Una cámara aérea sigue el recorrido del coche que circula por la soleada costa marítima. Nos presenta a la Nápoles diurna de 1986 y, post-corte, a la nocturna, atravesando una escena de apertura que mixtura  8 ½  (1963) y Roma (1972) de Fellini. En la parada del colectivo, una mujer espera. Se destaca entre la mundanidad como una diosa de la mitología romana. Algo así como una representación femenina de lo divino en concordancia con el “dios” maradoniano. Una Venus entre la muchedumbre. Así comienza el último film del director napolitano.

Paolo Sorrentino se supera en È stata la mano di Dio (Fue la mano de Dios). Como nos acostumbró, nada es inocente: los detalles simbólicos a nivel histórico, cultural y poético emergen incansablemente, creando una película semiautobiográfica que hipnotiza. En el protagónico tenemos a Filippo Scotti como Fabietto, un jovencito ochentero que nos recuerda mucho al personaje de Timothée Chalamet en Call me by your name (Luca Guadagnino; 2018). Y aunque al comienzo no está del todo claro, es quien los lleva a través de la historia. Una muy buena interpretación protagónica para traernos al alter ego de Sorrentino.

Los padres de Fabietto están interpretados magistralmente. Por un lado, su actor fetiche, Toni Servillo, que engrandeció a casi todas las películas del director con sus protagónicos en La grande bellezza (2013),Il divo (2008), Loro (2018), por nombrar algunos.Por el otro, Teresa Saponangelo, en un trabajo descomunal que explota en una escena de dolor y traición, evidenciando su versatilidad y calidad interpretativas. La tía de Fabietto, Patrizia, es la Venus del comienzo y un personaje clave para el desarrollo de esta historia.  Está interpretado por la actriz Luisa Ranieri, en un papel misterioso, doliente e incomprendido.  Así como Diego Maradona vino a “salvar” a Fabietto (como un Dios), Patrizia también. Todo el cast se luce y funciona: Massimiliano Gallo, Renato Carpentieri, Betti Pedrazzi, Ciro Capano, entre otros grandes actores.

“¿Tenés una cosa para contar o no?”

Por si fuera poco, È stata la mano di Dio es bella, bellísima. Las locaciones tienen una preciosidad obscena y son trabajadas a través de la narrativa con ritmo justo. La composición en las películas de Paolo se va refinando con el tiempo, permitiéndose cortes a planos inesperados (como hacían sus referentes cinematográficos). De manera directa, se nombra a Once Upon a Time in America de Sergio Leone, las películas de Fellini en Roma y de Antonio Capuano en Nápoles. También hace un guiño entre sus actores, cuando a uno de sus personajes le ofrecen presuntamente el protagónico de Maria Callas para el libro de Franco Zeffirelli. En la vida real fue Luisa Ranieri (Patrizia en el film) quien protagonizó la serie Callas e Onassis de Giorgio Capitani para televisión.

Este es un film íntimo que hace referencia a la biografía del director. De hecho, la mayoría de las locaciones son escenarios reales de la vida de Paolo. La trágica muerte de sus padres, su despertar sexual, la pasión por el cine y la necesidad de contar historias son las bases de una trama enlazadas por la figura de Maradona en Nápoles. Una presencia que no llega sino que aparece como una divinidad y que lo salva. La película nos regala el audio original de Víctor Hugo Morales, cuando relató el gol argentino a la selección de Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de México de 1986. También nos ofrece un poco de entendimiento, porque concibe la importancia de Maradona para los napolitanos y el sentimiento hermano con el fenómeno del Diego en Argentina, los festejos en las calles, la efervescencia de las multitudes. En una escena, Carpentieri pronuncia: “ha vengado al gran pueblo argentino, oprimido por los innobles imperialistas en las Malvinas”: una expresión política que aún está en vigencia y que Paolo resalta en una escena de balcón que emociona.

Por Carla Duimovich Nigro

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VíaMundo Películas
FuenteCarla Duimovich Nigro
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