Franz Kafka subrayado por Kubrick

Durante su filmografía, tanto frente como detrás de cámaras, Kubrick logró plasmar una visión cínica e incluso misántropa de la vida. No hay una visión maniquea en su obra, no se trata de buenos contra malos (a excepción de sus filmes del género épico como Espartaco o Senderos de Gloria), está exento de emociones y libra las novelas que adaptaba de toda forma de mensaje positivo o redención para sus personajes. Abandona las convenciones de la narrativa para subrayar su visión del mundo; ya no de bien contra mal sino del hombre contra su entorno, el hombre contra la máquina, el hombre contra la sociedad, el hombre contra sí mismo, el hombre contra el hombre y, al final, el hombre contra su propia naturaleza. Pocas películas abarcan todos estos temas como la Naranja Mecánica.

A medio camino entre la comedia negra y la ciencia ficción, La Naranja Mecánica es una novela escrita por Anthony Burgess, considerada heredera de la tradición de las novelas distópicas como Farenheint 451, 1984 o Un mundo feliz. El nombre viene de una expresión cockney (de los barrios bajos del este de Londres), «As queer as a clockwork orange» que se puede traducir como “Tan raro como una naranja mecánica”. Además de ser un juego de palabra con “orang” palabra malaya que significa “persona/hombre”, así que vendría siendo “El hombre mecánico”.

La adaptación de Kubrick fracasó a todo nivel posible, salvo al nivel cinematográfico. Amparado en la teatralidad de McDowall, salteando las líneas de la comedia y llegando hasta el musical, con su tendencia natural al preciosismo y sus planos perfectamente simétricos el director logra convertir la repulsión que personajes tan despreciables causarían en belleza. Kubrick llega a lograr que el espectador disfrute la escena de una violación, como el mismo señaló en una entrevista: «diría que el tipo de violencia que puede provocar ciertos impulsos es la “divertida” […] Violencia irreal, violencia saneada, violencia presentada como una broma»

En vez de lograr un distanciamiento con el espectador con su tono apolítico, la sobre estilización del vandalismo y la violencia consiguen que espectar dichos actos no sea ya solo entretenido, sino que divertido. Y que este vea a los drugos no como unos malechores despreciables sino como una suerte de antihéroes. El proceso de convertir artificialmente a Alex en un buen ciudadano se ve como el peor de los castigos y el “Por fin me había curado”, mientras ve a la cámara en close up con una mirada maligna como un final catártico (contrario al final de la novela en que Alex, voluntariamente, decide ser una persona decente).

La prueba más clara de su fracaso, este error de cálculo –conceptual, mas no estético– es el entusiasmo que la cinta despertó entre grupos de vándalos ingleses, que encontraron en ella una suerte de motivación suplementaria. Kubrick, contrariado de lo que su película había logrado decidió retirarla de los cines en una de las mayores autocriticas de la historia del cine.

Burgess, quien había escrito la novela inspirado en la vez que marines estadounidenses violaron y golpearon a su esposa embarazada provocándole un aborto (escena que está representada en la película y el libro), vio cómo su obra sobre la maldad y redención se convertía en una oda a la violencia.

¿La conclusión de Kubrick? una reflexión lúcida sobre la condición cruenta y destructiva del hombre, en la que no hay lugar para la salvación.

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