Stanley Kubrick es uno de mis directores favoritos. Soy capaz de perderme en su obsesión por el detalle. En su tendencia a lo preciosista. En sus planos simétricos y su estilo que se bambolea entre lo pausado y sutil y lo ruidoso y frenético.  Kubrick era un fotógrafo. Y dirigía sus películas como todo buen fotógrafo. Pero contaba sus historias como un genio. Para bien o para mal. No es ningún misterio que a la hora de adaptar novelas trabajara con los escritores y estos terminaran despreciando la película.  Pasó con El Resplandor y Stephen King. Paso con Lolita y Vladmir Nabokov. Pasó con La naranja mecánica y Anthony Burgess. No así con Arthur C. Clarke y una de las películas más grandes, influyentes e innovadoras de la historia: 2001: Odisea en el Espacio.

Poner en duda su valor es pecado. Propia de catetos incapaces de entender la película como la apoteosis del séptimo arte que es. Naturalmente, nadie entiende Odisea en el Espacio. Se ha teorizado su significado durante 60 años y aunque se ha llegado a un consenso sobre el tema, es gracias a miles de espectadores pensando y no al razonamiento de uno solo luego de ver la película por primera vez. Sin embargo, si dices “No me gustó Odisea en el Espacio” te llueven insultos o el típico comentario condescendiente de “No la entendiste” de alguien que al terminar de verla por primera vez corrió a Google y tecleó “Significado de Odisea en el Espacio”.  Eso antes de mandarte a ver Rápido y Furioso o Transformers. Es un pecado cinéfilo no apreciar la sutiliza intelectual de está obra; no entender sus referencias sci-fi más duras, su comentarios filosóficos o teológicos y bostezar durante los largos vals intergalácticos con música de Strauss. O al menos hacerlo en voz alta.

Sin embargo, si le preguntas a dichas personas qué es lo que hace a esta obra maestra una obra maestra nunca pueden señalar nada más allá de “Es innovadora, revolucionaria, es de culto y una obra maestra”. Incapaces de reflexionar sobre su uso del lenguaje cinematográfico y la calidad en su técnica. Que, desde el punto del vista técnico, es impecable. Con una de las bandas sonoras más apropiadas, un diseño sonoro totalmente inmersivo y sobrecogedor y una fotografía absolutamente impactante. La obsesión por el detalle de Kubrick está más que presente y nos regala planos impactantes. Pero en su aspecto narrativo, 2001 se vuelve más espinosa. Como dijo Renata Adler para su critica al New York Times un día después de su estreno, la película está tan completamente absorta en sus propios problemas, su uso del color y del espacio, su fanática devoción por los detalles de ciencia ficción, que está en algún lugar entre hipnótico e inmensamente aburrido.

En el limbo del perfeccionismo técnico, la historia de Odisea en el Espacio es obtusa. No compleja o profunda, pues desarrolla los mismos temas que la ciencia ficción más occidental había narrado por años. Esconde estos temas en una maraña de referencias y metáforas que nadie, sin el conocimiento adecuado en ciencia ficción de principios del siglo XX podría entender. Una historia dislocada y ortopédica, que salta por capítulos sin englobar en ellos su tema central. Esta particularidad instó al soviético, Andreí Tarkovsky a crear su propia odisea espacial, alejando de lo que consideraba la pedantería hollywoodense y la falsedad que había vendido Kubrick con la mítica Solaris, considerada la mejor película europea de Ciencia Ficción y, según los medios de la época “2001: Odisea en el espacio es falsa en muchos puntos, incluso para los especialistas. Para que surja una verdadera obra de arte, la falsedad debe ser eliminada”.

Es, pues, una película tremendamente interesante. Bella. Aburrida. Complicada. Necesaria. Brillante. Larga. Revolucionaria. Magistral. Cualquiera de esos adjetivos define bien 2001: Odisea en el espacio. Pero esta película es más que la suma de sus partes. Trasciende tantos sus errores como sus aciertos para convertirse en una experiencia religiosa. Un evento referencial para los amantes del séptimo arte. No ha vuelto a haber otra película tan impactante como 2001. Su viaje, su música, sus colores, su misterio. Incluso sin ser perfecta, nada es más impactante que en Júpiter y más allá la nada se revele ante sí misma.

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