Al recibir su Oscar honorario, el maestro Akira Kurosawa comentó que había muchas cosas que no sabía sobre el cine y que se esmeraría por hacer mejores películas. Kurosawa es uno de los directores más influyentes del cine americano y el cine occidental. Y luego tenemos a Nolan.

Me gustan Cristopher y Jonathan Nolan. Me atrevería a decir que es uno de los mejores directores de blockbuster modernos. Pocos son tan capaces de reunir a las masas tanto en las salas de cine como en los foros de debate. Sus películas, muy buenas todas, son entretenidas e impactantes. Logran dejarnos un buen sabor de boca al terminar. Sentimos que hicimos nuestro tiempo valer y que va a ser difícil olvidar lo que acabamos de ver: Buen cine.

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Pero.

Al final de El caballero de la noche asciende, John Blake va a recoger un paquete que le dejó Bruce Wayne. La asistente le dice que no hay nada a ese nombre. Blake responde que use su nombre legal. Entonces la asistente profiere un dialogo que sirve de ejemplo para demostrar todos los vicios de los hermanos Nolan:

“Deberías usar el nombre completo, me gusta más. Robin”

Para empezar, es un dialogo metido con calzador, no tiene sentido que los personajes en esa escena se comporten de la manera en la que lo hacen. Y se llama Robin. No Dick Grayson, no Tim Drake (que tendría sentido). Se llama directamente Robin porque Nolan no quiere que se pierda nadie la referencia. No cree que el espectador sea capaz de conectar los hilos, lo dispara a su cara.

Su filmografía está llena de estos ejemplos. Diálogos y escenas que no tienen sentido y solo están ahí no por una coherencia narrativa sino porque el director y guionista dejan ver su mano con el fin de que el acontecimiento se desarrolle porque sí, porque un hechicero lo hizo.

En Interestelar Cooper es un ingeniero de la NASA que no sabe absolutamente nada de ciencia. Es un chofer glorificado. Su ignorancia de conceptos básicos para un astronauta solo es excusa para que le expliquen al espectador con dibujitos (literalmente) el funcionamiento de la mecánica astrofísica. ¿Cómo llegó ese teseracto y agujero de gusano ahí? No lo hizo un hechicero, fuimos nosotros millones de años en el futuro. No tiene sentido, but scifi, pal.

La primera mitad de El Origen es una explicación de que va a pasar a continuación. Y Cobb, un señor que parecía ser duro y cerrado, le cuenta su vida y sus traumas a una chica que acaba de conocer. ¿Por qué? Porque sí.

Incluso “La mejor película de superhéroes” tiene sus fallos. ¿Nadie notó que El Caballero de la noche no tiene realmente una estructura, sino que es un climax constante?

No se trata de satanizar, sino de desmitificar.

Nolan es un autor. Le interesan ciertos temas a los que regresa una y otra vez. Tiene una forma especifica de grabar películas. Incluso de ponerles sonidos. Su estilo característico puede que algún día llegue a ser emulado por directores más jóvenes. Pero a la par de su estilo y su forma, sus fallos constantes empañan su obra. Nolan le gusta saltarse esa norma básica del cine de “Muestra, no cuentes” con diálogos y personajes que verbalizan en cada momento que hacen, como lo hacen, por qué y para qué. Y lo hace porque incluso aunque su publico se siente inteligente por entender sus películas, los Nolan consideran que si no sobre explican sus temas ese publico no los va a entender. Y en ese afán muestran su mano, explican el truco, matan la magia.

Los Nolan son unos vende humo. Quizá los mejores de su época. En columnas, en virutas. De todos los colores y formas posibles, que nos pueden entretener e impactar. Pero humo, al fin y al cabo. Magos, con trucos impresionantes, que si ves de cerca pierden parte de su valor.

Algunos críticos los han catalogado de pretenciosos, y sea eso cierto o no, es innegable que los Nolan son dos personajes talentosos, con una capacidad tal que, de superar sus vicios, podrían cambiar el cine moderno. Hasta ese entonces, seguiremos disfrutando del humo.

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