Los superhéroes, en el sentido más moderno, tienen casi 100 años y desde las primeras novelas pulp y los volúmenes de Action Comics hasta los universos cinematográficos han cambiado mucho. En sus inicios eran personajes planos, fantasías de poder para los niños, figuras míticas que representaban la cumbre de la moral americana blanca y de derecha. Ya ha pasado bastante desde aquello.

Incluso dentro del cine y la televisión hemos visto grandes cambios en la forma de aproximarse al fenómeno de los superhéroes. Desde el Batman de Adam West, una comedia para toda la familia hasta las películas del Capitan America moderno, que (mejor o peor) se dedican a hablar de política, y temas tan actuales como la cultura de la hipervigilancia. En todos los formatos que nos los han presentado los superhéroes nos siguen gustando.

¿Por qué nos gustan los superhéroes? “Porque son geniales”. Una respuesta simple y que en realidad no ahonda en la naturaleza del asunto. Suena más a una reafirmación por nuestro amor por los héroes que una explicación de porque nos emocionamos con sus historias. La repuesta es más compleja, y mas profunda. Incluso cuando los héroes no sean complejos y profundos. Sin importar si es el Batman de Burton, Schumacher o Snyder los padres de Bruce Wayne siguen muriendo en ese callejón solitario y a raíz de ese trauma decide vestirse de murciélago y combatir el crimen. La desgracia, como factor casi universal de los superhéroes, los define a ellos y nos define a nosotros como espectadores.

La muerte de un ser amado. Despertar en un lugar y época equivocada. Ser participe de un evento traumático. Son cosas con las que, en mayor o menor nivel, podemos sentirnos identificados. No sabemos lo que es ser el ultimo sobreviviente de un planeta y crecer con habilidades que nos aislaban del resto. Pero muchos podemos entender lo que es no sentirse parte, sentir que nuestro hogar está en otro lugar. Y a diferencia de nosotros, los superhéroes se sobreponen a estas desgracias. A veces a pesar de ellas, a veces gracias a ellas. Por eso muchas veces son fantasías de poder. Representan aquello que no somos y aspiramos, pero con errores y debilidades para humanizarlos, poder empatizar y podernos sentir identificados. Tony Stark es un genio millonario playboy, y todos queremos ser eso. Pero es un alcohólico que busca compulsivamente repararlo todo y termina arruinando más la situación. Así que nos sentimos identificados con su humanidad. Pero, al final del día Iron Man se sobrepone a sus desgracias no por sus poderes o tecnología. Sino por su inteligencia y fuerza de voluntad. Y ahí está aquello que queremos en nosotros.

Desde las figuras heroicas de la literatura clásica como Gilgamesh o Aquiles hasta los héroes de blockbuster, estás figuras han significado un recurso narrativo vital. Por eso nunca van a pasar de moda. Sin importar los chistes infantiles o el tono serio y pretencioso. Sin importar si se ponen a hablar de política o hacer acción divertida y vacía. Estos personajes son más que la suma de sus partes. Representan aquello que más tememos y nuestra capacidad para superponernos a ello. Están ahí para recordarnos que podemos ser valientes, inteligentes, hábiles y poderosos. Por eso nos gustan los superhéroes.

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