Por Alejandro Trejo Z

Netflix ya se instaló como una forma de visionado fílmico masivo y entre tanta película desechable que nos ofrece esta plataforma streaming, existen algunas imperdibles golondrinas que afortunadamente hacen verano. Es el caso de la película “Shame” vergüenza del año 2012 bajo la dirección del británico Steve McQueen.

En esta película el cuerpo del actor se adueña de la pantalla, de forma completamente devastadora, sobre unos espectadores que tal vez puedan encontrar algún matiz en este personaje en el que reflejarse de manera profundamente inquietante.

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El protagonista de Shame es Brandon, un treintañero, con una presencia física imponente, un trabajo incierto pero de éxito, un pequeño y lujoso apartamento en Nueva York, y una vida sexual incesante y devastadora. Al principio el personaje deslumbra, y brilla pero pronto veremos cómo detrás de esa caratula lo único que hay es un profundo vacío y un dolor humano  ancestral. El sexo en la vida de Brandon es una respuesta a una gran culpa una válvula de escape, una forma de camuflar su imposibilidad de entablar una sola relación con un mínimo de profundidad y compromiso.

Habitan en el los tortuosos entresijos de la soledad y la incapacidad de comunicación y diálogo con el mundo. Sin embargo todo en él y en su entorno parece funcionar y fluir en una tensa perfección. Todo cambia provocando un giro y una inquietud mental en el protagonista el día en que su hermana irrumpe en su vida nuevamente.


Inestable, confundida y muy sola, la presencia y el precario equilibrio de Sissy perturban a su hermano hasta el punto de hacerle sentir y traerle de regreso anidados demonios infantiles cargados de culpa, generando así también el único vinculo humano que le queda en su vida. Desde ese momento su dependencia animal por el sexo en todas sus formas, se convierte en algo que socialmente debe ocultar, algo que a los ojos de los demás le provoca una profunda vergüenza. En un momento de la historia,
Brandon intenta revelarse inútilmente ante su despiadada y adictiva naturaleza, confirma que es incapaz e impotente literalmente, de amalgamar sexo y afecto, penetración, caricias y miradas con una mujer que se disponga hacia él para algo más que una descarga masturbatoria exenta de tarifa.
Desde ese momento su caída en picada hacia las inciertas profundidades del infierno que habita y domina su carne resulta ya inevitable.

Steve McQueen, además de excelente director de cine es también un notable guionista, se acerca a la descorazonadora historia de forma envolvente, magnética y más que sugerente. Sus potentes y cuidadas
imágenes atrapan al espectador cual si fuéramos furtivos voyeristas, no queremos salirnos de este viaje mental al que nos ha invitado, por más que nos gustaría hacerlo en más de una ocasión ante la incomodidad provocada por la crudeza y su valiente opción de no soltar al protagonista y su carga de
dolor ni un solo segundo del lente de la cámara la que junto a su cuerpo conforman la cárcel perfecta.
McQueen juega con el montaje en varias secuencias de forma absolutamente brillante consiguiendo momentos de cine prodigiosos. Aquí la forma es poderosa, robusta y sustantiva copula de manera prodigiosa y bestial con el contenido llegando a un orgasmo sublime, logrando así la consistencia de esta notable obra audio-visual.

El enfermizo círculo sobre el que gira la vida del personaje protagonista está narrado con fuerza, con una cámara en mano que busca incesantemente y no acaba de encontrar, provocando una desazón claustrofóbica considerable.

La adicción al sexo, culmina con una soberbia secuencia prostibularia en trió, en el que la expresión dolorosa de un rostro completamente desencajado, cual si fuese una pintura de Francis Bacon, que alcanza un orgasmo hiriente lo dice todo sobre la debacle ya no solo personal sino atávica y universal en la que queda sumido el ser humano esclavo de su naturaleza “Semen y Sangre” titularía este instante algún poeta maldito. El actor protagonista Michael Fassbender, llegado a ese punto, ha hecho una
demostración de elegancia, valentía, sutileza y desgarro difícil de olvidar. La condición humana y su atávica naturaleza excedida y desbordante se enfrentan en este filme cara a cara con la histórica y religiosa imposición cultural adquirida ¿Qué es y donde está realmente la inmoralidad?

Carey Mulligan interpreta a su hermana personaje catalizador de la catarsis que sufre el protagonista. Suyo es tal vez el momento más emocionante y triste de la película. Una interpretación del clásico New York New York que queda ya grabada en las retinas y en los oídos como uno de los momentos más gloriosos dados por el cine en mucho tiempo. Sin virtuosismo vocal casi recitando frágilmente la letra, Sissy desnuda su íntimo deseo de romper la fría celda de invisibilidad y anonimato que la atrapa, dejar de ser objeto mítico del destino. Heroína victima del diseño trágico que se ha preparado para ella.
Los hermanos más tarde, sentados de espaldas a cámara en un sofá, viendo en el fondo desenfocado unas caricaturas antiguas en blanco y negro en TV son el escenario y el encuadre perfecto para que el guion deslice entre líneas la génesis prohibida y silente de tanto dolor.
Dos hermanos unidos trágica e inevitablemente por las cicatrices de una frustrada fuga suicida, permanente y eterna.
Pero el comienzo y la salida están afuera en la urbe en el tren subterráneo en ese mar humano, en estas aguas se articula una secuencia de montaje húmeda, eréctil de miradas de soslayo maquilladas y lagrimosas que indican la única salida en la estación de destino de este viaje seductor y doloroso al
que hemos sido invitados. Reiniciarlo todo desde esa prisión de la que no se puede escapar…. el cuerpo.

Shame (2011) – Steve McQueen

 

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