Misa de Medianoche (Midnight Mass) es una miniserie de terror dirigida por el norteamericano Mike Flanagan y estrenada en la plataforma Netflix el 24 de septiembre último. El ciclo cuenta con siete episodios de aproximadamente una hora y narra la historia de Crockett Island, un pueblo en el que, tras la llegada de un nuevo cura, comienzan a ocurrir extraños sucesos. Está protagonizada por Kate Siegel, Zach Gilford y Hamish Linklater y contó con la participación de Carla Gugino y Henry Thomas.

La serie se centra en un grupo de personajes que forma parte de la comunidad local y que, por distintas cuestiones, vuelve a coincidir en la isla. El panorama costero y descuidado de un pueblo pesquero en decadencia se potencia en el enfoque del impacto religioso que tiene la llegada del padre Paul a una comunidad aletargada y profundamente creyente. El espíritu de la serie queda explicitado en una pregunta formulada por el mismo Flanagan en una entrevista “¿Entonces, si estamos bebiendo sangre y comiendo carne para vivir para siempre, ¿no somos vampiros?”.

El poder de Misa de Medianoche reside en el imaginario sobe el que se construye: el más utilizado de la historia, el religioso. El ambiente eclesiástico es marco suficiente como para empezar a construir una trama simple pero atrapante. Las visuales de una pequeña capilla isleña espesan el clima inmediatamente y es ahí donde habita parte de la maestría del director; el trabajo duro lo hace el espectador. En el desglose del material a través del foco religioso. El panorama austero de Crockett, insular y en franco abandono, y la sugerencia de extrañas apariciones, se vuelcan hacia un contexto mucho más ominoso en cuanto se las encuadra en el seno de una comunidad profundamente religiosa. Las bondades del tópico, a nivel narrativo, residen en que el marco religioso provee de un ambiente, un corpus metodológico y una retórica particular que permiten desarrollar la trama en variadas direcciones, a la vez que se nutren de la verosimilitud intrínseca del mundo sacerdotal.

Es en el cruce contradictorio, y bien logrado, entre vampirismo y ángeles, entre lo sagrado y lo profano, que la serie encuentra su punto más fuerte. El tópico cristiano encuentra sus elementos más pregnantes en la trasgresión de sus propias reglas. Es por eso que no podemos imaginarnos un lugar más sacrílego que una iglesia maldita; porque asistimos a la destrucción de principio más básico de la presencia concreta dios en el concreto físico. El reemplazo de un poder divino por uno más poderoso y malévolo, implica la presencia de un mal en el preciso lugar donde no debería haberlo. La violación de la última de las seguridades cristianas, la del terreno bendecido por dios. Haciendo un poco de memoria noventosa, podemos recordar el célebre slasher “Scream”: nada más terrorífico que el llamado de un psicópata asesino. Nada, salvo quizás que la llamada provenga de la casa.

Flanagan es capaz de incitar a la ansiedad a través de planos largos y vacíos, contemplaciones eternas y charlas extensas y forzadas cargadas de existencialismo, porque está respaldado por el tópico de la cristiandad, que se apoya, a su vez, en el poder de la palabra: lo importante no se explicita y lo que se explicita, queda conjurado. Es por eso que, si bien excesivamente dilatados y por momentos algo artificiales, no hay diálogos de más en la serie.

Sobra decir que el estilo de Flanagan queda plasmado en las visuales y en la trama. Tanto en las elecciones estéticas, como en la administración a cuentagotas de los ritmos, puede verse el enfoque particular de un director que se ha ido haciendo un nombre en el género del terror actual. A su vez, ha repetido elenco desde el lanzamiento de “Hush” (protagonizada por Kate Siegel y estrenada en 2016), hasta el punto de construir en Henry Thomas (Ouija: Origin of Evil, Gerald’s Game, Doctor Sleep, The Haunting of Hill House, The Haunting of Bly Manor) un actor fetiche.

La historia se dosifica en misterios que deliberadamente parecieran inconexos y se construyen en un cierre lógico, dentro de la retórica religiosa, y algo tenso en cuanto a lo práctico. La mecánica de la serie, con un grupo reducido de personajes a los cuales podemos acceder en profundidad y quedan involuntariamente involucrados con los sucesos (y entre sí), recuerda a la forma lúdica de un juego de rol, en la que la acción de los personajes, en un ambiente preciso y aislado, puede tener consecuencias serias para la humanidad. Lo que inicialmente se nos figura como un viaje de redención, cambia rápidamente a una historia de horror. Posteriormente, con la llegada de la misa de medianoche, a una historia de supervivencia, para finalmente, volverse una historia de contención y sacrificio. Es esta una de las características más notables del director: a pesar de que el paso de una trama a la otra pueda llegar a resultar algo sinuoso, el efecto y la movilidad narrativa están bien logradas.

La serie, sin pertenecer a los mitos, toma el ambiente comunitario costero de las historias lovecraftianas y se nutre del universo vampírico y religioso en una excelente mixtura. Como si fuera poco, no abusa de los jumpsacares, sino que se apoya en un ambiente constantemente tenso y toma influencias estéticas y narrativas que le otorgan a la trama una oscuridad sin precedentes para el director (como es el caso de la masacre de Jonestown sucedida en 1978).

Midnight Mass es una miniserie para disfrutar enteramente sumido en el misterio. Sus puntos más altos, si bien suelen llegar dosificados, están al final del capítulo cinco y sobre el episodio número seis, que empiezan a marcar el cierre de la trama. Es, sin duda, una opción imperdible y otro acierto más del director estadounidense, después del éxito de Hill House y Bly Manor.

Por Tomás Pelaia

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VíaMundo Películas
FuenteTomás Pelaia
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