manada de renos que lo rodea. La montaña encuadra la escena y el aire está cargado de vapor y vida. Asistimos a algo grande. El ser humano contemplando la verdadera libertad.

Es esa un poco la mecánica estética de la película; la resignificación absoluta de las cosas que suelen componer aquello por lo que vivimos. Buscamos tan inconscientemente el celular con las manos al despertarnos, que no podemos recordar qué hacíamos antes de que Nokia lanzara el 1100 con viborita. Nos incomodan hoy cosas por las que no sentíamos necesidad alguna diez años atrás. El filme, en la acción concreta y verdadera del personaje, encuentra la forma de desnaturalizar al espectador: McCandless tenía una particular relación con el poeta y filósofo Henry David Thoreau, quien también se había opuesto a muchos de los mandatos preestablecidos por la sociedad y que, también, se había desterrado a la naturaleza (experiencia que quedó retratada en “Walden”, 1854). Mucha de esa admiración se percibe en las citas de sus diarios y en su carácter político a lo largo de la película. Thoreau marcaba que mucha gente confundía la auténtica verdad con la conveniencia coherente y McCandless puso el cuerpo entero en la tarea de buscar la autenticidad.

La maravillosa musicalidad de Eddie Vedder

Tanto el libro como la película despegan en direcciones narrativas distintas. Por la propia naturaleza del formato literario, el climax del libro se da en la llegada de los padres de McCandless al sitio en el que el joven pasó sus últimos días. Por otro lado, el filme se centra más en la construcción humana y en los contactos que tuvo el personaje durante sus viajes; para el formato cinematográfico sería imposible terminar donde lo hace el libro porque lo que en papel significa un reencuentro, se trasforma en la visualización de la ausencia en el paso al celuloide.

Pero, ¿cómo entra la música en esto? Pues en todos lados. La música va mesclada en la narrativa: las palabras de Eddie Vedder, como motivadas por el imaginario de McCandless, acceden a las acciones mismas de la película.

La banda sonora está apoyada en la voz de Vedder, sensible como siempre, pero con una sutileza que nunca hubiéramos imaginado escuchando “Porch”, “Animal” o “Spin the Black Circle”. ¿Quién diría que aquel niño desquiciado que se colgaba de las estructuras del escenario a veinte metros de altura y se lanzaba al público en el Pinkpop de 1992 podía sacudir sensaciones con tal delicadeza? La obra entera no tiene desperdicio y recorre la paleta emocional del filme. “No Ceiling” narra el inicio de una travesía, “Rise” se erige como la ópera de autodescubrimiento definitiva. “Toulumne” es instrumentalmente perfecta, “Society” acusadora y enredada, y “Hard Sun” se construye como un réquiem: suena tanto al inicio del viaje como al final de la película.

Noticias, finales y comienzos

La realidad es cruda. Los estudios confirmaron que McCandless se había intoxicado, no por una irresponsabilidad, como quiso durante años señalarse, sino por una desafortunada coincidencia botánica; el caso tuvo una cobertura periodística despiadada y, a McCandless, que se había confundido entre dos raíces que se veían exactamente iguales, salieron a criticarlo personas a la que, en la comodidad neoyorquina, se les pasaba el arroz.

El final de la película nos arranca el pecho, y mientras asistimos a los latidos finales del personaje, se aceleran los nuestros. Pero hay algo más. El periplo de McCandless no ha sido en vano y arroja algunas cuestiones para repensar; el viaje ha sido hacia afuera, pero también hacia adentro. Según marcan las últimas entradas del diario, se había amigado con su nombre y había descartado el apodo “Alexander Supertramp”; en la vuelta larga de la búsqueda del ser, se reencontraba en su totalidad. Es por eso que el final, si bien una tragedia, no es triste. Es por eso que McCandless muere con una media sonrisa; porque comprende lo que el libro nos ha dicho algunas páginas atrás: “la felicidad es real sólo cuando es compartida”.

La cámara abandona el colectivo 142 y en el aire comienza a sonar “Hard Sun”, el corte más conocido de la banda sonora. He aquí la magia del cine: lloramos ficciones imposibles. Sí. Pero nos pega de cerca McCandless. Y no sólo porque es real, sino porque, entre la magia de Krakauer, Penn y Vedder, nosotros somos un poco él.

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